¿El matrimonio es algo?

Jamás diría la menor cosa contra una persona tan querida y admirada como Irene Villa, y no sólo por lo “mal” que quedaría, sino por afecto personal hacia ella. Pero leyendo un artículo suyo en donde explica que su ex marido “seguirá siendo su compañero de vida”,  algo me hace estallar.

Olvidaré el nombre de persona tan entrañable; digamos que estas son reflexiones generales de actualidad. Sobre la moda de decir, tras una separación o divorcio, que todo va genial, que no ha habido fracaso ninguno, y (lo peor), que “siguen siendo una familia” y hasta que “pasarán juntos la Navidad”.

Continuamente se habla del ataque a la familia, y de la crisis de la familia. Se supone que el auge de divorcios y separaciones es parte de esa crisis. Hasta aquí, de acuerdo.

Y ahora, ¿a nadie se le ocurre que lo peor de todo, lo que realmente supone la demolición total del sentido de la familia, es que dé exactamente igual el estar casado que divorciado, que todo siga igual? Ya no es que se anule el significado de la familia. Es que también deja de tener sentido el matrimonio, el amor,  las palabras, y hasta la vida misma.

A lo largo de la historia, incluso en épocas muy ajenas a la idea del amor romántico, incluso en sociedades ajenas al concepto del matrimonio como sacramento, el casarse ha sido uno de los hechos más cruciales en la vida de una persona. El tener un matrimonio feliz o desgraciado resultaba una característica decisiva en la vida. Aun mucho antes de la tendencia psicologista, antes de que fuera habitual el indagar en la vida personal y amorosa de las grandes figuras históricas, cuando las biografías de personajes célebres eran más institucionales, “serias” y asépticas, aun entonces el hecho de tener un matrimonio feliz o no era algo de lo que se dejaba constancia; era un dato tan necesario como indicar el lugar de origen, o la obra maestra o batalla decisiva que hizo famoso al personaje en cuestión. Sabemos que Cervantes no disfrutó de un matrimonio afortunado. Velázquez, seguramente sí.

Casarse o no casarse es algo crucial. Y que el resultado de ese camino sea feliz o no, eso es algo crucial también, queramos o no. Constará en el balance de la vida.

Lo peor que puede suceder (“peor” para quien, con una mentalidad digamos tradicional, considera instintivamente que esos conceptos deben mantenerse. Para el anarquista, lo que llamo “peor” será algo estupendo) no es el enorme aumento de divorcios. Todavía el divorcio indica una constatación oficial de fracaso, lo que manifiesta que la idea de matrimonio todavía cuenta algo (aunque sin el elemento de indisolubilidad que le da, en la Iglesia Católica, su sello más solemne). Lo peor es que todo dé igual; que el ex marido siga siendo “muy amigo” (¿cómo es posible?), y que se desee incluso “pasar juntos las Navidades”.

En “En busca del tiempo perdido”, el narrador cuenta cómo en un momento de su vida, se volvió a encontrar con Gilberta, su antiguo amor juvenil ya completamente extinguido, y ella además, que en su momento había sido de lo más esquiva, ahora con mucha gana de “ser muy amigos”, con lo cual se vio obligado a verla bastante. Y dice el narrador: “Cuando hablaba con Gilberta, tenía la incómoda sensación de estar hablando con una muerta”.

Tremendas palabras. Pero todavía creo que expresan una visión más vigorosa y profunda de la realidad del amor. Por lo mismo que es supremamente importante, su extinción ha de contar también. Cabe la noble y hoy día heroica actitud de mantener el vínculo, aun con infelicidad, por respeto al sacramento y a la palabra dada. Pero si se toma la decisión de divorciarse, no se puede tener una cosa y la contraria. Si el matrimonio es algo, el divorcio ha de ser algo. Un marido y un ex marido son dos realidades tan distintas como un infante y un cadáver.



1 Comment

  1. Pepe Fuertes dice:

    Interesante reflexión sobre un aspecto más del triunfalismo reinante que busca camuflar de victoria los fracasos. El mundo está hoy empeñado en falsificar los diccionarios. Vale, de acuerdo, asumido. Pero que no me metan el dedo en la boca, que escribo mordiendo y muerdo escribiendo.

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