El último rebuzno en la democracia

¿Puede un país suicidarse? Sí, ha sucedido muchas veces; además mediante el ejercicio de la democracia. Hagan un pequeño esfuerzo y comprobarán que es cierto.

Mucha gente cree que los países se suicidan cuando ejercen la violencia, pero esto no es verdad del todo y más bien diría que los suicidios más comunes son mediante el empleo del voto y, a partir de ahí, cuando el voto ya no existe o se pervierte en provecho propio, es verdad que se desencadenan muchas violencias, de muy diverso tipo, empezando por la restricción de derechos y libertades.

Suele utilizarse como ejemplo el caso de los nazis en Alemania, que llegaron al poder absoluto a través de un sistema democrático, pero esto presenta sus matices y necesitaría añadirse alguna explicación para que se entienda mejor lo sucedido. Por ejemplo, que aquella mayoría se obtuvo aprovechando la disminución de la ratio exigible en el Parlamento mediante la prohibición del Partido Comunista.

En puridad, los casos de Egipto (Partido de la Libertad y la Justicia) o Argelia (Frente Islámico de Salvación), entre muchos más, me parece que representan mejor lo que digo, porque ambos países decidieron suicidarse cuando la mayoría de los votantes depositó su papeleta en las urnas a favor de los partidos conexos con la organización Hermanos Musulmanes… y barrieron.

A partir de ahí se acabaron las elecciones libres y sólo una intervención militar pudo revertir, por métodos técnicamente nada democráticos, la situación a la que se había llegado mediante el uso mecanicista previo de la democracia, aunque ajenos por completo a los valores que la sustentan.

Traigamos el caso, con un pequeño esfuerzo de imaginación, a España, y ahora supongamos que en algún momento más del 60 por ciento de los votos los aglutinara una sola o varias formaciones que estén de acuerdo en anular las garantías elementales de una democracia.

¿Debemos suponer que una Nación constituida de este modo y decidida a acabar con la democracia podría considerarse legítima sólo por la fuerza de los votos? Si la respuesta es sí, acaba de encontrar usted un caso de suicidio cuasi colectivo obtenido gracias a ese concepto reducido del término “estado de derecho”.

A buen seguro, un caso así no cumpliría con los estándares homologables del estado de derecho, aunque sí se ajustaría a la apariencia democrática en tanto que es la mayoría o la suma de minorías la que conformaría una mayoría cuantitativa (no necesariamente cualitativa) suficiente para dinamitarla.

Recuérdese que, técnicamente, el cerrojo de seguridad de la Constitución para protegerse a sí misma lo conforma una mayoría reforzada de tres quintos, es decir, un no del todo imposible 60% de los votos aglutinados en torno a fuerzas dispuestas a anular o a subvertir el modelo de democracia liberal, “la única -como señalaba Sartori- digna de ese nombre”.

¿Quiere esto decir que el 60% de los votos podría decidir que los tres poderes del Estado quedasen sometidos a la voluntad de una persona, la cual podría transformar las leyes y todos los órganos del Estado a su capricho y conveniencia? Técnicamente, así es. Incluido el Tribunal Constitucional y su composición, última ratio de salvaguarda interpretativa de cualquier exceso que se pretendiera, que quedaría sometido y vencido. No se entretenga en valorar pijoterías leguleyas porque al final lo votarían y… reclame usted al maestro armero.

Ocurre que a partir de ahí entrarían en juego toda clase de disquisiciones sobre la legitimidad y sobre el verdadero significado del estado de derecho y los conceptos aparejados como libertad, deberes y derechos, igualdad ante la ley y tantos otros valores que configuran el acervo de nuestra civilización que nos alejaron en gran medida de la barbarie a lo largo de los siglos, lo que a efectos de la realidad cotidiana de una sociedad de masas significa humo, puro humo.

Pero, soslayada la técnica jurídica y también los principios morales y los valores esenciales, la democracia se habría suicidado y se legitimaría, por ejemplo, que no volviesen a celebrarse nunca nuevas elecciones. Es el caso del castrismo y del chavismo, entre otros muchos.

Ahora díganme si creen que es legítimo que un partido con una minoría exigua pueda aliarse con otras fuerzas aún más exiguas para hacer saltar por los aires el entramado de valores y leyes que representa una democracia leal consigo misma.

Y añado un dato: lo que estamos viendo no cuenta ni siquiera con el respaldo de ese requisito de la mayoría reforzada de tres quintos. Y ya ven el resultado, así que imaginen de lo que serán capaces estos tipos dispuestos a no bajarse del burro por mucho que rebuzne. La UE ya ha gritado ¡so!…, pero no se van a bajar del asno ni siquiera cuando nos impongan un “corralito” y la economía se agote, porque el último capataz que sabía de qué pie cojean los suyos falleció. Se llamaba Rubalcaba.

He dicho.




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