El Rey más sevillano

Entre las efemérides que conmemoramos en estas fechas, ha pasado casi desapercibida la del VIII centenario del nacimiento de Alfonso X El Sabio, hijo de Fernando III El Santo. Su reinado comenzó en esta capital, ya que en su catedral se coronó Rey de Castilla el uno de junio de 1252; en diversas ocasiones se reunieron las Cortes de Castilla en los Reales Alcázares, y fue en la ciudad hispalense donde falleció el 4 de abril de 1284. 

Fue aquí donde fundó su Scritorium, rodeado de sabios judíos, árabes y cristianos, lugar donde se escribieron, revisaron e ilustraron algunas de sus creaciones, entre ellas el Código de las Siete Partidas (base del Derecho español desde 1348 hasta ayer mismo), las Cantigas de santa María, el Libro del Ajedrez o la Estoria de España, y traducidas otras muchas obras.

Sería bueno hacer saber al entorno universitario sevillano que el primer centro de estudios superiores y origen de la actual universidad se hizo en Sevilla con el Estudio General del Latín y la Lengua árabe en 1254.

Triana no olvida que su iglesia de Santa Ana, junto con otros templos mudéjares como Santa Marina, San Julián y la desacralizada Santa Lucía, fueron erigidas por este monarca, así como el Palacio Gótico del Alcázar.

Sin llegar a convertir nuestra ciudad en una Arcadia feliz, existen pruebas documentales de que favoreció la tolerancia entre culturas y religiones, permitiendo a cristianos, musulmanes y judíos que practicaran sus cultos en iglesias, mezquitas y sinagogas, respectivamente.

Entre las innovaciones en el campo económico hemos de destacar el gran impulso que para la agricultura y la ganadería supuso la creación de la feria de san Miguel, así como la trascendencia que para la industria naval trajo consigo la fundación de las Reales Atarazanas, para dotar de navíos a la recién creada Armada castellana.

Gracias a este monarca conservamos la Giralda, al convencer a su padre de que se negara a la pretensión del rey moro Axataf de derribarla antes de abandonar Sevilla. En expresión del profesor Manuel González  Jiménez (reconocido unánimemente como el mayor experto vivo en la historia alfonsí), “si Sevilla fue fundada por Julio César y conquistada por el santo rey don Fernando, fue, sin lugar a dudas, refundada, organizada y restaurada por Alfonso X El Sabio”.

No hubo parcela del saber que no encontrara refrendo en su persona regia: música, poesía, magia, artes suntuarias, arquitectura, astronomía (en la luna hay un cráter que se llama “Alphonsus”), matemáticas, Derecho… pero sobre todo destaca en su reinado el avance de la lengua castellana.

Continuó la tendencia de su padre, que promovió el castellano en sus cancillerías, y con él empieza a ser la lengua más utilizada en su Reino: el rey se dio cuenta de que era una estrechura usar las lenguas romances como lenguas menores respecto al latín. Llevó el castellano a textos nuevos, fortaleció la sintaxis y amplió el vocabulario con terminología técnica y científica. Entenderán ustedes que una figura que hizo tanto por nuestro idioma no sea mencionada, ni mucho menos homenajeada, por el actual gobierno de España.

No sólo Sevilla se benefició de su reinado, pues cabe hablar de una serie de municipios alfonsíes en el antiguo reino de Sevilla por su relación histórica con el rey sabio: Medina Sidonia y Vejer de la Frontera (Cádiz); Aracena, La Palma del Condado, Lepe, Niebla y Villarrasa (Huelva); Benacazón, Bollullos de la Mitación, Carmona, Constantina, Coria del Río, Lebrija, Sanlúcar la Mayor, Villamanrique de la Condesa, Villanueva del Ariscal y Sevilla capital (Sevilla). 

Hay una leyenda que afirma que el cocodrilo de madera que hay colgado en la techumbre de la catedral que da al patio de los naranjos junto a unas bridas, un bastón de mando y un colmillo de elefante, fueron regalos de un sultán de Egipto para pedir la mano de la hija del rey Alfonso, Berenguela, regalos que no aceptó y devolvió junto a obsequios suyos y buenas palabras, para no casar a su hija con un jefe musulmán.

Como decía aquella sevillana de Los Romeros de la Puebla de 1972, a veces “tiene que ser gente extraña la que venga a descubrir las cosas que tiene España al pie del Guadalquivir”: en el Capitolio de los Estados Unidos de Norteamérica hay un medallón del rey sabio, ya que el Código de las Siete Partidas se usó hasta el siglo XIX en La Luisiana, ¡y hasta se tradujo al inglés!

Sirvan estas modestas líneas basadas en el excelente trabajo publicado por el Cabildo Alfonso X El Sabio, como una pequeña transferencia de conocimientos sobre este gran personaje a nuestros lectores en particular y a los sevillanos en general, por ser un rey que tuvo la sabiduría de crear vínculos a través de la cultura, el instrumento más potente que tienen las sociedades para el progreso, la transformación social y la convivencia.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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3 Comments

  1. Charo dice:

    Magnífico artículo, ni el propio José María de Mena hubiese podido mejorarlo.
    Gracias por compartirlo.

  2. José Antonio Molino dice:

    Gracias Alberto, por recordar a este ilustre personaje, poco conocido y apreciado en al ciudad que siempre le fue fiel, de hecho sí que le recuerda en el símbolo de su escudo “NO8DO”. Repasando su vida sorprende que tuviera tiempo para tantas cosas, pues también tuvo que dedicarse a guerrear contra mudéjares. moros en incluso su propio hijo. Además pretendió el trono del Sacro Imperio Romano Germánico como hijo que era de Beatriz de Suabia ( que tiene calle en la ciudad y que nos sonará a muchos ). Quién sabe los beneficios y prebendas que hubiera prodigado a su amada Sevilla de haber sido emperador. Decía ser de buen comer y las leyendas le atribuyen el invento de la tapa, ya que por orden suya se servía en las tabernas el vino con algo de comer para que los parroquianos no se embriagaran. Sea como sea , es una leyenda que le hace todavía más sevillano ( y eso que la Cruz Campo aún no se había inventado ). En definitiva, honor a su memoria que lo merece tanto como su padre conquistador.

  3. Charo dice:

    Magnífico artículo, ni el mismo José María de Mena lo hubiese podido mejorar.
    Gracias por compartirlo.

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