El grito amorfo

A ver si así se entiende… En España, siglo XXI, no hay posibilidad alguna de que una mujer se sienta aludida por el mero hecho de que otra mujer haya matado a un niño. Nada le conlleva, salvo comprobar la maldad de ciertos individuos del colectivo humano.

Ocurre, sin embargo, que en el caso de los varones, en España, esto no es sólo posible sino necesario. Y no sólo porque llevan casi dos décadas machacando discursitos medio antropológicos regurgitados por unas cuantas cabezas de serrín que convierten lo general y abstracto en específico y lo inespecífico lo trasladan a una relación de causa-efecto concreta, sino porque desde hace una docena de años, además, una Ley establece la obligatoriedad de que todo hombre se sienta aludido necesariamente a la espera apenas de que cualquier mujer presente una denuncia en una comisaría o llame a un teléfono de emergencias desde el sofá de su casa o mientras se tumba al vecino en el balcón…

Semejantes teorizaciones de la antropología cultural, que aluden a abstracciones sobre los individuos y los grupos para entender procesos complejos que han durado siglos, han sido jibarizadas y simplificadas como un cómic para consumo masivo como si se tratara de galletitas hipervitaminadas, tanto por abuelas de 75 como por nenas que no alcanzan la pubertad, las cuales son capaces de repetir mantras automatizados sobre heteropatriarcados, estereotipos, equilibrios sociales o división del trabajo sin que les preocupe un cent que no les suenen de nada Aristóteles ni Platón, ni la monja alférez ni Napoleón. En cambio, logran disparar toda una ristra de banalidades amorfas y sin significado sobre las pulsiones que, al parecer, habrían conformado nuestras sociedades desde lo más profundo del inconsciente individual y desde los mitos colectivos o la religión.

O sea, dicho en plata: si los idiotas que impulsaron aquella Ley fascista que establece penas y protocolos diferentes por razón de sexo, otorgando así razón alguna a los discursitos aguados de unas feministas colectivistas como salidas de un koljós, hubiesen sabido que el ministro que la firmó (el socialista canario Jiménez Aguilar) habría de caer en su propia tela de araña y en su propia trampa, acusado por su mujer de malos tratos, tal vez habrían sido más cautos y menos generosos con la banalización del conocimiento acumulado por la Antropología cultural, la psicosociología y la Historia.

Pero, claro está, guiados por toda la demagogia que son capaces de acumular ciertos políticos, el propio Jiménez Aguilar declaró en aquel punto de aprobación de dicha norma que “Esta ley podrá soportar la condena de algunos inocentes”, igual que La Pasionaria, cuando empezaron las sacas y las checas en Madrid proclamó en un discurso que “Es mejor que paguen cien inocentes que dejar que se escape un culpable”.

Y ahí siguen.

He dicho




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *