El milagro de Fátima en una maleta

La ministra Marisú Montero, la que habla de “Uropa y los uropeos’, dice que da igual cómo llamemos al fenómeno, que lo mismo da “devolución en caliente” que “rechazo en frontera”, porque a lo que ella se refiere es a que son personas que “casi no han pisado territorio español” y ya están del otro lado de la valla, lo que viene a ser un milagro, como el de Fátima o como lo de Delcy, que estuvo pero no estuvo, que masacró el Derecho Internacional pero no importa, que pisó pero no pisó y que se llevó por delante la credibilidad entera del Gobierno por un puñado de maletas con las que podrías comprarte un colección de palacios en Marruecos.

Los asaltantes al tren de Glasgow, con el célebre Ronnie Biggs a la cabeza, apenas ni pisaron el tren postal de la Royal Mail en 1963, fue un visto y no visto, lo que no impidió que se llevaran el equivalente a 40 millones de libras del Tesoro de Su Graciosa Majestad. De modo que pisar un poquito y no pisar no es exactamente lo mismo.

O como lo de Junqueras, que apenas ha pisado el Parlamento pero está ya en la calle dispuesto a dar el siguiente golpe de Estado. O lo de los presos etarras, con los que han obrado el milagro de poner a más de cien asesinos en serie en la parrilla de salida de los homenajes, dispuestos a pasear sus dudosos laureles por las ikastolas y las casas del Pueblo mientras acumulan otros 300 asesinatos sin resolver.

El indulto es una práctica muy taurina que se aplica a los cuatreños que se ejercitan con nobleza, fuerza y bravura en su faena, pero no a los cobardes que se ocultan o trampean, como hacen esos cabestros con su arrepentimiento, para exigir, bajo el chantaje y la amenaza, el perdón que no merecen porque ni siquiera lo han solicitado.

El Derecho Penal y Penitenciario en manos de Marlaska es un cachondeo estratosférico y una discrecionalidad como zarista o de la dinastía Kim, pero es que la política exterior en manos de González Laya es una sinécdoque que denomina “diplomacia discreta” a la inexistencia de contactos con Marruecos, que ni se ha dignado aún a recibir a la delegación española que se preparó en varias ocasiones.

Laya no ha logrado ni siquiera que Biden o Kamala Harris (a estas alturas Sánchez se conformaría con que le llamase un ujier de la Casa Blanca para ofrecerle la receta del pavo de Acción de Gracias) hablen con Pedro Sánchez para explicarle lo que debe hacer con Ceuta y con Melilla. Y mejor que no lo hagan, no sea que nos encontremos de golpe con la decisión de que inmatriculemos Canarias a nombre de la Familia Real marroquí y Ceuta y Melilla las pongamos como guinda del pastel.

No sé por qué razón Yolanda Díaz aún piensa que quienes le robaron las alecciones presidenciales a Trump son una suerte de sindicalistas o líderes del bolchevismo criados en los pechos de Comisiones Obreras o de la Ugeté y la Ugetá.

No sé, pero sospecho que se equivoca y se pierde en los matices de la hipercorrección política que se extiende como una mancha de aceite en EE.UU. y que aquí la izquierda ha confundido con el marxismo en lata para consumo interno y con la fecha de caducidad más que cumplida.

En plena era de aparente resurgimiento del islamismo, con Bin Laden como bandera, seguí durante mucho tiempo los libros del analista Gilles Kepel en relación a los acontecimientos en Afganistán, Irak, Pakistán y todo el mundo árabe. Según su teoría, la virulencia yihadista desatada por entonces en más de medio mundo ponía de relieve no la fortaleza de los radicales, sino su extrema debilidad, pues se trataría de un estertor del extremismo musulmán, que pronto vería apagada su incandescencia antes de su derrota final.

No era fácil adivinarlo cuando los atentados y asesinatos ocupaban las portadas de la Prensa mundial, así que me desconcertaba mucho una opinión tan contundente y contraintuitiva que, a mi juicio, le desmentían a diario las noticias. Sin embargo, puede que llevara toda la razón si hablaba a medio o largo plazo y aquellos fuegos fatuos eran el prolegómeno de una implosión que tal vez aún no se ha consumado.

Si digo esto es porque, tal vez, todo este disparate de gobierno y la asunción de la agenda de peregrinas intenciones paridas por Davos y auspiciadas por la ONU, desde el cambio climático a los empeños en que comamos gusanos, representen también de algún modo el momento previo a la implosión catastrófica de una mamarrachada o se descubra de una vez que los ciudadanos no estamos dispuestos a pagarle a esa oligarquía sin tiempo que se prolonga a través de los siglos la reconversión industrial y comercial hacia un nuevo paradigma que por el momento sólo presenta beneficios a corto plazo para sus gestores de ocasión, encantados de proclamar bienaventuranzas que no se vislumbran en esta charca sin horizonte y de millones de parados que no podrán ni elegir sus vacaciones.

Da igual cómo lo llamemos, pienso como Marisú Montero, porque cada vez somos más los que estamos convencidos de que nos están queriendo robar el futuro. A ver si explotan de una vez en mil pedazos y descubrimos lo que había en las maletas de Delcy.

He dicho.




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