El ministro de filosofías y otras yerbas

Los planes para combatir una epidemia, sobre todo si anunciada a bombo y platillo, pueden ser variados, pero el primer requisito ineludible ha de ser tener un plan.
Y el Gobierno de España no sólo no tuvo nunca un plan antes del coronavirus, sino que hizo todo lo necesario para arruinarlo si lo hubiese tenido. 
Y aún peor: el mismo día que el lebronjames de la Moncloa compareció en TV para anunciar que 36 horas más tarde declararía el estado de alarma y pidió a los españoles que estuviesen tranquilos porque el Gobierno “tiene un plan” y “va a elaborar un plan” (ambas cosas alternadas dijo), tampoco lo hizo. 
Y si lo hizo, su “ministro de Filosofías”, colocado al frente del mando operativo de los cuatro Ministerios seleccionados para el estado de alarma, lo fue arruinando paso a paso y día por día hasta el fracaso final.
La escalinata del relato de este desastre que padecemos no es tortuosa ni tiene recovecos, sino que es lineal y diáfana desde el mismo día 2 de febrero en que el Consejo de Ministros creó una, así llamada, Comisión Interministerial para luchar contra el coronavirus, con la vicepresidente primero Carmen Calvo a la cabeza.
En 36 días la vicepresidente no hizo nada relacionado con la lucha contra la pandemia, salvo buscar una ridícula gorra de cuadros de color lila que le fuera a juego con la indumentaria y los guantes que lucirían otras ministras en la manifestación del 8-M, aquella en la que en breve plazo se le iría la vida a tantos miles de españoles.
Es innegable que advertidas estaban las asistentes a la manifestación (¿ven ahora por qué la menciono como vicepresidente y no como vicepresidenta…,?, porque si la nomino vicepresidenta, ahora tendría que haber escrito asistentas) y que todas ellas almacenaban alguna clase de información privilegiada de los técnicos y especialistas ministeriales en relación al riesgo, pues no en vano sabemos de las advertencias a voces que en la cabecera de la manifa hacían algunas asesoras recordando que nadie se acercara a besar al comité ultramegafeminin que portaba la pancarta. 
Era tan igualitaria e inclusiva la pancarta que el único varón allí era Marlaska. Ni siquiera los escoltas de las ministras.
Así las cosas, sin plan para antes ni para durante y ya veremos cuál para después, y con las morgues y las funerarias rebosando de cadáveres, parece indudable que en esta crisis, antes de que todo haya terminado, el Gobierno en pleno se ha ganado a pulso una merecida dimisión en bloque, cuya responsabilidad tendrá que dirimirse no sólo en el Congreso, sino también, a mi juicio, ante los tribunales por varios presuntos ilícitos penales. Y quién sabe si con cuantiosas indemnizaciones.
En todo caso, más allá de lo que suceda, algunos de los ministros deberían llegar a juicio no como aforados: es decir, que merecen ser cesados de manera categórica y fulminante por su ineptitud acreditada, por su irresponsable inacción o por el flagrante fiasco en el ejercicio de sus funciones. 
Tales serían los casos, en mi opinión, de la vicepresidente Carmen Calvo y del ministro de Filosofías Salvador Illa. Y es que no parece posible ser amigo de Iceta y no meter la pata en el cubo de la fregona mientras pegas saltos sobre el escenario.
También el de la inconsecuente infectocontagiada Irene Montero, quien, aún con este ‘panodrama’ nacional, levanta la cabeza entre tos y tos para excretar algún insulto contra sus pesadillas ultraderechistas o alguna barbarie de género refugiándose en que ella hizo lo que le dijeron las autoridades…, como si ella fuese la asistenta (ahora sí) que pasa la mopa por el Ministerio o una preadolescente que hubiera hecho una trastada e intentara exculparse ante su profe.
Hay más, desde luego, que se han ganado esa medalla en menos de un mes de crisis epidémica, como, por ejemplo, ese ministro de Consumo anticapitalista, Alberto Garzón, capaz de corroborar -suponemos que tras sesudos estudios y debates- que al no celebrarse ninguna prueba deportiva bajan de manera extraordinaria las apuestas… deportivas (debió haber añadido). 
O la ‘Tootsie’ de Podemos al frente del Ministerio de Trabajo, Yolanda Díaz, incapaz de explicar que un país paralizado casi por completo sólo puede presentar un balance de parados sideral, los nombre como los renombre a los desempleados.
Y cómo no, también merece el cese arrebatado ese aprendiz de sheriff de Nottingham que amagó por dos veces con sus declaraciones desatar el ‘corralito’ y expropiar a diestro y con la siniestra a todo aquél que mueva la cabeza y no se ponga en posición de firmes al escuchar su voz, aquejada de toses y agotada de jadeos nocturnos. Y es que los bebés en casa, ya se sabe, dan mucho trabajo.
Me perdonen, pero creo que en la lista me ha salido entero el elenco ministerial de Podemos… Bueno, falta Castells, pero lo están buscando por si se ha quedado encerrado en alguna despensa de un Ministerio del que ya nadie se acuerda. Así estamos.
He dicho.

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