El periodista que estaba allí…

En los años 80 y 90, nadie habría entendido que desde una tribuna pública un político hubiese empleado su tiempo en atacar a periodistas y, todo lo más, se habrían referido al medio en cuestión. Hoy, en cambio, esto se ha convertido en una charcutería donde la tribuna de cualquier Parlamento, Asamblea o Pleno municipal o provincial es utilizada para desatar campañas de acoso y derribo personales contra quienes les parece, contra quienes discrepan u opinan en contra en el libre ejercicio de su tarea y de su libertad de pensamiento y expresión.

Tengo por seguro que incluso al Partido Comunista de España y a los sindicatos de aquella época que menciono les habría sobrado tiempo para salir en defensa de un periodista acreditado en el Congreso de los Diputados que hoy le dirigía una pregunta inconveniente al diputado Echenique y al que éste por dos veces le insistía: “No tendría ningún problema en contestarte si no pensase que hacerlo sería una falta de respeto a tus compañeros y compañeras aquí sentados, que son periodistas de verdad… y por eso no te voy a contestar”.

O sea, se refería a los periodistas allí sentados como “tus compañeros y compañeras” (me olvido del tuteo feroz), pero él, el periodista incómodo, no era, por decreto verbal de este diputado sectario, “un periodista de verdad”. No, no es que el diputado rechace o discrepe de la opinión editorial del medio en el que trabaja, sino que se refiere a él, que tiene nombre y apellido, al que desearía retirarle su condición misma profesional, cosa lejos de su alcance, desde luego, pero no de su verdadera intencionalidad.

Esta demonización de periodistas en concreto viene de lejos y anda ya suelta de manos a pesar de que en 2017 la Asociación de la Prensa de Madrid prestó amparo a un grupo de periodistas que se quejaron porque se sentían “acosados y presionados por el equipo directivo de Podemos, encabezado por Pablo Iglesias, así como por personas próximas a ese círculo” (sic). Monedero respondió de inmediato calificando a la APM de “franquista”… en un alarde hilarante, grouchista y casi cinematográfico de corroboración de lo que se denunciaba.

En aquella ocasión la APM emitió una nota que decía textualmente: “Considerados los testimonios y las pruebas documentales aportados por estos periodistas, la APM exige a Podemos que deje de una vez por todas la campaña sistematizada de acoso personal y en redes que viene llevando a cabo contra profesionales de distintos medios, a los que amedrenta y amenaza cuando está en desacuerdo con sus informaciones”.

En 2019 y 2020, la APM siguió exigiendo el respeto a las personas que ejercían la profesión periodística y elevó su “más enérgica protesta por el trato dado a la Prensa en la presentación del programa de Gobierno del PSOE y Unidas Podemos, efectuada esta tarde en el Congreso de los Diputados”, decían. Y el 3 de mayo del presente año, aprovechando el Día Mundial de la Libertad de Prensa, la propia asociación profesional organizaba un debate con nada menos que Fernando Savater, Mario Vargas Llosa y Félix de Azúa bajo el título “Expresión de libertad” para abundar en estas denuncias. En menos que canta un gallo, una tal Marta Nebot quiso salir al paso de estos gigantes de la comunicación denunciando lo que, según ella, fue sólo un debate entre “intelectuales de derechas”. Y tan contenta en su soberbia… mientras defendía un modelo que consiste, como tiene acreditado con demasiada amplitud, en la eliminación de la libertad de Prensa, cosa que, por otra parte, exigió en su día el propio caudillo Iglesias al plantear la necesidad de que se expropiasen los medios privados y el control absoluto de los medios públicos.

Es cierto, por ejemplo, que también Vox ha impedido en ocasiones la entrada a periodistas de distintos medios que consideraba que manipulaban sistemáticamente el contenido de sus discursos, si bien cabe puntualizar que cuando hizo esto fue por lo general en sedes o salones no oficiales y para subrayar su queja o malestar, lo cual no es mucho decir, pero valga el matiz para mostrar la variedad de formas empleadas contra la libertad de expresión.

Lo cierto es que estamos asistiendo a una escalada de despropósitos en la que hay diputados y cargos públicos que emplean recintos oficiales y su tiempo remunerado por el erario público en demonizar y acosar a ciudadanos de toda clase y condición (artistas como Nacho Cano han tenido que salir a defenderse públicamente de los ataques de la “madremédico” Mónica García) a los que señalan con absoluta impunidad en una diana irresponsable que, abusando de un clasismo intolerable, otorga o deniega la condición profesional, capacitación, compatibilidad u oportunidad para ejercerla a quien le venga en gana.

Y en tales caso yo me acuerdo de lo que describe Chaves Nogales en su relato memorable de “El maestro Juan Martínez que estaba allí”, donde cada vez que el ejército bolchevique conquistaba una ciudad reunía a los artistas y los examinaba ante un tribunal de revolucionarios medio analfabetos para averiguar si se trataba de burgueses escondidos detrás de un carnet profesional. Al bueno de Juan Martínez y a su señora, la Sole, pareja de baile atrapada en aquellos días del infierno revolucionario, sólo se les ocurrió arrancarse en cierta ocasión con una zambra o un baile aflamencado y después de muchos taconeos, vueltas y riapitás, el presidente del comité con la gorra sucia, con la estrella roja incrustada en la frente, se rascaba la sesera y, tras meditar un rato, sentenció y mandó anotar al secretario del tribunal: “Juan Martínez y la Sole… contorsionistas”.

Se libraron del paredón gracias a la propia estulticia de quienes hoy lucen en su sus folios y carpetas la imagen del Ché Guevara mientras acusan de homófobo o de cualquier barbaridad a quienes a ellos se les antoje. Siguen en la barbarie.

He dicho.




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