El Gobierno no tiene quien le escriba

Me hagan un favor: no le echen de menos, no reclamen su presencia para dar explicaciones por la derrota sufrida (no ante Ayuso, repito, que eso era predecible y ya sabido, sino ante sus socios de cogobernanza, el comunismo que se ha merendado al PSOE en Madrid con una soltura y un desparpajo que habría alarmado incluso a Largo Caballero).

No insistan, por favor, les ruego, porque además reaparecerá en cualquier momento y saldrá de la madriguera a través del plasma cuando le plazca y encuentre un hueco entre vuelo y vuelo del Falcon, entre Oporto y Bruselas, para ofrecernos otra vez en sus manos un cuenco de cuentas de cristal y de cachivaches inútiles enumerados como si se tratara de un delicado y exhaustivo plan de recuperación y resiliencia que no conducen a otra parte que a la ruina colosal del país entero pero con talleres de masturbación, planes de deconstrucción de masculinidades y ensayos como atómicos de empoderamiento y confianza en la agenda 2030, que es ese encaje de bolillos donde destruyes tu propia industria, importas la energía más cara de Europa porque se la compras a las centrales nucleares francesas y cobras peajes hasta por ir al supermercado.

Mejor así, déjenle en sus cosas, entretenido en sus placeres protegidos bajo el secreto de Estado, pero sin dar la tabarra deletreada de las transiciones digitales y ecológicas, las brechas de igualdad y la ‘feminisma hegemónica’. Es mucho mejor de este modo, porque, como diría Neruda, “me gusta cuando callas porque estás como ausente” (“Estás más guapo calladito”, diría un castizo sin lírica ninguna). Y eso, en sí mismo, es un regalo, créanlo.

En su descenso a los infiernos de la demoscopia, el PP de Casado ha iniciado la remontada porque el presidente ausente ha entrado en su momento purgatorio, camino del infierno que merecerá en la Historia y, a medida que el desastre se le aumenta, comienza a buscar culpables y no ha tenido mejor idea que atribuir su debacle en primera instancia a Leguina y a Nicolás Redondo Terreros, que era la práctica habitual de la soberbia de los emperadores cuando ante el Senado culpaban a los dioses de sus nefastas decisiones y ordenaban derribar sus estatuas y las sustituían por las divinidades importadas de Egipto o de Fenicia. Terminaban, claro está, por elevarse ellos mismos a la categoría de esculturas impertérritas, que luego el pueblo descabezaba para ahorrarse el mármol doblado de las túnicas de piedra y aquí paz y después gloria.

Casi he perdido la esperanza de que Sánchez ingrese en prisión algún día, sobre todo después de ver el carrerón de Zapatero hacia la impudicia, quien todavía anula las comunicaciones telefónicas allí donde aparece, como si se tratara del jerife o el capo de una mafia rusa que guardase los códigos de un arsenal nuclear escondido en las maletas de Delcy.

Zapatero es ese incólume (“que no ha sufrido daños”, según la RAE) que el mismo año de los atentados de Atocha y en plena invasión de Afganistán e Irak declaró en la revista Time que “la igualdad entre sexos es más efectiva contra el terrorismo que la fuerza militar”; entendiendo por igualdad de sexos, supongo, que Leire Pajín o Bibiana Aído irían a ocupar cargos de por vida en el “dolce far miente” de la ONU, lo que viene a ser como si Adriana Lastra terminara en el Consejo Ejecutivo del Banco Central Europeo. No descarten nada.

Si Leguina y Redondo “el bueno” (Nicolás, no Iván) resultan ser los culpables del desastre electoral de Sánchez ante Isabel Díaz Ayuso, esto terminará como el rosario de la aurora polaris o borealis, con sus fuegos fatuos y mucho despliegue electromagnético dentro del partido, a ciriazos entre sotanas, los monagos contra los diáconos y viceversa. Lo de Susana Díaz y Juan Espadas por hacerse con el control de la ejecutiva regional de Andalucía que le dispute la mayoría a Juanma Moreno Bonilla puede ser apenas la señal de inicio de las trompadas.

A Sánchez, tan habituado a gobernar mediante el Real Decreto Ley que ha batido todos los registros desde el comienzo de nuestra democracia y ha superado ya a casi todos los gobiernos del franquismo en dicha práctica, el BOE se le ha quedado grande y ya no le sirve para casi nada, de modo que prefiere que sea el Tribunal Supremo el que gobierne y dicte sentencia sobre la restricción de derechos fundamentales que sólo es posible mediante la aplicación excepcional prevista en la Constitución.

Pero si el coronel no tiene quien le escriba, el dictador y el Gobierno no tienen quien le redacte un estado de alarma a perpetuidad que les culpabiliza directamente de la ruina de los taberneros y de los comerciantes en general, mientras los cultivadores de berberechos no saben ya dónde arrojar su mercancía, porque los bares los quiere cerrados y, además, las colas del hambre no tapean deliciosos moluscos sino papas cocidas y sin melva canutera.

De este pozo no salimos indemnes sin que antes nos declaren a todos nazis o fascistas.

He dicho.




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