El manual del dictador y el friegaplatos

Los malos van ganando, no lo duden. No se fíen de los espejismos de la mayoría absoluta de Feijóo, porque a los partidos de la cordura les va quedando apenas la esperanza de obtener mayorías absolutas consecutivas demoledoras, al estilo de Baviera, para sostener el rumbo.

Todo lo que no sea eso supondrá un desvarío y una esquizofrenia una vez que el ególatra Sánchez abrió la horquilla para gobernar lo mismo con apoyo de los nacionalistas de la extrema derecha como con los de la extrema izquierda, con Torra y con Junqueras, con Bildu o con Urkullu, con los comunistas de Iglesias y Garzón o con los francotiradores desesperados de Teruel Existe.

Todo vale, porque aquí nadie le hace ascos a llevarse la mochila llena de caudales del Estado a cambio sólo de mantener en el Falcon al marido de Begoña para que pueda seguir con su derrama de cargos entre la militancia.

En “El manual del dictador”, dos profesores neoyorquinos, Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith, responden a preguntas tales como por qué la mala conducta es casi siempre buena política y por qué muchos políticos que han arruinado a sus países se mantienen tanto tiempo en el poder.

En el libro no sólo se habla de política, sino también de empresas y de cualquier jerarquía que necesita del concurso de mucha gente para sostenerse, tanto en una dictadura como en una democracia o en cualquier otro tipo de estructura.

Las respuestas no siempre son sencillas, pero en el libro se analizan las razones con una frialdad científica, a menudo aritmética, que les permite evaluar cuánto cuesta, en millones de dólares, obtener la organización de un Mundial de Fútbol o de unos Juegos Olímpicos, a base de ‘sobornos’, compensaciones y favores para engrasar los mecanismos de selección y elección.

Toda organización, incluso las tiranías, precisan de una base de apoyo clientelar en la que apoyarse, más amplia cuantos más controles democráticos existan y más aún si depende del respaldo de las urnas. La ampliación de esa base requiere de fondos con los que comprar a determinado número de gente, ya sea a un cuerpo de ejército y a sus oficiales o a diversos grupos políticos y sociales más complejos que lo sustenten.

Aceptadas las premisas de ambos profesores, que parecen incontestables, los autores han analizado incluso que en aquellos países donde las tiranías son más longevas y persistentes, el aeropuerto de sus capitales se encuentra comunicado en línea recta y más cercano a su Palacio de Gobierno. Y no es casualidad, concluyen, ergo hay alguna relación entre una obsesiva prevalencia del avión presidencial y la afanosa tarea de ampliar una base suficiente que mantenga en vuelo al jerarca de turno o que, in extremis, le resulte menos dificultosa la tarea de salir huyendo.

Más allá de políticas de gasto infructuosas o del ejercicio de una engañosa solidaridad improductiva, Sánchez necesita recaudar más dinero vía impuestos para tejer una red más y más tupida que le garantice el respaldo necesario para mantenerse en vuelo.

A medida que lo logre, aunque sea de manera indecente y contraproducente para el crecimiento del país, prolongará en el tiempo su estadía, por más que las arcas del Estado puedan quedar exhaustas, como ocurrió a lo largo de la Historia en muchas dictaduras bananeras.

La cuestión ahora es que el gobierno socialpodemita no va a disponer de los recursos imprescindibles para hacer juegos malabares con los que ampliar su base de respaldo, menos aún si la Europa más remilgada contra los populismos, la que constituyen Holanda, Austria, Dinamarca y Suecia, países que visita en estos días el tal Sánchez, no se avienen al dispendio de ayudas regaladas que pretende el ‘dictador’ de Reales Decretos Ley.

Lo que van a exigir esos países, y también el ex primer ministro belga y presidente de la Comisión Europea, Charles Michel, que no tragan a Sánchez ni en pintura, es un acuerdo básico con el principal partido de la oposición en España y no con una miríada ocasional de extremismos perversos que no garanticen la estabilidad en el proceso de reformas ni en la política de ingresos y gastos del Estado.

Déficit bajo control y acuerdo estable con el principal partido de la oposición, sin aventurerismos ni magia de chistera de la que salgan palomos y conejos sin anillar. No a Nadia Calviño para presidir el Eurogrupo, no a González Laya para presidir la OMC, mochila austríaca para las pensiones, congelación salarial, no a gastos superfluos o banales… y ya veremos si nos dejan levantar cabeza con algún proyecto futuro de industrialización que no se limite al monocultivo del turismo, ahora mismo colgado de un hilo por la pandemia y los posibles rebrotes.

Sánchez no es un mago ni un embaucador que se maneje con las habilidades de un tahúr para hacer un truco y robarte la cartera sin que te percates, sino un tramposo, un embustero al bulto, un caradura que vende dos veces la misma moto, que promete una cosa y su contraria sin que se le caiga la cara de vergüenza y encima te sostiene la mirada con una desfachatez ignominiosa.

Un burlanga o un ratero te puede hacer reír con su ingenio y su habilidad para birlarte el reloj sin que te enteres, pero a un descarado que pide una ración de calamares y cuando se la come dice que no te va a pagar, lo que te dan ganas es de agarrarlo por el cuello y ponerlo a fregar los platos. En Europa lo tienen calado.

He dicho.


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