El jardín histórico de La Alameda

No voy a hacer una descripción detallada de la morfología actual ni de la rica historia de este primer gran espacio público de nuestra ciudad. Me centraré en un aspecto interesante e ilustrador de cómo los sevillanos cuidamos y preservamos nuestro imaginario histórico de relevancia, como pocos lugares poseen.

La Alameda de Hércules es la mayor plaza que tenemos en la antigua y bendita Híspalis, que fue rescatada del río Guadalquivir, e incluso del mar, en tiempos pasados. Por su baja cota era una zona anegable, propiciada por el brazo del río que por allí atravesaba y cruzaba la vieja Sevilla. En 1574, el Conde de Barajas consiguió por métodos de drenaje y colmatación artificial convertir la Laguna de la Feria en un lugar accesible, para lo cual contó con la ayuda de Bartolomé Morel, artista fundidor del Giraldillo de la Catedral. Se elevaron dos columnas romanas en el lado sur, procedentes de la calle Mármoles y que a su vez procedían de Itálica, que portan en sus capiteles las imágenes de Hércules y Julio César, próceres legendarios de la remota población. Desde entonces, se consideró el principal jardín público de España y de Europa, junto con el del Paseo del Prado en Madrid. En 1764 se llevó a cabo una reestructuración  capital de la plaza sembrando 1600 álamos, de donde le viene el nombre actual, y colocando en el sector norte otras dos columnas que llevan en sus ápices leones portadores de los escudos de España y de Sevilla. 

Ha sufrido recientemente una serie de transformaciones, siendo la más traumática la de 2008, según la cual se eliminó la romántica alameda; se erigieron farolas, kioskos, fuentes y otros aditamentos que han desvirtuado y casi aniquilado su esencia primitiva. Los colores elegidos son inaceptables y ese oasis rescatado al río ha sido invadido por platanáceas que esconden el legado anterior y precioso de los álamos primitivos.

Esto no es una reivindicación política, solo urbanística y de conservación de nuestro entorno. Todos los gobiernos municipales recientes son responsables de esta anomalía, pues nadie levantó un dedo para impedirlo. En esta incomparable urbe ya hemos asistido a la elevación y creación en suma de muchos elementos artísticos extraños y que no encajan con la tradición y la sensibilidad de la antigua Ishbiliya. Se levantó Torre Sevilla, de discutible belleza y nula prestancia arquitectónica; se erigieron Las Setas, un engendro nórdico de tablones finlandeses que entorpece la excelsa visión de la exquisita Iglesia de La Anunciación, residuo de un antiguo convento jesuita; y así seguimos. No es cuestión de evitar la modernidad, pero esta debe intercalarse dignamente en el pasado glorioso de nuestra metrópoli. En este sentido, el edificio de Catalana de Occidente en Nervión puede servir como modelo de lo que hay que hacer para conjugar el pasado y el presente; un edificio bello, armónico y de calidad que destaca en su entorno y nos ofrece el faro y la guía para el futuro urbanístico de la mágica Ispal…

Alameda de Hércules




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *