El “trombo” de AstraZeneca

Hoy me he vacunado. Debería estar contento porque parece ser que en estos tiempos de políticos y virus mutantes es lo que toca, pero se ha dicho y escrito tanto y tan dispar sobre la pandemia y las vacunas que he ido al “desolladero” con sentimientos encontrados. La primera, en la frente. Cuando me llamaron por teléfono el viernes pasado para darme fecha del primer pinchazo y también del segundo -estos comunicantes desconocen el alcance dudoso de mi memoria- alguien que estaba a mi lado me recordó que hoy, día de la primera dosis, era 13 y martes. No soy supersticioso, por lo menos hasta hoy, pero con la que está cayendo, tentaciones no le faltan a uno.

He ido a mi centro de salud de siempre –nada de macro espacio habilitado al efecto, ni campo de fútbol ni palacio de deportes, aunque dadas las circunstancias mejor sería una plaza de toros- con la compostura moral intacta, sintiéndome por encima de miedos y riesgos, hecho a la ocasión como buen ciudadano de a pie, sin complejos, con paso decidido y la mente en otras cosas. Hay gente esperando, pero no en fila como siempre hemos hecho, sino desperdigada por aquí y por allá. Seguramente sería para aparentar que guardábamos mejor la distancia social, porque de tanto verlo en televisión, nos hemos acostumbrado a percibir el desorden de la muchedumbre como distancia social. ¡Y una leche! La primera sorpresa es que, efectivamente, estaba en la lista. Me invitan a pasar y me orientan hacia las puertas 16 y 17. Una enfermera canta los nombres de los agraciados, como si fueran los números de la lotería. Un señor se me acerca por el flanco y me dice que si soy el último. Le aclaro que van llamando por el nombre, y me dice, a su aire, que no me había reconocido con la mascarilla. Y se quita la suya esperando que yo lo conociera. Sonrisa socarrona en su cara. No lo había visto en mi vida. “Esto se está torciendo -pensé-, nunca me han confundido con otro con tanta seguridad”. Me bajé la mía y el hombre se excusó por el error cometido. Es gracioso esto de tener que descubrirse para poder reconocernos. Estamos en un carnaval permanente.

Por fin me nombran. Siete minutos de adelanto sobre el horario previsto. ¡Otra sorpresa! Ha tenido que venir una pandemia para que funcionen bien algunas cosas. Así somos, siempre llevándonos la contraria a nosotros mismos.

La chica que me pone la banderilla, en el brazo izquierdo porque soy diestro, me enumera todo lo que me puede pasar para que sepa que si me ocurre todo eso es que no me pasa nada. ¡Madre mía! “Pues como me pase algo serio -pensé- me tendrán que recoger con una pala”. Le pregunto por el laboratorio para el que hoy he sido ratón, y me dice que AstraZeneca. “¡Ojú!” He estado quince minutos allí para ver si me caía el meteorito encima. Ha sido el peor momento porque la heroica compostura con la que llegué ha empezado a hacer aguas. Comencé a pensar en todo lo que han dicho de unas vacunas y otras, también de AstraZeneca y mi moral ha caído un poco en picado porque el jodido coronavirius ya lo tenía dentro de mi cuerpo. He pensado hasta en la vacuna china, de la que no hemos oído nada malo, creo. Ellos inventaron la pólvora, las tiendas baratas, y es posible que hasta el bicho este. ¡Algo sabrán de la vacuna, digo yo! Me han entrado unos sudores extraños, pero claro eran las tres de la tarde, estaba sin comer y es abril y estamos en Sevilla. Me tranquilicé. Pero enseguida he notado otro síntoma inquietante, no veía con nitidez. Bueno, me doy cuenta de que no tenía puestas las gafas. Vuelvo a controlar el conato de ansiedad. Mi mujer me esperaba para comer. Acedías. “¿Acedías? -pienso. Hace días, pero nunca sabemos cuántos días reales llevan en Mercadona”. Mi nerviosismo ha vuelto a dispararse. Solo pensaba en volver a casa y ducharme, así me refrescaría y eliminaría con abundante jabón cualquier resto del bichito de los cojones. Ya en la ducha, el bote de gel lo he dejado por la mitad. Olía a almendras, lo que me ha tranquilizado porque dicen que si perdemos el olor y el sabor es que estamos infectados. No lo he probado, pero olía a almendras perfectamente.

Entonces, ya aclarándome, me viene a la cabeza lo de los trombos. En realidad, no sabemos muy bien qué es un trombo, o sí, pero hoy debajo de la ducha me lo he imaginado como una bola, un bulto. Bueno, es algo así pero pequeño, por eso he descartado que lo que tenía en mi mano derecha, redondito, colgante, fuera el trombo de AstraZeneca. 

Ya tranquilo, escribiendo estas líneas, vuelvo a pensar en lo del trombo. En lo de los trombos. Tenemos muchos. Los bulos. Las mentiras. La mala información. Las bocas maledicentes de tantos políticos. Ellos son el auténtico trombo de nuestra sociedad. Impiden que circule la verdad y la libertad por nuestras venas. Pero, en fin, no podemos tenerlo todo. Iglesias se ha ido, Sánchez, no. 

Tranquilos y a vacunarse. Trombos políticos seguirá habiendo, con vacuna y sin vacuna.




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