El Impuesto de Sucesiones o la fábula de la Cigarra y la Hormiga

En la Antigüedad, cuando la mayoría de los niños no iban a la escuela, las fábulas servían para transmitir mensajes aleccionadores. Sobre todo la gente humilde inventaba y contaba a sus hijos narraciones que contenían una “moraleja”. Esta no era más que una pequeña instrucción moral. Los protagonistas de entonces resumían así los valores que consideraban imprescindibles para progresar en un mundo que, tanto entonces como hoy, es duro y enigmático, y nos exige un esfuerzo constante para acomodarnos a él.

La fábula de la Cigarra y la Hormiga, en su versión más clásica, fue formulada por Esopo en el siglo VI a. C. Dice así: durante el verano, la Cigarra se dedicaba todo el día a vaguear y a sestear, sin dejar de cantar ni un momento, incluso de forma impertinente. Mientras tanto, la segunda de ellas se afanaba por buscar alimento sin darse un día de descanso. Paulatinamente, el tiempo iba pasando, caían las hojas, el rocío se iba convirtiendo en escarcha y, por fin, llegó el crudo invierno. La Cigarra, muerta de frío y sin nada que comer, llamó entonces a la puerta del bien abrigado hormiguero. Pero la Hormiga se negó a abrirle, limitándose a aconsejarle: “Si en verano cantabas, ahora lo que tienes que hacer es bailar”.

El sentido de la moraleja no puede ser más evidente y, si se piensa en términos humanos, más justo y pedagógico en su muy primaria lección. La idea central es que hay que trabajar, hay que hacer provisiones para el futuro, no se puede vivir en permanente fiesta como si no existiera un mañana. La holgazanería es un vicio que conduce irremediablemente a la perdición. El hombre sencillo, pero sensato, se identifica con esa Hormiga laboriosa que hace un pequeño capital “a base de riñones”, sin alharacas y sin pelotazos: solo con su trabajo, sus privaciones y su esfuerzo. Poco a poco y día a día. Porque una Hormiga no sabe hacer negocios milagrosos ni está capacitada para pegar sablazos a terceros. Solo sabe trabajar y ahorrar.

Es verdad que cuando en el siglo XXI leemos la fábula nos puede dejar un regusto amargo la “insolidaridad” de la Hormiga con esa Cigarra que, tal vez, se había arrepentido de su pasado, como el famoso Hijo Pródigo de la parábola evangélica. Pero introducir ese nuevo matiz exigiría una fábula distinta que, a su vez, nos enseñaría otra moraleja. Nuestra fábula no va tan lejos. Lo que esta quiere enseñar es que la gente humilde ha de ser como la diligente Hormiga y ha de evitar parecerse a la despreocupada Cigarra. Igual que otra parábola evangélica, la de las vírgenes necias y las sensatas, nos transmite el mensaje de que hay que estar preparado en todo momento, pues la negligencia en el ámbito espiritual puede que no tenga remedio. Por eso, las vírgenes sensatas, en este relato, también se niegan a compartir su aceite en el momento decisivo. Cada palo debe aguantar su vela.

Como tantos relatos del pasado, la fábula de la Cigarra y la Hormiga se ha convertido hoy en un argumento políticamente incorrecto. Es más, la narración se ha hecho especialmente odiosa para la mentalidad progresista que hoy domina en la enseñanza, en la política y en los medios de comunicación. Porque su moraleja es insoportable. Para esta mentalidad, la labor a destajo es una maldición propia de pardillos. La propiedad (ajena) siempre es discutible, y además lo es por razones supuestamente morales. Según la nueva versión de la fábula, la Hormiga ya no es un humilde currante harto de trabajar, sino que se ha convertido en un burgués, acaparador de bienes, insolidario, depredador y posible votante de Donald Trump, aunque sea negra. En cambio, la Cigarra puede representar perfectamente a una especie de titiritero o cantautor de izquierdas, que cree que tiene mucho valor pasarse la vida haciendo cri-cri, ya que eso es cultura. Por tanto exige ser subvencionado a costa de la fascista Hormiga. Estas nuevas consideraciones “solidarias” dejan a la fábula mucho más abierta y, por eso, encontramos dos versiones renovadas, sobre todo en su desenlace.

En la versión progresista-moderada, defendida (pongamos por caso) por el PP y C’s, al final la Hormiga consentía en dar a la Cigarra parte de sus provisiones como compensación por lo ameno de sus cantos (aunque otros decían que la Hormiga pagaba sobre todo con el fin de que la Cigarra se callase un ratito). Así se quedaban todos contentos, al menos en teoría, aunque la Hormiga refunfuñara sin entender muy bien por qué tenía que subvencionar una cultura tan “cutre” y tan ajena a sus intereses. Pero el resultado era centrista y dialogante: ni para ti ni para mí, la vía media, negociada e inclusiva. Nadie quedaba en la calle.

En la versión más radical sanchista-podemita, la Hormiga era detenida por explotadora, su Hormiguero era “okupado” y su despensa requisada en favor del sindicato de Cigarras. Ni siquiera sería necesario fusilar a la Hormiga, bastaría con reeducarla en la responsabilidad social. Pero esto era solo la utopía. Al final, los mismos social-comunistas optaban por la solución anterior, si bien eran más exigentes en garantizar los derechos de los “sin techo”.

Les cuento todo esto a cuenta del Impuesto de Sucesiones, para el que la fábula parece casi una alegoría perfecta. Al parecer, el Estado en su infinito afán recaudatorio en favor de sus legiones de “cigarras”, considera que el haber construido a lo largo de tu vida un pequeño o gran capital a base de trabajo y privaciones merece una sanción. El mero hecho de tener un patrimonio, sea cual sea el modo de conseguirlo, es ser “rico” y, en definitiva, ese es una especie de pecado progre que exige castigo por una genérica falta de solidaridad. En cambio, los que pagan impuestos tienen todos sin excepción el deber de sustentar a gentes que, a su vez, tienen derechos sin obligaciones. De modo que si uno dilapida sus bienes en consumos perecederos y no les deja nada a sus hijos, entonces será felicitado por los que gobiernan y tendrá derecho a exigir incluso una paguita al final de sus días. Pero si trata de guardar algo para su vejez con idea de no ser gravoso y ayudar a sus descendientes, entonces merece un correctivo en favor de “lo público” que tanto fascina a los izquierdistas..

Lo que les estoy contando no es solo un capítulo más del mundo al revés en el que la ideología progresista está convirtiendo a nuestra sociedad. El Impuesto de Sucesiones está provocando dramas verdaderamente espeluznantes en toda España, tragedias concretas, con nombres y apellidos. Y, como suele ocurrir, los más perjudicados están siendo las gentes humildes que son asediadas por esa maquinaria implacable que es la Administración cuando exige dinero. Es injusto y aberrante que las personas que se han sacrificado por hacer un pequeño patrimonio por el que han pagado religiosamente, no puedan transmitírselo a sus herederos tan solo porque los políticos quieran aplicar sus ideas desligadas de la realidad. Pero es que, además, la gente sencilla tiene siempre menos oportunidades de asesoramiento, de recursos y de liquidez para solventar las diferentes situaciones kafkianas que se están produciendo cada día. La más absurda de todas es el hecho de que recibir una herencia saneada le sirva a uno para arruinarle la vida.

En nombre de la “justicia social” estamos creando una sociedad injusta, insolidaria e insostenible. Sí, insostenible. Porque, en definitiva, cuando las Cigarras se coman la despensa de la Hormiga, ¿se imaginan qué pasará el invierno siguiente?

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