¿En qué momento se nos terminó el sentido común? ¿Cuándo defender una postura se convirtió en sacar lo peor que el ser humano posee? El odio.

Creo que sería pecar de ingenuo si al hacer esta reflexión me salto siglos de historia de la humanidad. ¿Cuándo esta no ha sido una exaltación de intereses y una amalgama de conflictos? No vivimos tiempos desbocados, vivimos en una constante rueda y, por más que nos creamos avanzados, siempre tropezamos en las mismas piedras.

La libertad de expresarse que nos hemos ganado a pulso (y tragedias) de comprender que había que corregir errores del pasado, se está convirtiendo en una terrible losa para quienes de verdad la amamos con todas sus consecuencias. Esto es: respetar aunque no compartamos. Pero sin confundirnos. Respetar la coherencia; el fin ajeno, si este se atiene a las reglas de un juego al que llamamos sociedad; no aceptar que vale cualquier cosa que quiera denominarse «libertad».


Vivimos en un mundo que ha enfermado de buenas voluntades y que, a su vez, se convierte en un verdugo moral con licencia, también amparada en legalidades, para cortar cabezas si hay algún díscolo que se atreva a no acatar el nuevo orden. De esto tienen mucha culpa los políticos que hoy nos rigen. La nueva pandemia social revestida de cambios y que, sin embargo, solo viene ocultando la peste de antiguas ideas.

Usan a la sociedad como parapeto y, qué paradoja, arma arrojadiza contra sí misma. Se está creando… ¡No! ¡Se ha creado! una generación aséptica y –vaya sarcasmo– envenenada, que da por bueno lo que se les dice y cree a pies juntillas los argumentos que, parafraseados con sentencias de ilustres personalidades, les exhortan. Parece que eso ofrece mayor prestancia al mensaje. Lo de comprobar la fiabilidad de los argumentos no ha lugar, por supuesto.

Insisto en lo dicho un poco más arriba: vivimos en una rueda temporal. Esa «nueva generación» ha existido en otros momentos, engañada por palabras con mucha redundancia y poco contenido. Unas palabras idealistas con más poesía en su concepto que otra cosa. Palabras llenas de nidos vacíos –que los pájaros ya revolotean en las cabezas de algún crédulo–.

¿Dónde quedó el sentido común? Con probabilidad guardado en algún cajón, de esos de nuestros abuelos, que son quienes parecen guardar hoy ese tesoro con naftalina.

En tanto, se destila una moralidad inmoral que sirve, por el momento, como pedrada verbal en las redes ¿sociales?; el gran púlpito de este siglo desde donde señalar, juzgar y ejecutar por el pecado al pecador. Se rompe con la cortesía del beneficio de la duda y se alzan las espadas: ¡A rodar cabezas!

La pregunta, al final, no es la que planteé al principio. No. La pregunta es: ¿hasta dónde nos llevará ahora esta falta de sentido común auspiciada, promovida y estimulada por quienes debieran darnos la seguridad de una estabilidad como comunidad?