El negro de Boney M. en la Moncloa

A Bobby Farrell, conocido como “el negro de Boney M.”, se le fue la vida sin haber dado una sola nota en toda su carrera de showman, porque lo suyo era sólo lucir poses rodeado de unas jamaicanas mediocres que interpretaban canciones pegadizas y sin sustancia musical alguna.

Quien ponía su voz engolada y cavernícola no era Farrell, sino el productor musical de aquel grupo de opereta que vendió más de cien millones de discos alrededor del mundo, del que nadie identificaría la cara de ninguna de las cantantes pero sí la del único componente de la banda, que era el que no cantaba. A mí me recuerda a alguien en la Moncloa…

El muy querido y siempre recordado Pepe Guzmán, un periodista de la vieja escuela que convertía en humor surrealista la realidad circundante como el rey Midas transformaba en oro todo lo que tocaba, acuñó en advertencia memorable para el beticismo aquello de “No pitarle a López que sacan a Alabanda”, dos toscos jugadores de aquel equipo del “manquepierdismo” que por momentos desesperaban a la afición.

Y algo parecido sucede con este gobierno de impostores y descarados, con el que conviene tener prudencia y no pitarle en exceso a Marlaska y a María Gámez, la directora de la Guardia Civil, no sea que los cesen y el “míster” los sustituya por, no sé, José Luis Ábalos y Adriana Lastra, por ejemplo. O por Arnaldo Otegui y Oriol Junqueras, respectivamente. Vaya usted a saber…

Es lo que tiene Guatemala, que aún le cabe en sus fronteras “Guatepeor” y no hace falta ponerle demasiada imaginación, porque si a la ministra de Justicia la pillan llamando “maricón” (sic) al ministro de Interior en una reunión con un sicario y un juez prevaricador, o señalando una presunta red de pederastas, la pones de Fiscal General del Estado y santas pascuas, que mañana es Domingo de Resurrección.

O colocas de vicepresidenta a la ministra que ha logrado los casi seis millones de parados, a la que los suyos agarran por los pelos como cuando cariñoseas con un perro de agua, y se queda tan satisfecho presumiendo de haberse convertido en Bobby Farrell, el negro de Boney M., rodeado de mujeres que hacen los coros y mariposean en su entorno cantando el “Rasputín”/Iglesias de los grandes éxitos.

La no destitución de Marlaska, aun así, es una afrenta y un oprobio, pero sobre todo es un daño absolutamente innecesario, muy grave e imprudente al sistema en sí, porque, sometidos a su soberbia y a su desparrame, habremos asumido bajar otro escalón en la calidad democrática de las instituciones. A partir de ahora, ni aunque pillen a un ministro atracando un banco o atropellando viejitas en los pasos de cebra con una tasa de alcohol superior a la de Ábalos en sus días de asueto en los hoteles de Canarias será motivo suficiente para que dimita un ministro de Sánchez, que los hay como pollos sin cabeza que fusilan a Cervantes o a “Clarín” ante un pelotón franquista.

Si hay algo que envejece mal son las declaraciones, promesas y enunciados de Pedro Sánchez, que antes de asaltar el poder se la cogía con papel de fumar y te decía que ningún imputado iría en sus listas, que cualquier miembro relacionado con manejos en paraísos fiscales sería cesado de inmediato o ponía de ejemplo a un ministro alemán que dimitió por haber copiado su tesis doctoral… ¡Joder, me da la risa…, por no llorar!

Una vez hizo una campaña con una bandera española de fondo de escenario tan grande como una plaza, al mismo tiempo que exhibía sus delirantes reflexiones sobre la unidad nacional y hasta se reía de sí mismo cuando trataba de exponer aquello de la nación de naciones “formada por España, Cataluña, País Vasco y Galicia” sin que le saltaran chispazos en la sala de máquinas a su partido, salvo al inefable Pérez Rubalcaba, que cuando quiso poner remedio al cableado inservible, se electrocutó y no tuvo tiempo para más.

Me gusta pensar, aunque seguramente estoy equivocado, que si a estas alturas aún viviera aquel Fouché de la fontanería socialista, el PSOE estaría escindido en dos y Sánchez andaría luchando por hacerse con el liderazgo de una coalición de podemitas, comunistas y socialistas arrebatados, como un Negrín cualquiera pero sin su prestigio de doctor.

Sánchez ha lanzado por la rampa del desastre no sólo a la economía española, sino, lo que es peor, ha reventado las costuras de la Constitución española sin otro modelo alternativo que la mera polarización, donde todos los que no estén de acuerdo con sus ocurrencias son fascistas incombustibles y no merecerán otra cosa que la demolición.

No hay de su parte ni la menor voluntad de acuerdo en nada, salvo en todo aquello que le permita seguir haciendo y deshaciendo a su capricho con el Falcon y logre ahondar la división innecesaria en la sociedad española, da igual si se trata de las víctimas del terrorismo, de la política educativa, de la ley de eutanasia o de la Monarquía.

A los criminales de la ETA los embadurna de beneficios penitenciarios aunque le reabra las heridas de sangre a la Nación y pacte cualquier cosa con los criminales y los golpistas con tal de no ceder un palmo en la investigación parlamentaria de mil abusos perpetrados en contra de la Ley de Transparencia e incluso contra el Código Penal.

Para cada ocasión deplorable que protagoniza este gobierno, Iván Redondo cuece en las hornillas de la Moncloa una nueva receta que desvíe la atención, del “Ma Baker” al “Daddy cool”, del “Sunny” al “Rivers of Babylon”, que le permitan a Sánchez distraer al pueblo mientras él se contonea por el escenario rodeado por su escolta de afroditas y la sociedad se hunde.

He dicho.




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