El Verbo del balón

Dios tiene muchas maneras de manifestarse entre nosotros. Y lo hace en cada amanecer. Todo el tiempo. En cada obra humana. Desde las más majestuosas a las más pequeñas de las representaciones, no somos más que intérpretes de una partitura indeleble previamente escrita. Somos imagen y semejanza. Y a veces, desde su divina benevolencia, breves espacios de tiempo de inmortalidad.

Rilke decía que el tiempo “es un intersticio de cedazo”. En suma, el ciego anidar: el instante. La exhalación que expía lo más inconcluso de nuestros corazones. Inmortalidad. El tránsito entre lo divino y lo humano; un legado caprichoso de sublime belleza que Dios nos concede de vez en cuando para solaz e inspiración de nuestros días.

Diego Armando Maradona fue (es) el Verbo intransitivo de Dios en la Tierra. Sí. Una vez más. Como lo fueron (son) Juan de Mesa, Manuel Font de Anta, Beethoven, Gaudí, Velázquez y la madre que los parió. Ahí radica a mi entender el misterio trinitario, en este caso, a través del Verbo del balón. Los argentinos llevan décadas explicándolo, pero algunos aún no se quieren enterar. Maradona fue (es) La Palabra revelada en el fútbol, otro breve y bendito instante de Dios encarnado en su Hijo.

Lo sublime, decía Kant, “ha de ser grande”, y “El Pelusa” trascendía con su juego el mero placer estético de ver a un hombre jugar al fútbol. Entre sus regates, cosíamos hilos de fraternidad. Éramos fe, esperanza, caridad; un éxtasis de locura y excitación. El mejor reencuentro entre nosotros mismos. Una sinfonía del Olimpo. El himno a la Alegría. La hermandad más grande del mundo. Maradona tenía un mensaje en sus botas que los sordos y ciegos de corazón embarrado jamás serán capaces de ver y oír porque nunca experimentarán en sus almas el acto sublime de la belleza. Deus caritas est.

Dios lo eligió a Él para manifestarse. Como a tantos otros en la Historia. Nos entregó lo mejor de sí mismo y nos regaló momentos de euforia, de belleza, solo reservada a los elegidos. Único, como el Cantar de los Cantares, inclasificable como toda obra que marca el final y el comienzo de un tiempo nuevo. Así me gusta recordar a Maradona. Con la camiseta del mejor equipo de fútbol del sur de España, y en la inmensidad de aquellos quiebros ante Inglaterra. En aquel instante fugaz que hizo paralizar al planeta. En lo épico de su juego. En lo sublime de su obra. 

Se nos ha ido el astro del balón, pero su juego quedará para siempre entre nosotros. Generaciones enteras lo recordarán. No dejemos eclipsarnos por las veleidosas opiniones de aquellos que nada hicieron ni nada amaron. Diego Armando Maradona fue una de las mayores manifestaciones del amor y la belleza jamás vista en un terreno de juego. Id y predicad la buena nueva. Dios se hizo Verbo del balón. Descanse en Paz.




 

  • Manuel Pavón Cabrera

 

 

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