El truko de Marlaska y las aulas

Lo bueno de este año escolar que da comienzo es que el profesorado va estar muy motivado sabiendo que, hagan ellos lo que hagan y digan ellos lo que digan, a final de curso todos sus alumnos pasan por la cara, así que, en realidad, no sé para qué van a ir a dar clases si de todos modos están aprobados aunque no hayan aprendido ni carajo.

Y menos aún para qué poner exámenes ni pasarse uno o dos fines de semana corrigiéndolos, ni pensando las preguntas, ni rellenando actas y expedientes, ni pasando listas, ni clases de apoyo, ni… En fin, machotes y machotas, que estáis sobrando todos en las escuelas, institutos o colegios, y cuidadín con las medidas disciplinarias si algún alumno os calza en clase un puñetazo o una zancadilla, no sea que vayáis de dignos y queráis imponer el principio de autoridad.

Muy alertas especialmente si se os ocurre alabar el buen trabajo realizado por el empollón de las gafitas, porque no vais a encontrar lugar donde esconderos por discriminar a los que no peguen un palo al agua. Y muy atentos con lo que decís en clase al respecto de los alumnos, las alumnas y les alumnes en cuestión de Biología (ya ha pasado) porque os tendréis que aprender las más de 30 “categoríes” que según esta caterva presenta la sabia Naturaleza, que será muy lista y lo que quieras, pero muy políticamente incorrecta a la hora de poner los huevos y en cuestión de gametos y de engendrar descendencia.

Siempre os quedarán los virus, tan de moda, ejemplo perfecto de que cada cual se reproduce y se multiplica como le sale de la breva y no por el machista modo de agarrar a una pareja como más les guste, por el “agujero de delante” o el “agujero de detrás” y empotrarla contra la pared o contra un tronco.

No olviden al respecto explicarle a la muchachada que según la nueva teoría progre hay quien tiene ciertos orificios del tamaño de un pupitre, asunto consagrado por la titular del Ministerio de estas Cosas como “un bonito piropo” (sic). Habida cuenta ese rasero, pueden esperarse en clase cualquier cosa y no se asusten con la ristra de piropazos que se nos avecinan. Ya tenéis asunto con el que sustituir en el claustro las discusiones: evaluar la lista de lindezas y alabanzas que se dirigirán entre ellos, ellas y elles, por ver si se han pasado de la raya o si constituye un atentado homófobo y machista o sólo una molestia catalogable en el rango permitido por la señá ministra que sólo merece una sonrisa y un poco de bochorno como respuesta.

Ojito también con avisar al AMPA si de repente, sin avisar, se os presenta un gudari en el aula a dar unas charlitas de convivencia en paz o para describir sus hazañas de liberación de la matria vasca. O si se os aparece el fantasma de Cervantes vestido de payés y bailando una sardana o el ectoplasma de Santa Teresa con el pelo rosa y la piel llena de tatuajes dispuesta para una sesión de ‘bondage’ con Dios, Hijo y Espíritu Santo: o sea, les explicáis lo que es hacer un trío. ¿Vale?

En la clase de Primaria de uno de mis hijos, hace más de diez años, en un colegio con monjas de clausura, con permiso de exclaustradas desde el Concilio Vaticano II, tuve la experiencia ‘integradora’ de un muchacho recolectado por las mafias del Magreb que decía tener 12 años, con la salvedad de que los análisis evaluaban que tendría no menos de 15 tacos ya cumplidos, el cual, puesto que la Junta sociata no había tenido la mínima precaución de proporcionarle primero algunas clases de español antes de arrojarlo al aula, se aburría como una ostra en clase y a media mañana reventaba: se ponía de pie sobre la mesa de la monja o de la profesora, se bajaba los calzones hasta los tobillos y cimbreaba las caderas con un aullido provocando las risotadas y el delirio de todos los compis de la clase y el espanto de la maestra. Siempre consideré normal la reacción de aquel pibe y supe que el intento de provocación venía de los delegados de la Consejería pertinente, deseosos de que los padres montáramos algún tipo de protesta que les permitiera acusarnos de xenófobos o de racistas porque el colegio era religioso y concertado. Así las gastan o, por mejor decir, gastaban.

El mismo truco del ministro del Interior, ya saben, que conocía desde el primer minuto que el relato del masoca de Malasaña era una patraña, pero se regaló a sí mismo tres días de bronca televisiva para terminar reconociendo que aquello se parecía más al momento en que la Guardia Civil le identificó en cierto garito vasco cuando era juez raso, o parecido, y luego echar la culpa a Vox de… ya no sé de qué acusan a ese partido, pero da lo mismo porque siempre tienen la culpa.

En fin, el truco del almendruco de los progres se llama ahora “el truko de Marlaska”.

He dicho.




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