El ministerio infinito

Los más ingenuos creímos en algún momento que “la nueva normalidad” quizá consistiría en que iban a dejar de darnos la matraca con la exuberante e insidiosa catarata de información sobre violencia de género, que el guerracivilismo del subcomandante quedaría reducido a las cenizas de nuestros muertos de hace 80 años y, en fin, que volvería a ser la normalidad anterior a la de nuestros días anormales, los de estos años.

Por un momento llegué a imaginar que el cambio climático regresaría a ser un espacio de información meteorológica. Que las reivindicaciones psiquiatrizables no se incluirían en el orgullo de nadie. Que las políticas de gasto desmesurado quedarían desterradas del imaginario de los arrebatacapas. Que la ley de la eutanasia pasaría a mejor vida (o sea, que sería eutanasiada). Que el latín y las matemáticas (las de verdad) volverían a las escuelas. Que la libertad sexual seguiría siendo eso, libertad de cada cual para hacer de su papo un propio invento. Que los delirios purgantes del independentismo emocional se sofocarían por el desprecio de los racionales y por el reloj de la Historia. O que los piropos no serían nunca más el referente de ese sindicato de la insidia en bragas y sujetador. O sea, todo eso.

Tuve la esperanza, lo confieso, de que las azafatas de la Fórmula 1 regresarían a la parrilla de salida, con sus alerones y sus brillantes colores y curvas aerodinámicas de monoplaza, como símbolo de que fenecieron las revoluciones adolescentes de bolsillo. Habría sido como regresar a Brideshead, ese lugar de placeres infinitos e insospechados que reconfortan la memoria después de superar las turbulencias del amor tras los tiempos revueltos. Es decir, la vuelta al regazo de la normalidad de la vida.

Pero nada de eso. La nueva normalidad que proclama el prócer desde su guión de netflix (written by Iván Redondo) es tan vieja que apenas tiene 15 años, los mismos que están cerca de cumplirse de la aparición en nuestros dramas cotidianos de aquel redentor de las cejas altas que continúa representando su papel de Mr. Bean mejor que nadie. O sea, haciendo el tonto.

Por desgracia, digo, esa nueva normalidad que se pretende recupera todo (y sólo) lo peor de aquella etapa aciaga que nos condujo a la crisis de la que no nos saca desde entonces ni Rajoy a martillazo limpio.

No sería de justicia que los españoles no nos acordemos de que cada vez que el PP tocó poder, tomó el relevo con un desempleo por encima del 20% y tuvo que arreglarlo. Y cada vez que lo perdió, el PSOE lo volvió a elevar por encima de nuestras posibilidades.

En España, al parecer, el 20% de paro es la línea Maginot y el guardagujas de los cambios de gobierno, pero esta vez, me barrunto sin arriesgar el juicio, estaremos por encima del 30% cuando eso ocurra. Y con un rescate casi inabarcable por parte de la UE que puede suponernos un endeudamiento colosal para más de dos generaciones.

Y no, no crean que mi previsión es del todo pesimista, porque en los días verdaderamente tristes, torrenciales y lluviosos, la clarividencia se me amontona de truenos y tormentas y en tales casos sólo atisbo una democracia en piezas que ya no es democracia, sino un mecano desmontado por las tropelías de un chavismo quinquenal y populista donde los jueces usan boinas con estrella roja y visten camisetas absurdas del Ché Guevara.

Pero en España uno no se aburre nunca y la democracia, bien llevada, es siempre un inmenso aburrimiento donde, si suena el timbre de la puerta bien temprano, dicen los ingleses, tienes la certeza de que se trata del lechero. Y aquí, lo más probable, es que se trate de un borracho o un gracioso distraído con su novia, apoyados en el interfono mientras se mordisquean los labios de regreso de una verbena.

Me alzo de puntillas sobre esa tapia y a ratos veo un esplendor de ministerios, a uno y otro de la Castellana, desde Atocha a la Plaza de Castilla, sin jardines ni rotondas de por medio, donde poder colocar a sueldo a todo el gatuperio del 15-M. Y luego veo que los ministerios se prolongan carretera abajo por la Puerta de Toledo y atraviesan La Mancha o se arraciman por la autopista de La Coruña hasta el túnel del Guadarrama. El pueblo, uno a uno, hecho ministro, con la paguita que en Venezuela vino primero del petróleo y luego del narcotráfico.

Pero aquí no alcanza, porque el dinero nos entraba del turismo y los turistas no vendrán a visitar las capillas de las catedrales convertidas en hornacinas con revolucionarios de churrete y sin mística ninguna dentro.

Creo que lo intentarán, de todos modos, pero los señores de negro de la UE no le rezan a las revoluciones y sólo leen catecismos hechos con hojas de cálculo y recortes de pensiones hasta que las matemáticas les cuadren en el dinero que prestan.

Nuestra deuda asciende a 196.000 millones y este año nos impondrán un cilicio de otros 115.000 a cuenta, más otros 90.000 para el año que viene. En total, 400.000 millones de deuda, un dinero que no tiene ni el Banco Central ni nadie, menos aún para que los rijosos se lo gasten en subdividir y trocear los ministerios de igualdades o de consumos hasta llegar a Hendaya o a Port Bou por carretera.

A estos tipos hay que echarlos, pero no con aceite hirviendo, sino con un chorro de agua helada que les congele las ganas de seguir ampliando las cartillas de racionamiento.

Porque una cosa sí les aseguro: a algunos no nos van a convencer jamás de que en esa nueva normalidad el progreso signifique retomar la bicicleta o el tranvía, el patinete o el caballo, como hacía mi bisabuela.

Sabremos que la normalidad ha regresado cuando el consumo de queroseno se recupere y los niveles de contaminación sean homologables a los del Seat 600. Lo demás es mugre y cuentacuentos.

He dicho.




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