El otro rollo de la película

Lo malo (no lo peor, desde luego) de la Gala de los Goya es que se trata de una ceremonia de entrega de premios a aquellas películas que no vamos a ir a ver…

En mi caso acostumbro hacer alguna excepción con aquellas en las que participe mi amigo Antonio de la Torre (no por amigo, que también, sino por su trabajo personal, casi siempre extraordinario), aunque a menudo me cueste algún embadurne ideológico del guión o del asunto que trate la cosa, tan cansino, consabido e irrefrenable en las producciones españolas actuales.

No me extiendo en esta clase de peste que acompaña a casi todo lo que se rueda, trufado de consignas e ideología, pero imaginen que la industria editorial sólo publicara libros de autores zurdos o los museos sólo exhibieran obras de realismo soviético o cartelería pro-maoísta: un empalago, una costra, un aburrimiento, una catacumba, un peñazo atroz.

O imaginen todos los restaurantes con un único y mismo menú, donde sólo varíen de uno a otro la cerámica del plato y los cubiertos o poco más. Y que el camarero, de paso, te repita la cantata inmarcesible y laudatoria del pollo al chilindrón y te moralice con alguna obsesión anti taurina sacada del mismo zurrón. Insufrible.

Por el mismo motivo resulta indescifrable que a un actor le des un micrófono un momento y empiece a soltar ocurrencias y politiquerías sobre cualquier cosa, porque equivale a que le pidas cuarto y mitad de sardinas al pescadero y te aleccione o te dé la brasa con algo del contubernio podemita, cual si se tratara de un enjundioso pensador experto en asuntos de gobierno. Y así el frutero. Y el carnicero…

Creo que sólo el gremio de los taxistas (y no todos) resulta comparable a semejante chapa incansable. En fin, el hippy de la flauta debajo de tu balcón todo el día…

El caso es que como este año el gobierno era del gremio, pues no fue necesario anoche excederse en reivindicar o escupir, ni hubo que ponerse neorrealista, a pesar del desplome absoluto del empleo y de los cien mil muertos debajo de la alfombra, así que ayer celebraron lo que no vamos a ver y santas pascuas, aunque, esto sí, todo muy feminoide, que no sé si un día de éstos le darán el premio a mejor actor a una mujer.

El caso es que no entiendo, con tanta afición y conocimiento acumulado entre la gente del cine, cómo es que el Consejo de Ministros no está repleto de actores, actrices, operadores de luz y sonido, guionistas, peluqueras, escenógrafos y scripts brillando con luz propia y tomando decisiones sobre toda clase de temas capitales de la “res pública”… ¡Glups!…

Perdonen, pero creo que me acabo de meter en un charco, porque a ver si va a ser esto, que lo que tenemos no es un gobierno, sino una reunión de cómicos y personal como de atrezzo que se han aprendido un papel y repiten la misma secuencia hasta la extenuación.

Lo que no va a entender esta gente nunca en la vida es que a los demás nos importa un rábano que cada cual piense, se vista o reivindique lo que quiera, siempre y cuando no nos intente hacer imposible a los demás pensar, vestir o reivindicar lo que nos dé la gana.

Desde esa flagrante incomprensión de su parte es lógico que se hayan transformado en feroces misioneros de una militancia y apliquen el proselitismo excluyente y sectario en cualquier circunstancia o le rían las gracias sin filtro a cualquier tarada que se ejercita en hacer chistes de la ETA y expele patéticas miserias disfrazada de bolsa de confetis sin otra intención que la de tirarse un pedo sobre un escenario. Y van y le aplauden…

En fin, parece que lo consustancial al mundo del cine español es soltarnos el “otro” rollo de su película… ¡Ah!, por cierto…, de Quique San Francisco, ni una palabra.

He dicho.




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