Las multitudinarias movidas y manifestaciones celebradas en España el pasado 8-M, bajo plurales y diversas convocatorias, todas muy feministas, han sido tan exitosas como emotivas. Era lógico que la terrible presión a que se encuentra sometida la mujer en este país, y situaciones tan angustiosas como la injusta brecha salarial, la cruel discriminación laboral, la impunidad de los hombres que maltratan a las mujeres y tantas otras enormes injusticias imposibles de enumerar, acabaran por fin explotando en las calles. Y la eclosión ha sido tan estruendosamente «ostentórea» (Gil dixit), que de ella se han hecho eco todos los medios de comunicación internacionales, deduciendo, lógicamente, que la situación de las mujeres en España es la que corresponde con nuestra querida leyenda negra que tanto colaboramos en alimentar.   

¡Y es que ya está bien de entrar en un juzgado, en un ambulatorio, en un hospital, o en cualquier edificio y oficina de la Administración, y encontrar sólo a hombres y más hombres, sin que apenas «visibilices» a una mujer ocupando un puesto relevante! (Y eso sin mencionar los centros educativos donde se forma (es un decir) a las nuevas generaciones; como son las escuelas, colegios, institutos y especialmente las universidades, porque en éstos encontrar a una mujer -tanto entre docentes como entre discentes- supone una labor cuasi titánica. ¡Ya está bien de marginación y desigualdades entre hombres y mujeres! ¡Ya está bien de brutales sometimientos machistas! ¡Basta ya de… (lo que a ustedes les apetezca incluir y que pueda ser coreado en una manifestación con mejor o peor rima)!


Pero sobre todo, basta ya de manipulaciones y mentiras como las anteriores. Porque la igualdad en derechos y obligaciones, al menos en España, es algo tangible y real, tanto de hecho como de derecho desde hace muchos años. Y dónde eso no sea así, ahí están la Policía, la Guardia Civil, los Juzgados de Guardia, los fiscales y tribunales, y los medios de comunicación para denunciarlo: porque cualquier vulneración del principio de igualdad implicaría un comportamiento y una actuación no sólo ilegal, sino posiblemente delictiva.

Las únicas brechas salariales que padece la mujer en nuestra patria son las derivadas de su libre, voluntaria y minoritaria presencia en las carreras técnicas, así como las debidas a la maternidad; causa ésta que constituye un grave problema de no fácil solución, y que explica en gran parte nuestro escandaloso bajo índice de natalidad; algo que por su trascendencia en otras importantes cuestiones, habría que abordar cuanto antes. Pero sorprendentemente, la reivindicación del reconocimiento y valoración de la maternidad suele ser un asunto minimizado y eludido en la mayoría de proclamas y convocatorias feministas.  

Y respecto a las otras reivindicaciones tan jaleadas… no son más que mentiras aderezadas con medias verdades que maneja la izquierda más demagógica. Pues si hay algo demostrado en la política occidental actual, y en la española con mayor contundencia y claridad, es que el discurso intelectual (o así) de la izquierda menos racional, está consiguiendo imponerse en amplias capas de nuestra sociedad; incluyendo a esa derecha vergonzante que, tras abandonar los postulados fundamentales que la identificaban, resulta ya incapaz de ofrecer otra respuesta que no sea la de plegarse a las falaces reivindicaciones izquierdistas y colocarse en la solapa el lacito del color que toque cada día. 

Da igual que el rey pasee desnudo sus vergüenzas; que si todos proclaman la excelencias de sus regias pero inexistentes vestimentas que dejan a la vista sus partes más nobles y pendulonas, no seré yo quien se señale saliéndome de la fila. ¡Cualquier cosa antes de que te llamen facha, machirulo o cavernario! ¡Viva la posverdad que proclaman las masas y su puñetera madre!