El obispo y la ministra

Aunque los ha habido y los habrá peores, los católicos nos enfrentamos a dificultades que no sólo proceden de quienes consideran nuestra fe como algo pernicioso y perverso, sino que también se deben a la actitud de no pocos jerarcas eclesiásticos ya sea por acción u omisión.

La penúltima es el capote que el portavoz de los obispos, monseñor Argüello, le ha echado a la ministra Irene Montero sobre sus cuasi delictivas declaraciones acerca del sexo infantil, interpretando que ella en realidad no quería decir lo que dijo; cuando ella no mostró interés alguno por rectificar sus palabras.

Y aunque pudiera entenderse este terciar del monseñor, en aras de eso tan hermoso de tender puentes en vez de levantar muros, etc.; lo que nos come la moral a algunos es que últimamente todos los puentes eclesiásticos se tiendan siempre hacia los mismos y mismas, mientras que se reservan los muros para los más cercanos.

Como está sucediendo con el duro trato que reciben los calificados peyorativamente como tradicionalistas, porque reivindican algo tan «peligroso» como las celebraciones de las Misas en latín. O la fría distancia y el silencio episcopal -incluyendo a sus influyentes medios- hacia los políticos que defienden abiertamente y sin complejos los valores cristianos. ¿Prudencia o cobardía?

En cualquier caso: ¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *