En la imagen: Paso del Silencio en el Desprecio de Herodes, de la Hermandad de La Amargura, sale de la Catedral con dirección a La Campana en la procesión del Santo Entierro Magno de 1965

Muy pocos saben que el padre Cué sólo vio una Semana Santa en su vida, la que le bastó para escribir el best seller cofrade “Cómo llora Sevilla”. Le fue tan bien al cura mexicano por la Semana Santa de 1947, que ya no quiso arriesgarse a repetir. Ramón Cué dejó intacta para siempre su primera y única impresión, no quiso arriesgar sus emociones más originales reuniéndolas con otras nuevas que quizás no hubieran sido tan fuertes. Evitó que más semanas santas pudieran devaluar todo lo que sintió al conocerla. Pensaría, digo yo, que cualquier tiempo pasado siempre iba a ser mejor.

Los que la vemos todos los años sabemos muy bien cuánto hemos tenido que reciclarnos para seguir disfrutándola. Por decirlo rápido, nos hemos ido adaptando a sus adaptaciones. La Semana Santa es un organismo vivo que como tal pasa por mutaciones, pero también por deformaciones. Ha pasado hasta por ese estirón llamado la masificación. Y no pocas veces su canon y medida quedan marcados por nuestra infancia, que condiciona bastante la idea de lo que llamamos clásico, nuestra propia verdad inmutable, desde la que casi siempre iremos lamentando toda mudanza. La infancia suele dictar las leyes sentimentales de la Semana Santa, cuyo ADN siempre informa de un niño al que lleva su padre de la mano.


En mis sesenta años me ha dado tiempo a ver, por contar algo, a la Hiniesta de hebrea en su palio, al Amor con los tres pasos juntos, el Baratillo de ida por García de Vinuesa, penitentes con cadenas en los pies, xilófonos del Arahal, Macarena o Esperanza de Triana con esquinas floreadas como si fueran los nardos de la Virgen de los Reyes, joyas de la Duquesa de Osuna sobre el manto de la Virgen de las Aguas, La Trinidad sin Decreto y con Decreto, Santo Entierro con niños angelitos portando atributos de la Pasión, Viernes de Dolores en Nervión, Valle del Santo Ángel, Gran Poder de la parroquia, Estudiantes en Laraña, costaleros profesionales y hermanos, nazarenos y nazarenas…qué se yo; y hasta Sábado Santo empezando en la Catedral en vez de por La Campana: eso que en 2018 van a hacer las hermandades del martes. Es la nueva versión del recorrido oficial a la inversa. Ya no es entrar en Campana, sino salir por ella.

Y más que una Semana Santa al revés, diría que es el revés de la Semana Santa, el duro revés de tantas cosas que acabarán por hacerla irreconocible. Al menos a mí, me resultará imposible encontrarla por las calles valladas del miedo a perderla.

EN BANDOLERA