El silencio de los corderos

¿Recuerdan aquella película? En ella, el papel que protagonizaba Jodie Foster, la agente del FBI Clarice Starling, confesaba al psicópata canibal y asesino en serie interpretado por Anthony Hopkins, el ya mítico Hannibal Lecter, desnudándose emocionalmente ante él, que aún vivía atormentada porque no pudo salvar a un cordero cuando de pequeña oyó los gritos de estos animales camino al matadero en la granja en que vivía con su familia. Esta confesión la aprovechaba Lecter para martirizarla psicológicamente preguntándole: ”¿Qué tal Clarice, ya han dejado de chillar los corderos?”

A la vista de la terrible situación en que se encuentra la Nación me ha venido a la cabeza esa frase y esos dos personajes. 

Porque nunca habría imaginado que una mayoría de mis conciudadanos estuvieran conformes, o lo que es casi peor, les diera igual que los gobernantes de una región española, en franca rebelión contra España, se cisquen en la legalidad española un día tras otro, incumplan las sentencias judiciales y que el Gobierno de la Nación no solo lo permita y no lo denuncie y persiga sino que lo propicie, por mero interés político, mientras que al mortal común, sujeto a todo el ordenamiento jurídico, le crujen un multazo a poco que se demore en el cumplimiento de las obligaciones con Hacienda o infrinja la más nimia de las normas de tráfico.

Porque no me cabe en la cabeza que a la mayor parte de mis vecinos les de igual tener unos ministros y un Presidente del Gobierno que no son capaces de decir dos verdades seguidas y que se ríen de ellos, de todos nosotros, tomándonos por imbéciles continuamente. Que han hecho de la falsedad y la continua contravención de lo prometido o lo aseverado su manera de gobernar, aunque medie tan escaso periodo temporal que sonroja y produce vergüenza ajena advertir la desvergüenza y amoralidad con que lo hacen.

Porque me resisto a pensar que a mis compañeros de trabajo, los padres de los compañeros de clase de mis hijos, mi gente cercana… les importe un comino que, por ejemplo, se nombre Fiscal General del Estado, con lo que eso conlleva, siempre, y más en las actuales circunstancias, con una región en abierta rebeldía contra el Estado, a una persona que ha perdido ya, no solo la apariencia de imparcialidad, sino la decencia. Es decir, que definitivamente, y como dijo aquel, hayan asesinado con premeditación, nocturnidad y alevosía a Montesquieu. Y que ese hecho, que en cualquier otra democracia hubiera desacreditado a un Gobierno, en esta España de nuestros pecados se olvide en dos días.

Porque me asombra, aunque no debería, pues siguen todos el ejemplo de su jefe (el del careto de cemento armao), que un ministro, el funesto Ábalos sin ir más lejos, de siete versiones distintas, mintiendo sobre el mismo asunto siete veces. Que ese personaje que parece siempre hablar acodado en la barra de una taberna, con un Cohiba en una mano y un carajillo en la otra, con una verborrea insultantemente despreciativa y altanera, como si los que lo escuchan, pobres diablos, no le llegaran ni a la suela del zapato (esos que lo han puesto ahí, de otra manera seguiría como profesor de gimnasia mal pagado, aunque quizá sería aquí aplicable, como en tantos casos, aquella famosa frase del gran Belmonte, que ha llegado a donde está “degenerando, degenerando…”), mienta en cinco días siete veces y encima nos chulee a todos como solo él sabe hacerlo. Al estilo de aquellos caciques provincianos que, con tres o cuatro sol y sombra en el cuerpo, como aquel don Atila, el Alcalde de la obra de Ramón Pérez de Ayala “Luz de domingo”, llevada al cine espléndidamente por José Luis Garci, abusaban de sus súbditos y los tiranizaban “porque yo lo valgo”… y no pase nada, nos lo traguemos sin digerirlo y continúe tranquilamente en el cargo sin despeinarse los pocos pelos que aún conserva y sin asumir que lo han pillao con el carrito del helao. Cuando en un país normal, en un Gobierno democrático cualquiera, si tuviera la más mínima decencia, se tendría que haber ido ya a su casa o al gimnasio. Pero aquí, muy al contrario, el chuleta valenciano dice que el no está de paso, ha venido para quedarse y nadie lo va a echar… (pura expresión de fervores democráticos, vive Dios), y la vida sigue…

Porque, en fin, me alucina, que diría mi hija, que, con lo que le cuesta a nuestra gente joven supercualificada encontrar hoy en día un puesto de trabajo digno, esa misma gente joven asista, no solo con aceptación resignada sino con aclamación, al espectáculo de que se nombre ministro a personas que no tienen ningún tipo de currículum ni trayectoria profesional alguna aparte de ser profesional de la política desde la universidad, simplemente como precio que hay que pagar para que otros consigan el poder… y no se indignen. 

Sobre todo, me sorprende hasta la incredulidad que presenciemos sin alterarnos cómo se nos hurta poco a poco pero sin descanso la libertad de expresión si esta choca con la verdad “oficial”, la mentirosa memoria histórica y la dictadura de la corrección política y se cierren cuentas de Facebook o Twitter impunemente mientras otros defienden a los amigos de los asesinos etarras o justifican y alientan la secesión de una región española desde esas mismas redes sociales, y no ocurre nada.

Como tampoco entiendo que asistamos impávidos a que se califique de demócratas, y se negocie, pacte o incluso se gobierne con ellos, a los que representan opciones políticas ligadas a los terroristas que asesinaron a más de ochocientas personas en este país, a los que han propiciado un golpe de Estado y alentado la violencia en las calles o a los que defienden y ensalzan dictaduras comunistas, mientras se quiere marginar, anatemizar y erradicar, tachándolo de “fascista” a todo aquel que no comparte las ideas que corean todos los medios del sistema, las ideas impuestas por la dictadura progre y el pensamiento único.

En suma, no puedo entender que estemos asistiendo impertérritos a cómo se subvierten todos los principios básicos de nuestro sistema democrático por la vía del hecho y se quiebra la igualdad entre españoles, la soberanía nacional y la separación de los poderes del Estado. Como se margina e insulta, relegándole, al Jefe del Estado que, recordemos, no es Pedro Sánchez sino el Rey. Cómo se roba impunemente a los padres la libertad de educar moral y religiosamente como ellos deseen a sus hijos.

Y cómo, en definitiva, se pretende llevar a cabo un cambio de régimen de manera subrepticia y taimada para conducirnos a otro totalitario. Y no pase nada.    

Como si estuviéramos narcotizados, adormecidos o fuéramos zombis solo atentos a comprarnos el ultimo modelo de móvil o de coche y lo demás no fuera con nosotros.

Como si fuéramos corderos que han dejado de gritar y ya solo permanecen en silencio, resignados, esperando que nos lleven al matadero…




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