El Morantismo y el milagro de los panes y los peces

Comenzada la temporada americana volvemos a las tertulias de barra y mesa, en las que se desgranan con profusión los lances acaecidos allende los mares. Los más cafeteros nos relatan las faenas que vieron a las 5 de la madrugada, en directo y previo abono televisivo, en Cajabamba, Ancho o Guadalajara. Trasegadas ya algunas copas y metidos en harina, no queda otro remedio que rememorar la temporada de la madre patria, donde los parroquianos habituales presumen de haber asistido a todos aquellos festejos que fueron dignos de mención.

De aquí a pocos años, creo que seré el único sevillano aficionado al noble arte de la tauromaquia, que no asistió a la histórica corrida del miércoles de feria, en la que Morante subió a los cielos a lomos de su capote. Según el último recuento oficioso realizado entre los aficionados de la ciudad, ya suman más de 47.568 los que asistieron al coso sevillano para presenciar la histórica faena. Todos ellos, capaces de reconstruir con un exuberante lujo de detalles, cada uno de los lances con los que el maestro deleitó a Teseo, quién lo observaba atónito desde los muros del laberinto cretense.  

Como bien narraba el periodista sevillano José Antonio Rodríguez, durante la presentación de los premios Puerta del Príncipe, ha nacido una nueva religión, el Morantismo, y esta ha consagrado su catedral en el Coso del Baratillo. Aquí se produjo el milagro por el que se proclamó Morante líder espiritual de los taurinos. Cuentan, que como no hay religión que se precie sin milagro, emulando al de los panes y los peces, las 11.500 localidades con las que cuenta el coso maestrante, tornáronse al menos en las cerca de cincuenta mil, según el mencionado recuento, desde las que los sevillanos pudieron deleitarse y adorar a su maestro.

Estos devotos se cuentan ya por legión en todo el orbe, pero como no puede ser de otro modo, los apóstoles del de La Puebla son sevillanos. En esta tierra lanzó sus redes por primera vez, junto al rio que adornan los balcones de la finca del maestro. Finca que por supuesto, todos han visitado en carnal hermanamiento con el príncipe del toreo y al que, pese a que no tutean por respeto a su casta, derecho tendrían de hacerlo sin duda, en virtud de la confianza que les une con este.

Éstas son las cosas de una ciudad muy dada a la ojana, que diría Moeckel, en la que sus habitantes gustan de participar de alguna forma de sus momentos históricos, o no tanto, pero en la que casi nadie reconocerá que no estuvo en “el sitio”, en el día y hora más señalados. Cuenta lo mismo una visita de Obama, que una misa pontifical por el aniversario de una coronación. Lo que es seguro es, que el sevillano estuvo y de sevillanas maneras.

Es la idiosincrasia de una ciudad milenaria y de las gentes que la visten cada día. Una herencia de sangres promiscuas, que nos aportaron desde los fenicios hasta los indígenas americanos. Ciudad que fue protagonista de la gloria de la mayor de las conquistas o la gesta de la circunnavegación, en la que sus habitantes se sienten encomenderos de ella misma y orgullosos de serlo. Sucesores de los sueños del centro del mundo, que llenó de iglesias y retablos dorados sus barrios y sus calles entretejidas, donde todas las órdenes religiosas tenían su aposento. Barrocos, como lo son sus costumbres, sus ritos religiosos o paganos, su arquitectura monumental y sus gentes. 

Villa singular que sabe gustarse, donde todavía no han conseguido globalizar el carácter de los suyos, doblegándolos al gran mercado comercial de ciudadanos/clientes europeos. Capaz de seguir peleando desde cualquier columna de opinión, el derecho a tomarse una cerveza frente a las puertas de alguna de sus nobles y centenarias tabernas, sacar en procesión por sus calles una advocación mariana cualquier día del año, o a vivir los veranos en la calle buscando el fresco, aunque el metro cierre a las once de la media tarde. Esta ciudad perdura como rara avis, merecedora de la protección de algún organismo mundial, sin doblegarse a los ODS que pretenden uniformar a todos los habitantes del planeta.

Esperemos que sepamos mantener su esencia por muchos años, dando ejemplo de identidad, orgullo y carácter al mundo entero.




 

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