El mundo al revés

A menudo vivimos con la sensación de encontrarnos en el mundo al revés, en una sociedad que ha perdido el norte y ya no sabe dónde está el bien y dónde está el mal. Parece que se está haciendo realidad la profecía post-ilustrada de Nietzsche que hablaba de la necesidad de alcanzar la transmutación de todos los valores sobre los que se había cimentado Occidente. La muerte de Dios y los discursos de Zaratustra apuntaban a esa radical metamorfosis, cuando todo aquellas elucubraciones parecían delirios de un visionario. 

En un nivel más chabacano, otro “profeta” del progreso, aunque un poco menos profundo, como fue Alfonso Guerra, vaticinó que, después de unos años de Gobierno socialista, a España no la iba a reconocer “ni la madre que la parió”. ¡Qué razón llevaba aunque nos dé grima reconocerlo!

Pero esa radical transformación de todo lo que antes se consideraba valioso no es solo una cuestión española, aunque es verdad que nuestro país va a la vanguardia de todos los disparates progresistas desde el infausto ZP de nuestros pecados. La cosa esta del adanismo es mundial. Estamos asistiendo hoy a un replanteamiento radical de todo aquello que hasta ayer se tenía por sagrado, noble, puro y positivo, que se ha convertido en basura de la que hay que deshacerse. Las hordas de bárbaros ya no están en el limes a punto de entrar en nuestros foros, como describía Cavafis. Los vándalos ya están dentro, incluso han alcanzado las magistraturas; parasitan las instituciones y trabajan en la corrosión de la sociedad que hemos conocido hasta el día de hoy. 

Los grandes héroes del pasado, a los que levantábamos estatuas y monumentos, se han convertido hoy en abusones y tiránicos criminales. Los templos, en los que nos refugiábamos para rezar en las adversidades de la vida o dar gracias a Dios por los dones de la existencia, se están convirtiendo hoy en museos o mezquitas. Y a veces salen ardiendo de forma “espontánea”, ya que, según “informa” RTVE, sus instalaciones eléctricas son muy viejas y por eso ocurren tantos “accidentes”.

Hace apenas un par de generaciones, había mucha gente dispuesta a dar la vida por Dios, por la Patria y por el Rey. Hoy, el trilema causa sonrojo o burla en la mayoría de nuestros contemporáneos. Si se atienden a lo que dicen las encuestas, todavía la familia o las tradiciones locales son valores estimados y respetados por el común del pueblo. Pero si se mira la legislación vigente, se descubre de forma objetiva que la familia –tal y como la hemos conocido desde la época del Derecho romano– está siendo objeto de una persecución legal inmisericorde y su tarea de demolición está ya bien avanzada. Y las tradiciones locales están bajo sospecha: desde la tauromaquia a las romerías, desde la caza a la ganadería. Vayan preparándose, porque en nombre del cambio climático y de los derechos de los animales, veremos cosas que hoy nos parecen de chiste, pero que mañana serán normales.

La inversión o perversión de los valores parece un proceso que se está acelerando ante la pasividad de gran parte de una población cada día más sumisa. Por ejemplo: es imposible exagerar el peso que ha tenido la idea del amor entre un hombre y una mujer en la cultura occidental, un amor estable, fructífero y que va más allá de la muerte. Dante y Beatriz; Don Quijote y Dulcinea, Romeo y Julieta constituyen paradigmas que han conformado el ideario de nuestra civilización hasta nuestros días. Todavía en torno al año 2000 se hacían películas que glorificaban el amor romántico, el amor por excelencia, que culminaba en el matrimonio para toda la vida. 

Hoy, aunque muchos no se lo crean, nuestros estudiantes aprenden en los institutos y en la universidad, que el amor permanente entre un hombre y una mujer es un mito que perpetúa la opresión de esta última. Que la misma maternidad es un señuelo que impide la realización femenina. Que la mujer ha sido en la Historia solo una esclava sojuzgada a la brutalidad patriarcal. Aunque otros, de forma contradictoria, aducen que, en realidad, la mujer no existe, que es un constructo social, que “no nace, se hace”. Y, por eso, hay niñas con pene y niños con vulva. Pero el mensaje unánime es que el “amor” es solo un sentimiento momentáneo y pasajero, que dura lo que dure, hasta que otro sujeto (o “sujeta”) más apetitoso se cruce en el camino. 

Nuestros estudiantes aprenden que, con amor o sin amor, la actividad sexual no es más que un ameno pasatiempo que se puede practicar desde la más tierna infancia en plan homo o hetero, en dúo, en grupo o en solitario. Que la única regla es hacer aquello que dé más gustirrinín. Solo hay que evitar ciertos inconvenientes desagradables que puede producir su uso, mediante el adecuado uso del condón, gran curalotodo de nuestro tiempo. Y a todos se los convence de que los deseos particulares de los homos, los trans o los “no-binarios” (cualquier cosa que sea esto) son derechos que los ciudadanos tenemos que financiar, porque los pobrecitos sufrieron mucho en el pasado.

Hasta qué punto están cambiando las cosas que teníamos por más sólidas que las autoridades de la Iglesia católica parecen haberse olvidado de su mensaje de Salvación espiritual,  sustituyéndolo por un insólito interés en vigilar la salud de la Pachamama y cambiar el modelo económico-productivo, siguiendo recetas paganas o neocomunistas. Algunos pastores nos dicen, también, que China es uno de los países que mejor aplica la Doctrina Social de la Iglesia, aunque haya curas y obispos en prisión por tomarse en serio su misión. Y que hacer proselitismo es una tentación nefanda por parte del cristiano, a pesar de lo que leemos expresamente en los Evangelios.

Para colmo, los grandes libertinos del ayer, los mismos que solo hablaban de “libertad”, se han convertido en rigurosos censores de hoy, que nos insisten machaconamente, y de manera cada vez más autoritaria, en que hagamos deporte, comamos sano, nos abstengamos del tabaco, usemos el transporte público, practiquemos sexo seguro, paguemos impuestos hasta por respirar, nos manifestemos cuando nos convoquen, les entreguemos nuestros seguros de salud, nuestras pensiones, nuestros ahorros, la educación de nuestros hijos, el cuidado de nuestros ancianos, asumamos que somos acosadores sexuales por intentar ligar, creamos firmemente en la omnipotencia del BOE, acojamos inmigrantes, paguemos chiringuitos ideológicos en las instituciones, partidos, sindicatos y ONGs progresistas, financiemos sus películas-bodrio, sus telediarios de tropecientas cadenas que dicen todas lo mismo, aprendamos la versión de la historia que ellos tengan por conveniente, trabajemos en las condiciones que ellos digan que son “decentes”, evitemos contar cierto tipo de chistes, cambiemos de forma de hablar (atentando contra las reglas de la lengua española) y renunciemos a aquellas diversiones que a ellos no les gustan. Y, por supuesto, que usemos las mascarillas que ellos no se ponen, hasta que nos manden recluirnos otro par de meses si lo consideran necesario.

Porque solo el Estado, cuando está controlado por los progresistas, sabe lo que en realidad les conviene a sus súbditos. Es como una parodia del Antiguo Régimen, infinitamente más opresiva que este, pero en nombre de los ideales ilustrados. Díganme ustedes si no es el mundo al revés.


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