Declarar: “Esto lo dije ya hace años, esto yo ya lo sabía” resulta tan antipático que muchos nos resistimos a expresarnos así; pero a veces, ¿qué opción queda? Pues seamos un poco antipáticos, al tratar de un asunto que se ha vuelto antipático de por sí: el taxi.


Desde tiempo inmemorial, se supone que un ciudadano tenía dos alternativas: o esperar el autobús, con las consiguientes molestias, o bien realizar un dispendio extra a cambio del lujo de ser trasladado a placer de puerta a puerta. Con la primera opción se ahorraba dinero. Con la segunda, tiempo e incomodidad. La disyuntiva no podía ser más nítida, más plácida. La joven estudiante repleta de vigor y de tiempo ni se planteaba algo que no fuera andar o ir en autobús. Pero para llevar a la abuela a algún sitio, no se concebía otra cosa que un taxi.

La alternativa era siempre clarísima: o comodidad o ahorro. Volviendo de fiesta en un barrio lejano, dirigiéndose a la parada del autobús, comprobando los horarios, mirando el reloj, sintiendo el frío, pasaba a veces un taxi tentador. A casita en cinco minutos, o una hora más de tiempo, entre espera y trayectoria, que podía emplearse observando el mundo de la noche. Había cierta belleza incluso, cierta fruición ante la posibilidad de elegir una cosa u otra. O se volvía a casa con la grata sensación de haber ahorrado un dinerito (más también el placer de saber que una es capaz de desenvolverse bien, de no necesitar lujos; esto halaga el sentido de independencia); o bien se regresaba con la voluptuosidad de haberse permitido un capricho. Siempre se ganaba algo.


Pero un día desapareció esa modesta fuente de cotidiana gratificación. El tomar un taxi dejó de ser la agradable opción de un pequeño lujo para parecer una penitencia.

Ya no se les puede parar en cualquier lugar, pues te increpan: “¡Vaya a la parada!”. Pero, ¿por qué? Para ir a la parada ya tenemos el autobús.

Ya no circulan por las calles en busca de clientes. O no hay taxis, o la ingente acumulación de ellos, en abrumadora masa, en la estación y en el aeropuerto, casi asusta, intimida. Y resulta que hay que ponerse en fila india y esperar pacientemente a que se instale cada viajero, en una cola a menudo más pesada que la del autobús. Porque hay que tomar “el primero de la fila”.

Como niños buenos, nos hemos acostumbrado a preguntar: “¿Cuál es el primero?” al llegar a una parada. Ni lo cuestionamos.

Pero lo de “coger el primero” es una norma que se pusieron ellos de manera interna –como a los niños para que no se peleen- una manera de obedecer la infantil queja de “yo estaba aquí primero”. Del mismo modo, podían los bares organizarse, para que cada cliente se viera obligado a tomar el café en el último bar que despachó uno (¡no vaya a ser que un establecimiento caiga en gracia y todos vayan al mismo!). O que al comprar unos zapatos, hubiera que entrar “en la segunda zapatería a la derecha” porque la primera acaba de efectuar una venta, y no es justo que una haga dos ventas seguidas y otra ninguna.

Si no existiera esa extraña norma, el tráfico en el entorno de una estación sería mucho más fluido. Los clientes se dispersarían por los alrededores, ocuparían otros taxis, la cola principal se aligeraría y todos saldrían ganando. Pero el ansia regulatoria de defender unos extraños “derechos” ha anulado el placer de un pequeño lujo que antes casi todos podían disfrutar.