El nacionalismo, las suegras y los cuñados

Trataré de demostrarles con un dato que lo de este país no tiene arreglo.

¿Cuántos andaluces cree usted que votarían a un partido que financiara y aplaudiese a una peña de tarados que defendieran con la seriedad del burro que Abraham Lincoln nació en Badolatosa, que Nelson Mandela era de Guadix, que San Francisco de Asís nació en Rociana o que Don Pelayo vino al mundo en Grazalema?

Pues bien, en Cataluña hay más de millón y medio de esos desquiciados que votan a partidos que financian a un grupúsculo de diz que historiadores que proclaman tales cosas no como se recitarían en una peña carnavalera gaditana, sólo por desternillarse, sino que lo desgranan absolutamente en serio y hay gente que se apunta y asiste a las conferencias sin un pito de caña, sin una caja y sin un bombo de hacer chimpún al acabar el 3 por 4.

Van allí como al Palmar de Troya, arrodillados y a ver si trincan algo, para comulgar con una secta de borregos lacerados que se ponen a balar si al entrar en la churrería “El Murciano”, cuyo dueño es un señor que llegó de Murcia hace 50 años y prepara unos calentitos la mar de buenos con la receta de su abuelo, les saluda el tipo diciendo “Buenos días”, momento en el cual se van corriendo a TV3 a denunciar que “aquest és ‘intolerabla’, ‘insofribla’, repugnant, ‘insuportabla’, ‘inadmisibla’ y repulsiu”.

Y luego, cuando se convocan elecciones, van los mismos, incluidas unas señoras con gesto adusto de estreñidas, como la Celáa de aspecto pero más verduleras, al estilo de Marisú Montero, de labios finos y apretados, peinadas con mucha laca, y votan a los tipos que se gastan sus impuestos y los del resto de los españoles en pagar a los que dicen que Parménides de Elea y Heráclito de Éfeso nacieron, como su propio nombre indica, en Sabadell y Hospitalet, respectivamente.

Espero haberles convencido de que no hay arreglo posible, pero no con semejante reata de cretinos, sino con el resto, porque lo malo no son ese millón y medio de necios que viven en su fantasía identitaria como el que va de visita a Disneyland y se siente Mickey Mouse o Minnie, que en su derecho están de hacer el payaso donde más les guste, sino quienes negocian con semejante tropa y se pliegan a los caprichos circenses de esa basca que no es vasca, sino catalufa, y se entretienen en reírle las gracias a un bodoque como Rufián o les concede el indulto a los secuaces en prisión que intentaron un golpe de Estado con la pretensión de fundar la republiqueta independiente de Cenicienta.

Hasta hace apenas unos años, los nacionalismos eran considerados en toda Europa un cáncer a extirpar y no es posible hallar en los últimos 70 años un verdadero historiador que no apunte a los nacionalismos como la verdadera causa de la tragedia europea a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Dos guerras mundiales y numerosos conflictos, entre ellos la guerra civil española y la de los Balcanes, ya finalizando el siglo, son atribuidas con toda razón y con todo el peso de la Historia a esta variedad de ensoñaciones endogámicas y fascistas que en España, por extraño que parezca, cabalga hoy a lomos de una izquierda atrabiliaria e irredenta con la sonrisa inerte de un supremo ególatra al que sólo le preocupa cómo mantenerse a bordo de un Falcon el tiempo suficiente para malversar el dinero que nos prestará Europa a mayor gloria de los contratistas de su partido y de sus asociados.

Así pues, si entre los unos y los otros, los que opinan que El Cid era un señor de izquierdas nacido en el Bajo Llobregat y los que aspiran a caminar sobre las aguas, mantienen en su puesto al psicópata inaudito que confiesa que lo más importante que sus padres le enseñaron fue a sostener la palabra propia, permitirán que concluya que esto no tiene arreglo.

Hay quien opina, quizá por consolarse o por darle gravedad al tema, que el problema no es sólo la clase política que tenemos, sino sobre todo la calidad de sus votantes, pero es que estoy de acuerdo en que los políticos son una representación bastante aproximada de la sociedad que tenemos y, de hecho, es fácil comprobar que Adriana Lastra no es marciana ni Ábalos tampoco es un extraterrestre.

Lo que pienso en realidad es que maldita sea la hora en que creímos que lo ideal para dirigir una sociedad era lograr una traslación exacta de lo que es una taberna o la cola de un mercado, en lugar de exigir una selección (no una elección) de la excelencia.

Porque, presten atención ahora, en realidad da igual lo que voten los electores si quien recuenta los votos son dos tramposos inmensurables, como Pedro Sánchez, el que oculta sus plagios, se oculta tras la cortina para meter un pucherazo y se niega a declarar ante el Portal de Transparencia, y el Marqués de la Tarjeta, ese mismo que se inventó el acoso sexual de un empleado para ponerlo de patitas en la calle, que oculta la financiación de narco dictaduras y que llena de mentiras cada una de sus declaraciones judiciales.

Dice el señor Marqués que esta Nochebuena hablaremos al oír al Rey de España de si nos sentimos monárquicos o republicanos, pero puede estar seguro el gañán que en nuestras casas hablaremos del disparate en el que nos han metido a todos estos tipos que se han hecho millonarios en apenas doce meses sin pegar un palo al agua y discutiremos sobre qué vamos a hacer para lograr emplumarlos y arrojarlos al pilón antes de que esto se derrumbe sobre nuestras cabezas.

Quizá por eso piensan que es mejor que nos reunamos de a pocos, no sea que por una vez estén de acuerdo en la cena de Nochebuena hasta las suegras y los cuñados.

He dicho.




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