El Pacto de San Martín

Apostemos. Tengo un noventa y nueve por ciento de probabilidades de equivocarme pero, ¿y si no?

Sánchez ha lanzado un órdago al mismísimo PP. Al constitucionalismo en sí, pero sobre todo al PP de Casado. Ayer se dio el adelanto de una probabilidad. Ni terrible, ni improbable: democrática. Es evidente que lo escenificado ayer, con autógrafos ad hoc para mayor solemnidad, aunque haga rechinar a unos y babear a otros, no es sino una precuela tardía de una película que lleva meses —siete— anunciándose. ¿Alguien creyó que Sánchez no se abrazaría, literalmente, a Iglesias para conformar un gobierno funcional, que no en funciones? Lo dudo. Pero, como quiera que soy un aficionado a la historia y sus intríngulis, me surgió la idea de si tal no sería sino un abrazo de oso. ¿Y quién es el oso? Veamos.

Iglesias puede ser el oso, desde luego, que asfixie a Sánchez con su versión política que, lo siento, no considero progresista. No entiendo el comunismo como un progreso. Podemos es una convergencia de ideas, no una sola idea, en la que tiene cabida de todo. La pléyade nacionalregionalista que atosiga a España se acomoda, cual rémora, al gran escualo morado y, por supuesto, esto es un quid pro quo. Los anticapitalistas, antisistemas, antisemitas y hasta la antiEspaña o, digámoslo así, la España que representa VOX, PP o Ciudadanos, siguen la estela de este selaquimorfo político. Sánchez, por mucho que haya echado redes de progresismo, no creo que esté dispuesto a dejarse arrastrar al abismo, a lo abisal, por esta pesca pesada de piezas de escaso o nulo valor, no ya solo para España, sino para los compromisos de esta con Europa. Sánchez, permítanme la sugerencia, prefiere hacerse la foto triunfante con el tiburón abatido y capturado.

Así es. Puede que sea el actual presidenciable quien dé el abrazo del oso a Iglesias. San Pablo, inocente y mártir, puede que no sea más que un señuelo, un cazador cazado, ante quien, tras ingentes cantidades de motes y adjetivos a Su persona (en mayúsculas, por supuesto), pueda revelársele uno nuevo: Pedro el estratega. Sí, no lean con extrañeza. Pedro Sánchez, mendaz, jactancioso, trilero, inaguantable, petulante, agobiante es, además, así lo creo, audaz hasta el desaliento ajeno. Impredecible, tiene un juego de finta política envidiable. Astuto, observador impasible, camaleónico y… depredador. Rivera, valiente pero poco solvente en el campo de batalla nacional, como primera víctima y él sin despeinarse. 

Eso propuse ayer en las redes sociales y hoy detallo aquí. Sánchez ha puesto el cebo, un gobierno de coalición con Podemos —Iglesias como la amante despechada—, representante de los horrores de las sinergias populistas hispanoamericanas, para que Casado, que se ha dormido en los laureles y se ha dejado pisar por los protagonistas del Pacto de san Martín (el día 11, día del probable encuentro entre ambos líderes para llegar al acuerdo, fue onomástica del santo), pique o claudique, como prefieran. Por ejemplo: con la abstención de los populares —Arrimadas y Abascal, con sus peros, ya dijeron que convendrían en una posición beneficiosa al constitucionalismo— y la gobernabilidad de España sin intromisión del polichavismo

Puede, seguro, que peque de fantasioso, de conspiranoico, de crédulo, pero la situación de la política nacional actual, compleja y con visos de enredarse aún más, me lleva a ser fabulador. Por soñar, aunque yerre, un futuro lo menos malo posible para nuestro país que no quede.




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