El intermitente

Algo tan familiar como las luces intermitentes en los vehículos a motor, no estuvieron incorporadas a estos hasta los años veinte del pasado siglo; eran flechas de una longitud de 20 cms. situadas en los laterales de los vehículos, y para activarlas se utilizaba un interruptor que se servía de un electroimán. Con los años pasaron a ser luminosas y con un contorno metálico y una bombilla anaranjada en su interior.

Ciertamente, es de agradecer cuando vamos al volante y el vehículo que tenemos ante nosotros los usa cuando tiene la intención de cambiar de dirección, de incorporarse o de salir del carril de circulación, o de cambiar el sentido, entre otros, y cuando no lo hace nos suele provocar contrariedad y nos pone en guardia por su falta de empatía.

Aunque de acuerdo con el código de circulación, cualquier cambio de dirección debe ser previamente señalizado con los intermitentes, y hacerse cuando el vehículo aún no ha realizado cambio alguno y se encuentra en el carril inicial, para dejar clara su intención de cambio de dirección o la presencia de un obstáculo, no son pocos los conductores a los que les sobra este artilugio, máxime cuando no se suelen sancionar las omisiones en su uso.

Al fondo, se trata de un lenguaje de signos, y, como tal, tiene sus códigos que hemos de interpretar, pero como en todo lenguaje puede ocurrir que se nos envíe un mensaje y que el autor del mismo realice una maniobra contraria a la que nos indicó. Esto nos provoca desconcierto y desasosiego, hasta el punto de dudar del grado de concentración de quien conduce y nos crea incertidumbre sobre sus verdaderas intenciones.

En estas consideraciones me encontraba cuando por asociación de ideas se me vinieron a la mente las dicotomías a las que nos tienen acostumbrados los partidos políticos, tanto los que nos gobiernan como los que están en la oposición.

Donde ponemos intermitentes, lean mensajes electorales. Donde ponemos maniobras al volante, lean actuaciones desde el poder. Todos tenemos en mente las veces que nuestro actual presidente del gobierno manifestó que se negaría a pactar con Bildu, el insomnio que le provocaría que miembros de Podemos formaran parte del gobierno de la Nación, etc. etc.

Si nos vamos más hacia atrás, aquellas promesas de Rajoy de bajada de impuestos para luego subirlos nada más llegar al poder, y las proclamas sobre la necesidad de cambiar la ley electoral para después no plantear su cambio a pesar de contar con mayoría absoluta.

Uno se va haciendo mayor, y qué quieren que  les diga. Recientemente el Partido Popular ha alcanzado una mayoría absoluta en Andalucía, pero me temo, y son cosas mías, que no alterará las estructuras de la Administración autonómica ni impulsará profundos cambios en la cultura popular con relación a etapas anteriores. Por lo pronto, ha aumentado el número de consejerías y no se le aprecia intención de reducir el número de entes autonómicos (como mucho agruparlos) ni de reducir el número de personal adscrito, que no ha parado de aumentar en los últimos años a pesar de la pandemia, a diferencia del número de trabajadores en empresas productivas.

¿Han notado cambios sustanciales en la programación de Canal Sur? Las tardes con Juan y Medio, y Se llama copla se mantienen como programas estrellas. ¿Ha habido algún cambio en la regulación e inspección del PER agrario? ¿Ha habido alguna modificación en el lenguaje administrativo o se ha asumido el “todos y todas” como algo inmovible? Por cierto, Rajoy no realizó una sola visita a la Real Academia de la Lengua en sus años de mandato.

Camino de un nuevo bipartidismo, se hace difícil elegir entre un partido que pone en primer lugar su ideología y la lleva al espectro público como si fuera la única, hasta el punto de marginar a quien no la siga (que se lo pregunten si no, a los actores y directores de cine), y otro que considera que la batalla de las ideas pertenece al campo privado y lo único que importa es cuadrar las cuentas para hablar sólo de déficit, deuda y prima de riesgo.

La lectura del programa electoral se ha vuelto un ejercicio improductivo: primero porque casi nadie lo hace, y segundo porque ningún partido se siente obligado a rendir cuentas de sus incumplimientos ante la constatación de que no es costumbre desde que se aprobó la Constitución.  No poner el intermitente o hacerlo para llevar a cabo lo contrario, sale barato, y hasta rentable, en España.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com 




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1 Comment

  1. Charo dice:

    Totalmente de acuerdo!!👏👏👏

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