El retorno del superhéroe

De repente una noche, épicas imágenes abren los telediarios. Un sobrehumano ser, de espaldas cargadas por el insoportable peso de los derechos sociales conquistados, con desafiante y moñudo perfil avanza resueltamente como si fuera el mismísimo Gary Cooper de «Solo ante el peligro», reencarnado en desafiante macho alfa.

Descendiente de una estirpe de pacifistas luchadores de hoz y martillo, alambrada y checa, por la libertad de los pueblos oprimidos, nuestro superhéroe había abandonado los cielos monclovitas, la moqueta y la molicie de los palacetes, para combatir en la calle a fascistas y fascistos.

En esta su primera gesta televisada se enfrentaría a cuatro malotes jovenzuelos de oscura estética, que le increpaban desde lejos con insufribles gritos de jarabe democrático: “Fuera la casta de nuestros barrios”. Cuatro desarmados niñatos que nuestro campeón, auténtico experto en escraches y la ley del embudo, supo desactivar tan solo con su aguerrida presencia… un puñado de seguidores, algunos guardaespaldas y unos cuantos policías nacionales, pero sin necesidad siquiera de su motorizada guardia de Galapagar.

¡Albricias por el retorno al asfalto populista de Escrácheman! (Y atentos a los movimientos de algún otro superhéroe: como Marlaskaman, el increíble ministro menguante y superYoligirl, la mejor ministra de Trabajo con 6 millones de parados).




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