El legado de Juan Joya el Risitas

Se nos va la estirpe de la sociedad más realista. Esa de las palabras llanas, del pudor con sorna, de la desvergüenza con tapujos y del tapujo sinvergüenza que venían a taparse el uno al otro. Se nos va, entre la inconsciencia del hecho, al desagüe del olvido; olvido que, en no pocos casos, ya era casi el modus vivendi para esa estirpe.

Se escapa, cosas de la vida porque la vida es así: breve—, una sociedad que nos ha dejado para los anales de la propia cultura popular frases, expresiones, gestos, momentos y hasta una filosofía del pensamiento que sería atacada con fiereza de hienas por esta de hoy de un atildamiento moral obsceno, de prostíbulo. No hay sociedad tan engañada, tan acomplejada, tan cateta, tan falsa por demás como la de ahora, con sus maricomplejines y sus sanedríticas rasgaduras de camisas.

Ha muerto Juan Joya el Risitas. Enseña de una sociedad que se va diluyendo corroída por el ácido sulfúrico del neocastismo o neomoralismo —ese de «apaga la tele y enciende tu clítoris»—  de chichinabo (y nunca mejor traída la palabra). Mucho antes que él ya murió su eterno compañero unidental, Antonio Rivero el Peíto: el cuñao. Y junto a este otros tantos nombres; gente normal, de la calle; curritos, sabios de la vida —me viene ahora a la mente Juan Luis Muñoz, el sabio de Tarifa, también fallecido—, personas que mostraban a través de la factoría Quintero una natural desinhibición por su falta de corrección política, que entonces no sabíamos qué era, a un público menos tiquismiquis de lo que hoy es y estaba preocupado por asuntos preocupantes, valga la redundancia, de verdad; lejos de la televisión  fake y acultural actual.

Pongan aquí también, por ejemplo, al dúo Martes y Trece, a Arévalo, a Chiquito de la Calzada y a artistas como la gaditanísima Petróleo; gente que caricaturizaba a gente o a incluso a ellos mismos sin la mala baba unidireccional de algunos humoristas de carné de hoy.

El Risitas fue la joya, no solo de apellido, de una corona que convirtió el latón del vulgo en oro puro. Jesús Quintero supo, con ese affaire tan personal, sacarle todo el jugo a cuanto personaje sentó en los asientos de sus platós. Trajo la frescura de lo cotidiano, de lo popular, de la calle. Esa frescura que parece haberse perdido, enfrascado para un museo del hay que ver qué cosas se decían antes (persigación, persignación, persignación). 

Ha fallecido en el Hospital de la Caridad de Sevilla Juan Joya que en justo epitafio a la actual sociedad, o a esa alambicada, quejica y culpabilizadora a todo aquel que no se someta a su catecismo de la buena progresía, bien podría decir: «¡¡Tú no ere de aquí!! ¡¡Cuuuñaaaaoooo!!». Todo un legado.

Descanse en paz Juan Joya el Risitas, genio y figura.




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