El guolperfe y John Travolta

Lo bueno de que el actual alcalde de Sevilla sea el candidato de Pedro Sánchez para presidir la Junta de Andalucía es que a lo digital de su designación, que sólo necesitó ser corroborada como acuden las ovejas al pesebre, suma ahora su deliciosa ‘expertitud’ por vía conyugal en “sistemas operativos” y en “guolperfe”, de tal modo que si por arte del demonio lograra formar Gobierno, los andaluces entraríamos de lleno en la octava o novena modernización (perdonen, pero es que he perdido la cuenta) y California, Shanghai o las mismísimas Dubai y Singapur serían a nuestro lado vulgares poblachos de colonos a la espera de que el futuro, que nunca llega, les llueva encima.

Atiendan a Espadas la próxima vez que le escuchen entonar el himno andaluz, porque me temo que subirá más de media falseta cuando llegue al verso de “…los andaluces queremos volver a ser lo que fuimos…”, referido, claro está, a los años en que esto era un solar en manos de Manuel Chaves, Griñán o Susana Díaz, donde ella colocaba a su marido, que era “un tieso”, dixit, y el propio Espadas le clavaba una nómina a su señora por abrir lo ‘imeiles’ desde el supermercado al lado de su casa, porque por allí no aparecía ni para recoger la cesta de Navidad.

No cabe ensañamiento alguno con la susodicha, pues se trata de una anécdota (una más) del ‘panodrama’ desolador que durante casi 40 años, y esto es lo grave, hemos vivido en esta tierra al albur de la recolección de votos, cual si fuesen canastos de uvas y pámpanos en una vendimia atroz, que a continuación eran pisados en los lagares del socialismo caprichoso y falaz.

Casi cuatro décadas tan largas como las del franquismo, cuyos resultados sólo lograban una excusa diferencial, la de las urnas, con la que pretendían que nos conformáramos, como si les hubiesen votado para consumir el presupuesto en colocar a familiares y en irse de parranda por los puticluses a costa del erario público.

Siendo la estructura orgánica de cualquier autonomía una Administración paralela a la del Estado, lo de la Faffe y similares era (es) un paralelo de lo paralelo: o sea, un enjuague, un caño roto, un grifo abierto, una luz encendida en mitad de la noche de Walpurgis que nos chupa la sangre y nos devora la nómina mientras planchas… Que, dicho sea de paso, ahora sabemos por qué a dormir le llaman algunos “planchar” y no es porque aplastes la oreja, sino porque es la hora que prescribe el Gobierno de Sánchez para estirar la colada y ahorrar en la factura demencial de la electricidad.

He oído decir a alguien que no había visto nada similar a esos andares de Pedro Sánchez cuando entra en una sala desde que se estrenó “Saturday Night Fever” con John Travolta, acontecimiento registrado el 19 de abril de 1978, ocho meses antes de la aprobación en referéndum de la Constitución española. Es decir, que son andares preconstitucionales o como posfranquistas que le conducen de La Moncloa a La Mareta y viceversa, con el vano engreimiento de su mero lucimiento en una pista de baile.

En Cataluña, los Jordis indultados están que lo flipas en colores, reventando comisarías en el centro de la ciudad mientras Marlaska despliega bocadillos con dos lonchas de queso para los policías acorralados. O ni eso.

La progresía de garrafón que alimenta ahora al Partido Socialista y a Podemos ha llenado el depósito con la infausta gasolina de los “delitos de odio”, estúpida categoría penal perfectamente reversible, porque cada ofendidito que lo invoca es sólo el fiel reflejo del ‘hater’ que le habita dentro y cualquier día nos acusarán a la mitad de España de odiar a ETA, a los terroristas o a los talibán.

Pues sí, odiamos el comunismo porque odiamos todas las ideologías cuyo empeño es engendrar más odio, porque odiar no es un delito, pero sí lo es o debiera serlo quemar comisarías, apalizar o violar a personas e incurrir en denuncias falsas, sobre todo si eres ministro (o ministra). Si lo piensas bien, no les preocupa el odio, sino que no aceptes lo que ellos dicen que hay que odiar.

He dicho.




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