El muñidor del avispero

El problema que tiene España con Pablo I. Turrión es que se atreve a todo. Su atrevimiento es parte de su doctrina, que no se corresponde del todo con la del comunismo aunque se parece bastante. Como digo, forma parte de “su doctrina” pero más que como principio, el atrevimiento descarado lo utiliza como método al servicio de su propia exhibición porque le encanta oír hablar de su última andanza y de la siguiente. Lo de la transformación del status quo es algo secundario. 

Se atreve a no jurar la Constitución, como muchos otros, por cierto, cuando el juramento no es una fórmula religiosa que responda a ningún credo sino un protocolo jurídico ético que convierte a quién lo otorga en garante de la legalidad en su positivismo más elevado. Si se atreve a no jurar la Constitución, algún día se atreverá a incumplirla. ¡Fijaos que espejo donde mirarse esta sociedad!. El razonamiento es claro y obligado, si hay diputados y ministros que no se comprometen a lo máximo ¿por qué el resto de ciudadanos sí estamos obligados a ello?

Se atreve a ir al Parlamento, aun siendo vicepresidente segundo del gobierno, en vaqueros y mochila. Nos hemos gastado un dinero en una cartera buena (supongo que será de piel) y solo la utilizó el primer día para la foto en La Moncloa. El Congreso de los diputados es la casa del pueblo que es quién tiene la soberanía nacional, no es su casa. En el Congreso está de paso o eso esperamos. No se puede ir allí de cualquier forma, simplemente por respeto al pueblo, a los votantes, a quienes le pagan el sueldo. ¿Se imaginan ir a la casa de alguien que no conocemos, en calzonas?. Podríamos decir que somos libres de ir así y efectivamente lo somos, pero es una falta de respeto ir a una casa, por muy conocidos que seamos en ella, vestido inapropiadamente. El Parlamento no es tu casa, Pablo I. Turrión, es nuestra casa y si te invitamos a comer, y a más cosas, lo primero que tienes que hacer es venir presentable. No estás en una asamblea estudiantil en el aula magna de la facultad. Ni tú, ni Errejón ni toda esa camarilla que han tomado el Parlamento como la leonera de su casa. 

Se atreve a insultar y a descalificar a quién le place. Puede llamar peyorativamente marquesa a una diputada, decir que VOX quiere dar un golpe de estado (como si eso fuera ni fácil ni posible, aunque sus amigos de ERC sí lo dieron y él encantado) o mandar a uno de ellos, por VOX, cerrar la puerta cuando saliera, como si él fuera el recto profesor que expulsa justamente a un alumno calamidad. Se atreve a reñir a los diputados de la otra bancada como si de un exaltado telepredicador se tratara, afeándoles que se rían cuando se ríen, que silben cuando le silban, que aplaudan a uno de los suyos cuando aplauden, o que lleven el nudo de la corbata un poco flojo cuando a él la corbata se la trae floja. 

Se atreve a presumir de principios y virtudes y a sermonear a los demás por sus faltas y pecados democráticos como si fuera el heredero intelectual de Montesquieu, padre de la separación de poderes. Ve el Mercedes en el ojo ajeno cuando no ve el casoplón de Galapagar en el suyo. Se atreve a hacer públicas ensoñaciones eróticas sobre alguna periodista famosa para alardear de que sus técnicas amatorias conforman un tratado incontestable, fuente de inspiración y envidia de sus señorías, al menos de los de derechas. Se atreve a marcar a Sánchez en zona y al hombre, para que aquel no pueda dormir por las noches. Se atreve a ser Robin Hood y anuncia que quitará a los fastuosos ricos para dárselo a quién a él le parezca. Se atreve a anunciar que nos caerán impuestos como bombas de racimo porque, sostiene, que pagarlos es de patriotas. Se atreve a exigir a Marlaska que en su casoplón haya hasta doce coches patrulleros de la guardia civil; a exigir entrar en el CNI; a hacer girar las puertas giratorias para alguno de los suyos; a hacer ministro a Alberto Garzón convirtiendo una dirección general en ministerio porque se habían acabado las carteras y, claro, no le iba a dar una mochila al líder de Unidas; se atreve a exigir otro ministerio para su mujer para que entre los dos hagan mayor caja, la casa tiene muchos gastos; se atreve a blanquear a terroristas (Otegui, hombre de paz…); se atreve a ser otro presidente de gobierno, ya tenemos dos; se atreve a ir atreviéndose cada vez a más. Un sujeto que es egocéntricamente atrevido por naturaleza, genéticamente, no solo es para no dormir por las noches, tampoco podremos dormir la siesta. Con Pablo I. Turrión hay que vivir día y noche como las liebres, con un ojo abierto, porque si no le teme a las palabras ni a la Constitución ni a las leyes, tampoco le temerá a los hechos, lo que le convierte en impredecible y, por lo tanto, en peligroso. Nadie puede estar ya tranquilo con un sujeto desaforadamente atrevido que, palo en ristre, no deja de trastear en la boca del avispero, por muchos panales de miel que nos ofrezca con la otra. No es lo mismo atreverse a todo cuando eres solo un contertulio, por muy macarra que seas, a cuando eres vicepresidente (presidente) del gobierno, cuando además sabe que Sánchez no se atreverá a cesarlo porque el del Falcon quiere seguir en La Moncloa cueste lo que cueste. 

Y mientras forcejean sin querer queriendo, uno muy atrevido, que quiere que se hable de él a todas horas, con otro que no se atreve a lo que se tendría que atrever y sí se atreve a lo que no debería, que quiere pavonearse de lo alto, lo guapo y lo listo que es, y de que le ganó la secretaría general del PSOE a Susana Díaz y al aparato del partido, España se asoma al abismo.

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