El gran combo y el brazo tonto de la ley

Perdonen que aún no me haya pronunciado, pero es que sigo dándole vueltas a lo del anuncio de cambiar de sede que anunció Casado. Me quebró la cintura, lo confieso, y aún estoy sometido a bálsamos y tratamientos intensivos para ver si me repongo o me quedo ya lisiado.

Hacer dimitir o cesar a un edificio es un hito singular, sin duda, y parece más un consejo de Feng-shui o de un Eleuá que una decisión política de algún calado. En Singapur o en Tailandia, los expertos te aleccionan sobre dónde colocar los espejos de la casa o cuándo inaugurar un rascacielos terminado por consejo de las cábalas ocultas de los especialistas. En África, en el Caribe o en Brasil, un “pai o mai de santo” o un chamán pueden recomendarte que te bañes con flores blancas para espantar un mal de ojo o para emprender un negocio. Pero no es el caso, que yo sepa, a menos que la indicación provenga de algún huertano del Mar Menor al que hayan preguntado después de consultar un canasto de pimientos recién cortados.

No aclaró Casado si el cambio incluye trasladarse a una nueva sede o incorporarse a alguna ya existente, por ejemplo a la de Ciudadanos. O a Ferraz, no sé, para fundirse en un abrazo y compartir y ahorrar en gastos. De ese modo, al menos, las comunicaciones serían más fluidas y, como el roce hace el cariño, podrían incluso acordar la renovación del CGPJ y a partir de ahí ya todo es cuesta abajo para desguazar la democracia.

No sería exactamente una refundación del partido como la que llevó a cabo Aznar antes de que Casado se convirtiera en jefe de gabinete del ex presidente, ni tal vez un absorción, pero sí una asimilación, como si le metes un reface o un snapchat de los que ahora se usan en los móviles, donde le pones tu cara a una secuencia, por ejemplo de El Padrino, de tal modo que María Jesús Montero movería las manos, con sus brocados, sus encajes y sus rizos, y emitiría las propuestas de subir impuestos y joderle la marrana a los empresarios, a los inversores y a los autónomos, pero el careto que veríamos sería el de Teodoro.

Falta pactar si la voz y la dicción serán las de una o las del otro, pero eso son minucias comparado con el beneficio para el negocio.

El centro es un lugar muy amplio, sugiere el líder del PP y, lejos de una indefinición, es un compromiso por mantenerse firme. Claro está que, por regla general, en España conducir por el centro es sumamente arriesgado, porque sabemos que no todos van en la misma dirección y los hay que circulan por uno u otro lado, que si no te echas al arcén, te estampas contra el que viene acelerado o te arrollan.

Le pasó a la UCD, que con el tráfico tan espeso de aquellos tiempos quiso mantenerse por en medio de la vía y lo liquidaron, a pesar de que contaba con un piloto acreditado y firme como Adolfo Suárez. Curiosamente, Casado se inició como diputado por la demarcación de Ávila, la patria chica del estadista que no logró evitar que su amplísimo partido quedara laminado.

Desde luego yo coincido con los de la demoscopia en que el espacio electoral más amplio está en el centro, pero sin olvidar la premisa de que el centro es ese territorio indefinido, vago e impreciso al que la gente de la calle identifica con el menos común de los sentidos, aunque el sentido común es un término a menudo más indefinido todavía que reclamarse centrado y, además, se tiene o no se tiene.

Zapatero, por ejemplo, era todo lo alejado del sentido común que nadie pueda imaginarse, así que se puso a pilotar aquello como quien conduce un coche loco y fracasó al tomar las curvas. Hasta que la gente, agotada de meter chocazos, decidió ponerse en manos de un conductor parsimonioso y lento pero firme, capaz de trasladar la sensación de que nos acabaría devolviendo a casa.

Aznar, por el contrario, había agarrado el volante prometiendo una conducción arriesgada y hasta temeraria, que incluía acelerar a fondo en las curvas para llegar lo antes posible y alejarse a toda prisa de los postulados socialistas con el “Váyase, sr. González”…. Y Casado fue de copiloto en aquel viaje.

Dicen los comentaristas deportivos que en el centro del campo es donde se ganan o se pierden los partidos de fútbol, aunque para muchos el fútbol es una competición de caballeros que juegan un puñado de bárbaros, a diferencia del rugby, un deporte de hoolligans o de villanos jugado por caballeros, y me parece que Casado es un jugador de tenis enfundado en unas calzonas impolutas que aún no sabe que estamos revolcados en el barro contra una banda de malandros y tramposos que juegan a otra cosa.

En el centro de esta España sanchicomunista sólo veo un paisaje desolado con los restos del vandalismo y las piedras que arrojan los alborotadores consentidos por Marlaska y por Trapero, al que la Justicia, por puro buenismo, prefirió dejar sin condena después de haberse ejercitado como el brazo tonto de la ley durante el intento de golpe de Estado.

El golpista, como el cartero, casi siempre llama dos veces. Así lo hizo Fidel Castro, primero con el asalto al cuartel Moncada, y también Hugo Chávez, a los que la Justicia les mostró una benevolencia suicida y consintieron con ello que Junqueras y los suyos vuelvan a por uvas, ahora ya envalentonados y con el personal acostumbrado a los sucesos.

No aprendemos de la Historia y tengo la áspera sensación de que Casado, el centrista al que le achican los espacios, sigue convencido de que basta con tener razón para obtener el poder, mientras que la izquierda, tan resabiada y heredera de tantos golpes ominosos, sabe con certeza que lo primero es hacerte con el BOE y luego ya te encargas de que los hechos te den la ‘razón’, a martillazos.

Los barones regionales del PP (Ayuso, Feijoo, Moreno Bonilla…) constituyen ahora mismo el único soporte verdadero para el juego que practican Casado y Teodoro. El sanchicomunismo lo sabe y por eso motivo golpea en esos flancos y ha dejado de preocuparle el líder, que arrastra como una sombra o como las cadenas de un fantasma a Cayetana, mientras Abascal se merienda el centro sin moverse de sus posiciones y lo reduce a un lugar que recuerda demasiado al CDS en el que pretenden refugiarse el PP y C’s.

“No hay cama pa tanta gente…”, cantaba El gran combo de Puerto Rico, así que han decidido… cambiarse de edificio. Pues vale.

He dicho.




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