El silencio del Rey

Finalmente, el resultado más grave de los ataques del gobierno de Sánchez contra el Rey será el silencio del monarca. El que calla otorga. Porque una cosa es la neutralidad política, y otra muy distinta consentir en silencio la flagrante vulneración del orden constitucional, que establece que “la justicia emana del pueblo y se administra en nombre del rey”. Un mandato que venía ejerciéndose de modo simbólico con la anual asistencia del rey al acto de incorporación de los nuevos jueces, y que este año le ha sido prohibida por el gobierno Sánchez. La costumbre también es fuente del derecho, como saben los juristas; pero en este caso es solo un plus al nítido mandato constitucional.

Carlos Lesmes, el presidente de los jueces, en vez de lamentarse y guardar la ropa, debería haber suspendido el acto –eso también sería un acto legal- ; todo lo demás es cómplice. O dimitir, claro. Y Pablo Casado, en vez de pedir la dimisión del Garzón de Izquierda Unida -que ha acudido al quite de sus jefes- debería pedir la de Sánchez, único responsable de este atentado. Tampoco debe esperar Felipe VI auxilio desde una postrada sociedad civil, sumida en la desmoralización de ver cómo se va desmontando el estado de derecho delante de sus narices, y aquí no pasa nada. Ni hay visos de que pueda pasar. La impunidad del poder político, eso es lo único que pasa.

Por eso ahora le toca al rey hablar. Si calla y no se defiende a sí mismo, incumple el mandato de defender el orden constitucional, que también a él lo incluye. Así que nadie confunda el silencio del rey con prudencia o humildad. Es cosa bien distinta. El beneficio más neto que el gobierno de Sánchez obtiene de estas agresiones sin respuesta es ir conociendo poco a poco los límites de su impunidad. Todavía no han dado con ellos, pero podría ser que dichos límites –el Derecho, la Justicia, la Constitución- ya no existan. Eso es lo que tratan de averiguar.

La monarquía española fue un contrapoder simbólico -y no tan simbólico- frente a cualquier aspiración totalitaria, y en esa intuitiva concepción ha tenido el respaldo mayoritario del pueblo español todos estos años. Si ahora el rey calla, el mayor logro de sus agresores será la desafección social hacia la monarquía y el rey, y entonces ya lo tendrán muy fácil para matarlo, institucionalmente hablando, se entiende. Porque ese es el objetivo último de la aspiración totalitaria de Sánchez y sus secuaces, borrar los vestigios de cualquier contrapoder. Borrar que la justicia se administre en nombre del rey, qué coño, dirán, si la justicia soy yo, que para eso nombro a los altos tribunales. Y, por supuesto, eliminar al jefe supremo de las Fuerzas Armadas, quizás el último bastión frente a los totalitarios ya en el poder. Porque las Fuerzas Armadas, con nuestro Rey al frente, están para defender el orden constitucional de todos los intentos totalitarios, no solo el de Tejero.

Que no piense Felipe que lo van a dejar en paz, no, forzarán su humillación pública –como ahora están haciendo- para que todos dejen de creer en él. Porque un Rey, en determinadas circunstancias, tiene que dar ejemplo, nobleza obliga. Y si no, a la mierda. Pues eso. ¿Firmará Felipe los indultos de los independentistas cuando se los pongan por delante? ¿Seguirá el rey sin exigir públicamente que lo dejen ser el Rey? Porque éstos no pararán hasta borrarlo del mapa. Hasta convertir la democracia en entelequia. Por eso este silencio del rey nos afecta a todos. Gravemente. Éstos que gobiernan hablan con sus actos, y el no dar explicaciones es el más significativo de ellos: la arbitrariedad del poder totalitario. El desprecio a la ciudadanía. Hablemos pues los españoles también con nuestros actos. Quizás aún nos quede una última ultimísima oportunidad de recuperar la dignidad perdida en democracia. Pero aquí ya no sirven para nada las medias tintas.




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