El país prisionero

A estas alturas, ¿no creen que algo falla en nuestra forma de Estado actual?

Siempre he sido un férreo defensor del hecho constitucional. Siempre he convenido que nuestra Constitución representaba la máxima garantía de libertades, derechos y obligaciones para todos sin discriminación alguna; de hecho, participo en alguna plataforma defensora de la misma como modelo de convivencia y mi conciencia me hace votar en consecuencia. Pero algo falla.

La vía del 78, aquella que cerraba de manera definitiva el último diario de la reciente historia de España  y nos mostraba uno por empezar fue, sin duda, lo mejor que pudo ocurrirle a este país a nivel social y político en muchísimo tiempo. La confluencia de ideologías que hasta no hacía mucho estaban enfrentadas, y de las que todas tenían tanto por callar, para lograr un acuerdo ejemplar de unidad y concordia, corroboraba que los españoles deseaban cerrar pronto las heridas de muchas décadas. Por fin nos aceptábamos tras años de desencuentros. Sin embargo…

Sí, hay peros. Peros a los que hemos llegado tras cuarenta años de no dudar, la mayoría, de la conveniencia de nuestra Carta Magna. Peros que, en muchos casos, no se han planteado antes, quizás, porque nadie había zarandeado tanto como ahora los artículos que la componen. Peros que salen por las fisuras de una construcción para la que se utilizaron ciertos materiales inestables para afianzar sus cimientos. Si bien su estructura parece fuerte y ello nos señala como una de las democracias más fiables, sugiere que entre sus ladrillos algunos estaban huecos. La Constitución Española cedió un lugar a la indivisibilidad divisoria. España, en su Título preliminar, se argumentaba como una unidad, contradiciéndose en lo que, en realidad, más pareciera una mano tendida a los nacionalismos –aquel que citara con más sentido de política que muchos hoy, José Antonio Primo de Rivera– con aquello de reconocer y garantizar el derecho de las nacionalidades y regiones. ¿Qué nacionalidades? La famosa nación de naciones que promulgara el expresidente Zapatero, y que facilitó la explosión del país como unidad que ahora vivimos. No se inventó nada nuevo el señor Rodríguez Zapatero, tan solo elevó a oral lo escrito; y unos se echaron las manos a la cabeza y otros…, bueno, otros empezaron a despejar caminos. Algunos llegan hasta Waterloo. 

La división autonómica no ha traído más que señalamientos mutuos, la conciencia de una realidad geopolítica inexistente, una carga económica extra para el contribuyente y una manipulación, una mentira consentida y consensuada a lo largo de estos lustros en cuanto a la no diferenciación entre estas. Como dice el artículo 138.2 del Capítulo I del Título VIII: «Las diferencias entre los Estatutos […] no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales». Pues díganme ustedes. A pesar de ello, el Estado parece obviar el artículo 149, el de sus competencias sobre las Comunidades. La Constitución, sin duda alguna, ha hecho buena la locución homo homini lupus

Podrán confrontarse o enfrentarse conmigo al respecto, pero no hay falsedad en lo que cito. La exaltación de las autonomías ha exacerbado, con la ayuda de los poderes estatales, el hambre de poder, de independencia, la división entre estas y, en algunos casos, tratar de manera despótica al mismísimo Gobierno de la nación.

No lo nieguen. Han servido las autonomías, en no pocos casos, solo para reavivar intereses ideológicos; donde su caterva política ha abjurado e injuriado sobre el tapete con juramentos de chichinabo, menospreciando los valores que representan esos derechos y obligaciones. Por tal, y aunque no se quiera concebir, a los españoles. 

No soy amigo de esta forma de gestión. Ya no, desde luego. Tampoco presté antes mayor interés. Pero la realidad actual ha puesto de manifiesto que esta ha confinado a aquella unidad nacional que citaba al principio a una prisión de diecisiete puertas.




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