El invisible

Cuando seamos capaces de quitarnos la losa que se nos ha caído encima, como por mano del demonio, a ver quién es el guapo que levanta la voz. Porque ya han comprobado, ¿verdad?, que “el invisible” no hace distinciones entre las distintas clases sociales que pueblan nuestra existencia. Va a muerte, lo mismo contra quienes manejan billetes a manera de estampitas que contra los desheredados de la fortuna. Y puede ser que ello, no sea más que el comienzo de una batalla desde el sofá en la que quien logre apoderarse en exclusividad del mando a distancia se convertirá en dueño y señor de todo un planeta al que pusieron por nombre Tierra.

Pues que en cuestión de unos cuantos meses se han puesto patas arriba tal cantidad de conceptos, que los esquemas de vida en los que estábamos instalados se han vuelto del revés colocándonos a merced de las cuerdas, prácticamente groguis, para todo aquello que tenía que ver con el diario de antes. Que no salimos de nuestro asombro, al comprobar cómo determinados hábitos adquiridos a lo largo del tiempo ya no son tan nuestros porque ahora dependen de una mascarilla con su correspondiente distancia de seguridad o de unos guantes de protección para poder sobrevivir.

“No somos nadie”, dirá el santón. Pero esa resignación no me vale. Y puesto que desde toda la vida el buenismo y los buenistas me han repateado a más no poder, digo que en este roto de la era que nos ha tocado vivir algunos se harán más poderosos aún de lo que ya eran. Por eso cuando leo, sobre todo en Twitter, que de ésta saldremos más fortalecidos, que la palabra solidaridad será el pan nuestro de cada día en nuestras relaciones, que por fin seremos hermanos para toda la vida; no puedo sino marcar una media sonrisa en mi demacrada faz y dejarme caer como plomo sobre el sillón del pensar… ¿Las vacunas, dice usted? Las vacunas no son sino una mera anécdota en todo este terrorífico entramado.

Lo siento, amigos. Yo no creo en los que se autodenominan seres humanos, aunque los profesionales del ramo expongan con un montón de argumentos que el homínido tiene capacidades inexploradas y entre ellas la del perdón absoluto, la del amor incondicional, etcétera, etcétera, etcétera. Volveremos a las andadas, como se ha demostrado, créanme. Después de que este ensayo de guerra biológica amaine, todo se recolocará a manera de un siniestro puzle para que sigamos escupiéndonos misiles a la cara. Mientras, en algún lugar de este maltratado astro quién sabe si espera agazapado, en posición de ataque, otro aún más potente “el invisible”. 




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