El Imperio Asirio

Por deficiente que fuera la antigua EGB, no tan distinta de la actual Primaria (ambos un sistema de enseñanza en el que el método prima sobre el contenido… Mucho aprender a trabajar en grupo, mucho ser solidarios, pero datos e información, poco y muy confuso), alguna idea debió quedarnos sobre los pueblos antiguos: Mesopotamia, la aparición de la escritura, los sumerios, los acadios, los asirios… Luego, por supuesto, más claramente definidos, se hablaba de Egipto, y de Grecia y Roma.

Sumergirse alguna vez, por puro gusto (¿quién se atreve a hablar hoy día de curiosidad intelectual o de amor a la sabiduría…?) en la lectura reposada de algún libro, preferente escrito hace decenios, sobre ese mundo antiguo, y anterior aún a lo que de la Antigüedad nos es más familiar, puede resultar una experiencia curiosa. Digo “mejor escrito hace decenios”, porque, aunque cada generación reinterpreta de nuevo la historia, y así debe ser, el modo de hacerlo de la nuestra es cada vez más para lucimiento propio de ideas chillonas y menos para intentar realmente comprender, situarse en el mundo de siglos pasados…

Todavía al hablar de Grecia y de Roma, donde, pese a la barbarización de los años recientes (esa especie de barniz de ignorancia hasta de conocimientos que parecían connaturales al ser europeo), reconocemos tantos elementos que siguen formando parte de nuestro presente, pues la escena nos puede resultar más familiar. Y en cuanto al primer cristianismo, Julián Marías observa muy agudamente que los Evangelios nos acercan al mundo de entonces con una inmediatez y familiaridad que no tiene ningún otro documento antiguo… Y Egipto, aunque sea por su misma exótica peculiaridad, por lo mucho que de él queda, incluido el propio nombre del país actual en el mismo sitio, pues nos es “familiar” también. En cambio, eso de los sumerios, los hititas, los asirios, quedan como perdidos en la bruma. Y sin embargo la preponderancia de estos pueblos fue enorme, y con una duración de miles de años. No es tiempo perdido, de ningún modo, el dedicar unas horas a imaginarse cómo debió ser la vida de tantos millones de personas…

Por remotos que nos parezcan, fueron seres humanos, como nosotros. Confrontar otro estilo de vida, lo que hoy tanto se hace o se pretende hacer geográficamente, a base de viajar, pero apenas se intenta viajando en el tiempo, no viene mal.

Una observación entre mil: 

Los grandes imperios de la Antigüedad no se preocupaban de dar servicios sociales a sus súbditos; sus gobernantes no pretendían la felicidad de sus gobernados, y menos de los que habían sido conquistados más recientemente. Estaba claro que se trataba de pagar impuestos y de trabajar para el opresor. Nadie desearía, obviamente, volver a la horrible crueldad, por ejemplo, del mundo de los asirios, que con tanta fruición acumulaban, tras cada conquista, las cabezas de los recién vencidos. Pero no obstante, en algún momento (y dicho sea como exageración y sin que se entienda literalmente) casi se… echa de menos la básica honestidad del planteamiento. Yo mando, tú obedeces. Esto es lo que hay. Mundo bárbaro y cruel que nos da horror, pero… ahí no cabía la demagogia. Ahí no se dirigirían los reyes al pueblo fingiendo bondad y dulzura, los tiranos no dirían: “Queridos niños y niñas, qué buenos sois…”. No añoramos la crueldad del mundo antiguo, pero… ciertas perversidades de nuestro tiempo ellos no las conocían. 

Supone como un soplo de aire fresco esa simplicidad de planteamientos. El rey se hacía un palacio con los tributos del pueblo sometido. El pueblo vencido sabía que lo estaba. No se cometían atropellos en nombre de “la igualdad, o de la defensa de minorías desfavorecidas”, ni se nombraban a dedo altos cargos para supuestamente favorecer “la causa de los pobres”. El poderoso oprimía al débil, sin disimulo alguno, siguiendo las leyes de la Naturaleza.

No, no es deseable transportarse a esos períodos de la Historia. Eran brutales. Pero, ¿por qué no reconocer que algo bueno, aunque fuera una molécula, sí tenían? Y es que, según podemos colegir, no vivían instalados en la mentira.


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