El globalismo y su tonto-útil en la nueva era medieval

Permítanme que no arriesgue demasiado el juicio si supongo que los siete países europeos donde se ha declarado ilegal el comunismo y se considera ya organización criminal es porque lo sufrieron en sus propias carnes hasta circa 1989.

Y díganme, señores del fasciocomunismo (hermanos de sangre), quiénes se han creído ustedes para enmendarles la plana a quienes padecieron esa estúpida obsesión psicótica o para persistir en el entierro…

Como pueden ver, me refiero sólo a los varones de esa causa porque no hubo nada más asquerosamente machista a lo largo de la Historia, casi por encima del Islam, que una organización comunista y hay una infinidad de pruebas de ello que lo atestiguan, en las que no me detendré porque me traen sin cuidado los juegos florales de esta tropa.

Déjenme decirles al respecto que, al igual que hubo un tiempo en que algún cretino dijo que “no hay nada más tonto que un obrero que vota a la derecha”, cabría decir que no hay, ni hubo, nada más imbécil que una mujer votando a una organización comunista.

Claro está que en todos los cinturones industriales de las ciudades europeas, los obreros terminaron por darse cuenta de que el primer aserto era una simple estafa, en cuanto percibieron que los cabecillas revolucionarios eran todos unos vividores y unos trincones al servicio de una jerarquía imponente a la que se plegaban en beneficio propio…, hasta que los trabajadores acabaron por nutrir las urnas incluso de Marine Le Pen.

Lo cierto es que son ya siete (Polonia, Rep. Checa, Ucrania, Letonia, Lituania, Georgia y ahora Eslovaquia) los países que acumulan su desprecio infinito para la organización más asesina de todos los tiempos, esa misma que contiene, como un recipiente mágico, nuestro actual Consejo de Ministros y que le sirve de sostén al ego de un presidente que raya en lo patológico y que se siente investido como de Faraón.

Se necesita tener tripas de cocodrilo para deglutir sin aspavientos la inmisericorde ración de extorsiones cotidianas, propuestas ágrafas, decisiones inconexas, dejaciones destructivas y desprecio por los administrados que cada día se desayuna y se merienda este perfecto indocumentado y vendedor de humo que responde al título napoleónico de “Mi Persona”, adquirido en el chamarileo de Indra, que habla de sí mismo con el plural mayestático de los Sumos Sacerdotes de Osiris y se besa los morros con los asesinos.

El comunismo es un ácido corrosivo que desmorona cualquier impulso y que detiene los relojes de la Historia, porque el tiempo es un constructo humano y al comunismo no le interesan los seres sino las herramientas, como simboliza a todas luces su bandera, cuya hoz y martillo traducen bien la consideración que tienen por el ser humano.

Las personas bajo el comunismo carecen de nombres y apellidos, son meros números prescindibles que se pueden restar en cualquier momento y convertirse en estadística. El problema es que toda esa visión hipnótica del hombre como asunto periférico a su ideología ha venido a entroncarse en nuestro días con el profético trazado al que se ha encomendado la élite del globalismo, aliados ambos ahora con la robotización del trabajo y también del voto, que secuestra las viejas voluntades expresadas en una urna.

Observen ese magma que se está formando en Europa ahora mismo como un núcleo, porque puede que muy pronto se convierta en el último reducto de la civilización que hemos conocido. El Mediterráneo y la civilización greco-romana cruje sus cuadernas ante la presión turcomana, islámica y africana, tanto mediante presión migratoria como por vía de los ataques terroristas, empeños bendecidos, digo, por la élite globalista que desea romperle la cerviz a una sociedad domesticada y en situación de embriaguez en este post estado del bienestar entontecido.

Esos siete países que menciono más arriba constituyen, por ahora, el refugio monástico de esta nueva era como medieval que parece a punto de iniciarse cuando caiga otra vez el ‘imperio romano’ que tanto amaba Oriana Fallaci bajo la presión de esa corte financista que pretende mundializarnos la conciencia y jibarizarnos los grandes valores de la tradición judeo-cristiana.

No se den por aludidos cuando les llamen conspiranoicos, porque la mayoría de las veces se trata de la paranoia propia de una serie de diseñadores del futuro que se sienten llamados a dibujar nuestros destinos en una servilleta mientras ellos se regodean en la cúpula del mundo como los nuevos másters del Universo.

El comunismo no lo sabe, pero vuelve a ser el engranaje demagógico y falaz que esa élite engreída necesita para someterlos también a ellos, porque esta vez tampoco va de izquierdas y derechas ni de Trump contra Biden, sino de un nuevo paradigma que intenta aplastar desde dentro a la propia democracia. Y creo que su aliado, el tonto-útil del fasciocomunismo (hermanados por la sangre), es superior a la energía, pues ni se crea ni se destruye, pero tampoco se transforma. Llevan dando la murga más de cien años y no hay quien los soporte.

He dicho.




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