El ministro de Consumo se come el agujero del donut y tira el resto

Que dice Alberto Garzón, ministro de la España constitucional con un modelo de Monarquía parlamentaria, que resulta “insostenible” (sic) que al jefe del Estado le aplaudan.

Menos aún que le aplauda lo que él llama la extrema derecha y exige que S.M el Rey coloque su cabeza gustosa y tiernamente en la guillotina que está levantando Iglesias a escondidas en el trastero de la piscina de Galapagar, donde las herramientas de Leroy Merlin.

Según él, lo que tendrían que hacer los españoles es renegar de la Monarquía como reniegan de su Partido Comunista, el cual, cuando ya no le votaban ni las hermanas de los candidatos, tuvo que esconderse detrás de las cortinas de una algarada callejera para colocarse a sí mismo de diputado y ahora, de carambola, de ministro sin cartera.

Más tarde le comunicaron que sí, que vale, que con cartera, como el resto, para que pudiera llevar los donuts, y le nombraron ministro de Consumo. Otra función no tiene su departamento, salvo esperar a que lleguen las 11 AM y toquen al recreo. Entonces, Alberto, abre la cartera muy sinuosamente, lo saca envuelto en un papel de plata y…¡se come el agujero! Luego, tira lo que sobra a la papelera.

Aplaudir, como todo el mundo sabe, es lo único que se permite en las olimpíadas y convenciones del comunismo. En China, en Cuba o en la antigua URSS, aplaudir al líder hasta con las orejas es lo único que hacen los delegados del Soviet Supremo y sus variantes.

Discretamente y sin muchas morisquetas, porque señalarse en esos casos conlleva siempre un paseo y un acercamiento del reo no a su casa, sino al gulag más alejado en la tundra siberiana o en el palmeral más silencioso preñado de cobras y caimanes.

Creen que aplaudir es también materia reservada a la izquierda y por eso tal vez interpretaban, cuando se aplaudía a los sanitarios, que la gente lo hacía para acallar las caceroladas correlativas que desnudaban a su gobierno.

No ganamos para disgustos y el único placer que nos dejan nos cuesta un pastonazo, como el sueldazo inútil de este Garzón (porque hay otro Garzón, el prevaricador inhabilitado que desayuna casi cada día en la cocina de la Fiscal General del Estado). Todo consiste en aprender a disfrutar de este circo de 23 pistas (una por cada Ministerio) lleno de payasos y malabaristas que se disputan el más difícil todavía.

Compiten por hacer un alarde mayor que el de en frente, pero no sólo entre ellos, sino que ahora han cogido la manía de disputarse la mayor chorrada del siglo también con gente tan cabal y consecuente como Gabriel Rufián o Josu Ternera.

A este paso, pronto entrarán en competición por decir la burrada más gorda con los próceres y criminales de la II República que les precedieron en la militancia. Y están en ello.

Recuerda Soljenitsin un chiste que se contaba en los Steplag, en los campos de exterminio que supervisaba Dolores Ibarruri “La Pasionaria” durante su vil y odiosa vida en Ufa, cerca ya de los Urales.

El cuento relata cierta ocasión en que Stalin, al terminar una reunión, se quejaba a Beria, su jefe de policía y del servicio secreto, NKVD, de que le había desaparecido su pipa de la propia mesa y protestaba indignado de que era intolerable que los enemigos se infiltrasen incluso en su despacho.

– Esto es un escándalo, gritaba.

Dos horas más tarde, Beria, el ejecutor infalible, le comunicaba al jefe:

– Todo el complot está descubierto, camarada en jefe. Mejor dicho, lo conocíamos de antemano. En la Lubianka (cuartel general de la KGB) tenemos ya a trescientos detenidos convictos y confesos de haber participado en el intento de robo de la pipa.

– ¿El robo de la pipa? -respondía Stalin. No, la pipa no la robaron; estaba en mi bolsillo.

– ¿Y qué hago con los detenidos?, preguntaba Beria.

– Que los juzguen nuestros tribunales especiales y los manden a Siberia, sentenciaba.

Este pequeño Beria, de apellido Garzón y de nombre Alberto, es un “quidam”, un don nadie aplaudidor, que vive encerrado en su sectarismo y cuando sale es para celebrar su luna de miel de tropecientos mil euros en las antípodas, como hace la clase obrera por sistema, ya saben, pero que está siempre dispuesto a bailar la yenka para un único lado (adivinen cuál) y encerraría en las jaulas de su sectarismo incluso al Rey de copas.

Pónganle en sus manos la cuchilla de la guillotina o un micrófono y se acabará cortando él solo la cabeza.

He dicho.




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