El torero y el secador de hotel

En la corrida de toros celebrada en Sevilla horas antes del comienzo oficial de su Feria, ocurrió un incidente (un torero consiguió que un espectador, por ende un futbolista famoso, saltara al ruedo por las buenas en plena corrida) que no cayó en gracia, e incluso fue calificado por algún crítico de “profanación del templo del toreo que es la Maestranza”.

Los ajenos al mundo de la tauromaquia, e incluso acaso muchos dentro de él, podrán burlarse de esta afirmación solemne (“profanación del templo del toreo…”) y considerarla cursi o trasnochada. Y sin embargo, acciones como esa (realizar algo físicamente facilísimo -¿quién no puede saltar esa valla de tan escasa altura?- pero vedado para las personas civilizadas, que por tales se tienen a las que llenan la plaza), pues traen consecuencias que al final nos afectan a todos – incluso a los nada aficionados a esta fiesta y hasta a enemigos de la misma. No consecuencias morales ni éticas, por si esto suena a entelequia, sino efectos prácticos, materiales, directos…

¿Se han sorprendido alguna vez, cuando al darse el eventual capricho de un hotel de lujo, se encuentran con que las perchas están pegadas a la barra, y el secador de pelo, adherido inexorablemente a la pared, “para que no se lo lleven”? (Mucho más elegante, humanamente hablando, resulta el pernoctar en ciertos hostales modestos donde eso aún no sucede). ¿Por qué se toman estas medidas? ¿Qué ocupante de un hotel de cinco estrellas empezó con la “gracia” de hurtar un secador de pelo… o una percha de colgar la ropa? ¿Fue un futbolista, un diputado? Alguien muy necesitado no debía ser. Lo haría por pura chulería. Per se, parecía no tener demasiada importancia (al hombre medio de hoy no le importa ser un ladronzuelo. Con razón luego “necesita” lecciones de autoestima… Pero en fin, el asunto de la general pérdida de dignidad y decoro es otro tema. Admitamos, aun con horror, que el hurtar una percha, en sí “no tiene mucha importancia”). Pero, ¿y luego? Pues resulta que millones de personas experimentan una gran incomodidad práctica. Un secador de pelo adherido a la pared y que hay que estar oprimiendo continuamente con el dedo (porque si no, no funciona. Es para que nadie “se lo deje encendido”. Además de ladrones, se considera que los huéspedes son tontos), pues resulta exasperante e inútil. 

Los objetos de las tiendan llevan alarmas para que la distinguida clientela no los hurte. Las hermosas terrazas en las azoteas llevan altos cristales, para que nadie se acerque y se le ocurra tirarse al vacío. Los controles de los aeropuertos, aun antes de la pandemia, suponen la máxima humillación, la explícita consideración de cada ciudadano como delincuente, expuesto al cacheo, sin provocación alguna. 

No se cuenta en absoluto con la honradez y la prudencia de las personas. Todo está preparado mecánicamente para evitar el hurto, el mal uso o la imprudencia. A muchos no les preocuparán conceptos como “civilización, cultura, decadencia”… Pero en la práctica sí sufrirán lo que en la teoría les resbala. Por lo pronto, todo prohibido, todo con rejas, cacheos continuos y hasta no poder secarse el pelo estando de luna de miel.

La plaza de toros es de los pocos lugares donde subsiste un cierto respeto a la dignidad de los ciudadanos. La obvia prohibición de saltar al ruedo no se mantiene a base de vallas, rejas ni cristales, sino a base de pura civilización. Físicamente, es una cosa que cualquiera que esté en el callejón, o incluso en la barrera, puede efectuar en un instante (muy anciano hay que ser para no poder dar un saltito). Pero a nadie se le ocurre. La costumbre y la cultura lo impiden, de manera mucho más eficaz que cualquier impedimento físico.

O lo impedían, claro. Porque después de incidentes como este (en un día de “no hay billetes”, de máxima expectación, de público engalanado, en la Maestranza, en la Feria de Sevilla…), ¿qué sucederá? ¿Se prohibirán espectadores en el callejón, pondrán cristales, rejas, vallas más altas…? Con afición a los toros o sin ella, sería deleznable, catastrófico, la caída ya de lo que queda de civilización (y si estas palabras suenan grandilocuentes, enanas me parecen), si la prohibición que antes se mantenía por la educación de las personas, ahora tiene que respetarse por medios mecánicos. Es llegar, hasta en la plaza de toros, al nivel del cacheo en los aeropuertos, de la percha sin cabeza en el hotel “de lujo”… “Huy, no tenía importancia, era un detalle con un amigo”. ¿No tenía importancia? Lo veremos.

Ya existe una norma muy ingrata en las plazas de toros en este sentido: la obligación de quitarle el tapón a las botellitas de agua. Explicación: por si a alguien se le ocurre arrojar una botella llena como arma arrojadiza. Esto ciertamente es humillante e indigno (como en aeropuertos, hoteles y tiendas, la idea de tratar a todos como delincuentes, de no contar con que la cultura impedirá la gamberrada), pero cabe pensar que es una medida derivada de incidentes en otros ámbitos… podemos admitirla como herida menor.

Ojalá se queden en eso, en la botellita, los controles mecánicos y físicos del comportamiento. Y se siga confiando en las buenas costumbres del respetable público, más potentes, cuando tienen vigencia, que reja ni cristal alguno.




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