El violador del “ensánchez”

Sólo hay un homenaje digno que el Gobierno pueda brindar a las víctimas del covid19: su dimisión en bloque; o al menos el cese fulgurante del ministro Illa y de su principal secuaz, Fernando Simón.

Todo lo que no sea eso supone prolongar el sarcasmo, no sólo sobre los caídos y los contagiados, sino también sobre los 45 millones de españoles a los que Sánchez, dice. nos ha salvado la vida.

No sólo no hemos sentido el boca a boca del Gobierno durante estos meses, sino que por momentos hemos creído que una noche cualquiera de confinamiento se presentaría Marlasca en la puerta, metería un trabucazo en la cerradura y entraría con su troupe de groopies con serpentinas, confetis y matasuegras a revisar las abolladuras de las cacerolas, por si había rastros para la delación.

En pesadillas, lo confieso, he creído ver a altas horas de la madrugada paseando por el pasillo a Yoli Díaz, con una libreta grande forrada con fotos de Brad Pitt y de los Pecos, apoyada en la cintura, tratando de explicar en qué consiste un ERTE. Y estuvo largo rato haciendo ensayos frente al espejo del baño, como un tik-tok o un selfie. Lo juro.

El término “empedernido”, que procede de pedernal, una roca de sílex muy dura que se usa para afilar cuchillos, se refiere a la tenacidad, más bien la obstinación, de quien tiene un vicio tan arraigado que no lo puede abandonar: por ejemplo, los fumadores. Pero aquí ese término cabe aplicárselo a Sánchez, que tiene el vicio inalienable, compulsivo, de ser presidente, como una adicción, como una droga. Un presidente empedernido. Para desgracia nuestra.

La pulsión posesiva del marido de Begoña sobre el BOE es la del violador del ‘Ensánchez’ y merecería, como a ZP, colocarle una pulserita GPS de localización que nos permitiera saber dónde se encuentra en cada instante, si en el Palacio de las Marismillas en el Superpuma o en la boda de un cuñado en el Falcon. Por evitar peligros.

Al menos desde el presidente John Adams, en 1799, en EE.UU. existe la llamada Ley Logan, modificada levemente en 1994, con Bill Clinton. Cuarenta presidentes, entre uno y otro, con una ley que prohíbe a funcionarios norteamericanos mantener negociaciones con funcionarios de otros países sin permiso de la Casa Blanca, así como reunirse en privado con representantes de corporaciones, entidades y empresas sin que medie la necesaria transparencia y la suficiente información sobre las conversaciones mantenidas.

Considerado un delito grave, con una Ley así, Sánchez jamás habría podido reunirse con George Soros, con cuyo lobby, desde que accedió a la Moncloa, se ha reunido en más ocasiones que con el líder de la oposición en España, Pablo Casado.

El presidente, pues, es una pandemia en sí mismo que multiplica sus contactos con delincuentes y personajes oscuros de toda laya, que van desde representantes de la antigua ETA y jefes del fasciorracismo de Esquerra en la cárcel o en el exilio, a mediadores de multimillonarios tan estentóreos como los Pujol, dirigentes de los “fondos buitre” Blackstone o el propio Soros y su jefa de inversiones en el Soros Fund Management, Dawn Fitzpatrick.

Los padres fundadores de la democracia estadounidense, al igual que los primeros miembros de la Asamblea revolucionaria francesa, ya se preguntaban sobre qué solución habrían de idear si el “demos”, el pueblo, decidía practicarse un harakiri y votar la autoextinción de la forma de gobierno. Dicho de otro modo: ¿Puede decidir el pueblo por mayoría su suicidio colectivo? ¿Puede una democracia renunciar a serlo? ¿Puede este país seguir atomizando el voto hasta concederle a un indigno e inescrupuloso como Snchz la capacidad de parcelar derechos a cambio de su permanencia?

Será lo que diga Tezanos, pero la respuesta es no, aunque ahí tienen a un ministro de Justicia que, encomendado a Dios o al demonio, declara abiertamente una crisis y un debate constituyente sin que nadie le arranque el cuero (ex) cabelludo y se fabrique una bolsa o lo cuelgue en una pica a la entrada de su Ministerio.

Pero decía que es a partir de esa respuesta negativa que surge toda la teorización constitucionalista sobre los derechos de las minorías y, en última instancia, la legitimidad del pueblo para defenderse de la tiranía, habida cuenta las facultades y los poderes inmensos que las normas le otorgan en Norteamérica al presidente.

Los poderes de Sánchez no son equiparables, pero en este estado de cosas, la cesión continua ante socios cambiantes y de conveniencia (conveniencia sólo para él) permite asegurar la deriva de este viejo país hacia cotas insufribles de desigualdad e insolidaridad territorial, incompatibles con la letra y el espíritu de nuestra Constitución. Los petardos podrían comenzar a estallar en el interior de esta caja de fósforos a partir de algún momento.

Sánchez hace migas y pastelea su sillón con quien afirma que la gobernabilidad de España le importa un comino, con quien aspira a convertirnos en un régimen como el de Venezuela, con quien acusa al Estado de tener presos políticos y con quien su único objetivo es la disgregación de España en una suerte de repúblicas cantonalistas para acuñar moneda con el careto de un asesino, de un racista del XIX o de un cantante de rap que apura su verborrea estulta contra el Rey de España.

PS: Y C’s…, con mucho sueño.

He dicho.

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