El regalo de Dios a Otto Moeckel

 

Escuché decir a alguien que no creía en las puras casualidades, pero sí en las casualidades causadas, una expresión para mí sorprendente y que yo entendí como refiriéndose a esa mano oculta que tantas veces nos parece estar manejando los hilos invisibles de lo que nos ocurre, como si todo estuviera secretamente calculado. Siendo como soy profundamente creyente, me sentí de acuerdo con esa idea, que más que idea era fe: casualidades causadas. Sí, suena bien. Y es que me parece que para un creyente no debería haber casualidades, sino planes divinos, como extraños y mágicos destinos para los humanos. Porque antes incluso de que formásemos parte de los planes de nuestros padres, ya estábamos en los de Dios. Con el paso del tiempo, me va dando cada vez más que Dios es la mayor certeza escondida en miles de apariencias.

Digo todo esto porque ahora se ha sabido que ese hombre de sangre azul del Baratillo llamado Otto Moeckel resulta que había nacido un 4 de febrero, la misma fecha  -¡la misma!-  en la que dieciséis años exactos después, también un 4 de febrero, la Piedad fue dada a luz del Arenal de Sevilla. ¡Qué misteriosa coincidencia entre Ella y el hombre que llegaría a ser su inolvidable Hermano Mayor! ¿Estoy queriendo decir algo? ¿Me empiezo a dejar llevar por un romanticismo con el que pueda perderme en ilusiones y desvaríos de poeta? ¿Seré quizás sin saberlo uno de esos ripiosos capillitas con sueños de pregonero?

Con frecuencia se ha dicho de los sevillanos que hablamos tan deprisa que no se nos entiende. Y me viene a la memoria el caso de quien escuchando esta acusación se defendió de lo lindo ante el forastero: “No es que nosotros hablemos deprisa, es que vosotros escucháis muy lentos”.

Lo difícil de entender a Sevilla no es cuando habla. Lo tremendamente difícil de entender a Sevilla es cuando siente. En dos o tres días de turismo por la ciudad, puede que nada les hiera y sepan regresar sin ataduras a sus lugares de origen. Pero más allá de esos días empezarían a correr el riesgo de quedar atrapados por una ciudad que da la razón a quien afirmó que “hay otro mundo, pero está dentro de este”.

Ese mundo es Sevilla y está lleno de preguntas comprensibles que en otro sitio sólo se harían los locos. Pero aquí La Piedad del Baratillo, alumbrada el 4 de febrero de hace ahora 75 años por Fernández Andes, puede ser la casualidad causada de Otto Moeckel, que también nació el 4 de febrero de hace 91 años.

Sólo en Sevilla puedo hacer preguntas que serían imposibles en otra parte. Sólo en Sevilla puedo interrogarme ¿por qué en dos marchas  (“Pasa la Macarena” y “Pasan los campanilleros”) se llama pasar a lo que nos queda para siempre? ¿O por qué se hacen aire de gozo las lágrimas de San Pedro? ¿Qué ciudad tan rara es esta que acude a ese médico de la bata morada que recibe en su consulta de la Plaza de San Lorenzo? Sólo en Sevilla, y aunque no me entiendan los de fuera, puedo preguntarme ¿qué fue entonces la Piedad, quizás el regalo de cumpleaños que un cuatro de febrero hizo Dios a Otto Moeckel?




 

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