El país de los ornitorrincos

No sé si dije que van por colleras, pero mejor que despierten, porque en este juego de tronos vienen siempre con la mochila puesta. No se precisa tener certificado de casamiento civil o religioso pero sí confraternizar, sororizarse o como se diga.

Puedes poner a tu churri de ministra o a tu chófer de consejero en Renfe. A tu maromo de ministro de Justicia lo mismo que puedes presidir la CNMC aunque tu marido tenga una consultora que se dedique a ello. Si Pepiño Blanco puede usar las puertas giratorias y colocarse en Enagás con 120.000 pavos de sueldo, no veo qué problema podría haber en que la mujer del presi ni aparezca por la cosa esa suya de los africanos o que Maxim Huerta medite por qué le tuvo que tocar a él presentar la dimisión por un malentendido en su declaración de Hacienda de años anteriores. Maxim terminará por hacerse budista.

Pero piensen que todo pudo haber sido distinto…, tal vez peor, aunque es difícil empeorar la gestión de Illa. La primera opción de Sánchez para el Ministerio de Sanidad no fue Illa, sino Carmen Montón, ex concejal de Burjassot y ex consejera de Salud en la Comunidad Valenciana.

La Montón estuvo de ministra de la cosa entre los meses de junio y septiembre de 2018. Fue obligada a dimitir después de que se conociera que había manipulado sus notas y plagiado su tesis doctoral con un copy-paste hasta de Wikipedia: un clásico. ¿Y saben qué? Que hace unos días fue nombrada embajadora observadora permanente del Reino de España ante la OEA…, en Washington, por más señas.

Saber qué habría sucedido en la pandemia con la Montón al frente del Ministerio es sólo política-ficción, pero a mí me parece sorprendente la facilidad con la que algunos se limpian en las cortinas. En ocasiones no es ni mala fe, tal vez sólo pereza, automatismo, pensamiento mecánico adaptado al marco mental impuesto o auto impuesto; o sea, pensamiento políticamente correcto.

Hace poco escuché poner de ejemplo a Trump como muestra de “populismo de derechas”, olvidando, por supuesto, que todo populismo puede variar en los métodos que emplea, pero no en sus objetivos, cuyo fin último es, ineludiblemente, el estatalismo, la persecución del igualitarismo y nunca la libertad del individuo.

Si alguien defiende la libertad económica, la libertad de empresa, la propiedad privada, los derechos individuales y, en definitiva, la reducción del Estado a sus funciones básicas y elementales, olvídense, eso no es populismo por muchas vueltas que le quieran dar a ese potaje. Ya digo, prefiero pensar que se trata sólo de pereza.

Supongo que cuando hablan de ese “populismo de derechas” están pensando en el fascismo, en el nazismo o en cualquier otra hecatombe de esa clase, pero todas ellas, helo ahí, son de raigambre y fines socialistas, colectivistas y, en todo caso, estatalistas.

Contemplado así, el igualitarismo es siempre un elitismo, porque dice aspirar a la igualdad de todos, menos la de quienes dirigen la calabaza, y el llamado populismo de derechas hoy es algo que no existe o que ha sido devorado por el único populismo que se enseñorea en todos lados y que se propaga bajo el disfraz de las palabrería hueca de una izquierda que sigue siendo incapaz, en especial en España, pero, desde la llegada de Trump, también en EE.UU., de aceptar que la democracia equivale a la posibilidad de alternancia.

Que puede existir la democracia sin alternancia resulta una obviedad con sólo contemplar el caso de Baviera, pero no existiría democracia sin la posibilidad allí de que los conservadores dejaran de gobernar.

En España cada vez es más evidente que la izquierda pretende adoptar la actitud de lo irreversible. El objetivo primero de Sánchez, por tanto, no era ganar unas elecciones, sino obtener el poder a toda costa para, una vez allí, proceder a atascar los mecanismos, aflojar las tuercas, repartir tornillos, trabar las ruedas para impedir el retorno. Yo suelo llamarlo fasciocomunismo, porque en el fondo son la misma cosa, aunque la primera parte les repela y la segunda ni siquiera les alarme, lo que da idea del sectarismo que practican.

En esa tarea vale todo, porque puedes tildar a C’s de derechas, al PP de extrema derecha y a Vox de extrema-extrema derecha, sea todo esto lo que se quiera. En tan obsesiva labor de demonización del adversario te puedes permitir pactar con filoterroristas a los que la gobernabilidad del Estado les importa un comino; con fascistas y racistas (éstos sí) como Quim Torra; con quienes pelean por independizar un trozo del Estado o con quienes añoran el comunismo más rancio y obsoleto de la Historia.

Incluso te puedes permitir, ocasionalmente y con la boca chica, desdecirte o reconocer que esos también son populismos (de izquierdas), pero siempre y cuando subrayes que existe en paralelo un populismo de derechas…, aunque ni está ni se le espera.

A esta clase de cómoda (o cobarde) equidistancia la denominé una vez como “la postura del ornitorrinco”, porque no es ni carne ni pescado y sólo busca acomodarse con facilidad en la molicie del espectro evitándose sospechas ingratas: lo que ahora se ha dado en llamar “la zona de confort”, que no necesita justificarse porque puede permitirse el lujo de distribuir las culpas de una pésima gestión a quien no gestiona nada sólo porque discrepa de la desastrosa gestión realizada.

La culpa, ya lo saben, es del PP, o de Vox, o de la oposición en general, o de los que sacan una bandera que sienten como suya porque es de todos, y se opone con disgusto a lo que consideran una miseria. No discrepen o serán calificados de fascistas.

Es decir, la misión del verdadero populista es que nadie se le oponga y que todos se muestren benévolos y claudicantes, porque ya sería lo último que la oposición aspirase a gobernar, ¿qué se habrán creído, si todo el mundo tendría que saber que hemos llegado para quedarnos…, cueste lo que cueste?

Así, vemos cómo el Marlaska más mendaz se desnuda de toda su presunta probidad de magistrado de la Audiencia Nacional para aparecer como un gañán. O a Snchz sustanciado en un chulesco aprendiz de tiranuelo al que si Trump le ordenó sentarse, la UE puede que le ordene adoptar la posición de firmes si quiere pagar alguna nómina. Y a Iglesias, desde luego, acodado en la barra de los escupitajos de esta taberna, con mesa en el rincón reservada a su señora, ¡jó, tía!

Muchos países habían adoptado medidas “superdrásticas” antes del 8-M y los resultados no habían sido buenos, de modo que mejor celebramos la manifa y que se mueran los feos (o los viejos, o los sanitarios, qué carajo importa), no sea que a estas alturas tengamos que cerrar también el Ministerio, ¡no te jode, tía!, como quieren esos fachas de la Ciencia.

Sánchez, ayer en el Congreso, tuvo una brillante ocurrencia. Gritó: “¡Viva el 8-M!”, pero el problema es que más de 40.000 ya no están vivos, sino muertos, y varios millones más en la moribundia del paro y en la cola interminable del ingreso mínimo vital, como si hubiesen llegado a España en una patera y sus padres y abuelos no hubiesen construido nunca este país, que en el intermezzo de un pretendido cambio de régimen se nos ha poblado de ornitorrincos.
PS: Y en C’s…, ya saben, tan contentos.

He dicho.

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