El futuro atado y bien atado

Nunca me he conformado con las versiones de la izquierda sobre Franco, ni tampoco con las pasiones que sobre el personaje ha sentido la derecha. Es una figura histórica demasiado compleja como para simplificarla en dos bandos. Un hombre como él, blindado a la soltura de manifestar sus emociones, acaba siendo especialmente insondable. Pero de mi permanente observación de sus actos y de la atención que he prestado durante años a los testimonios de quienes más le trataron,  concluyo en una cualidad que tuvo: inteligencia de largo alcance.

 Es mi impresión la de que Franco no sólo fue un adelantado a su tiempo por saber que había que inaugurar pantanos. También lo hago en la capacidad de prever que la democracia sucedería a su muerte. Me lo calculo perfectamente en la conciencia clara de que su régimen era personal e intransferible.  No hay más que fijarse en que desde su dictadura programó la continuidad histórica no en manos de otro dictador -como por ejemplo hizo Fidel Castro con su hermano-, sino en las de un Rey, Juan Carlos I, a través de un largo plan trazado desde la infancia del futuro monarca.

 Paradójicamente Franco está en la democracia más de lo que a muchos detractores y desenterradores les cabría y les gustaría imaginar. No pueden deshacerse de su presencia ni exhumándolo del Valle de los Caídos. Es como si hubiera dejado esparcidas sus cenizas por numerosas realidades de la actualidad que tienen su origen al comienzo de su Jefatura del Estado. Por decir algo, dos mínimas muestras son la implantación de nuestro sistema de Seguridad Social y la obligatoriedad de depositar fianzas en los arrendamientos urbanos,  un recurso inventado  para construir en la España destruida viviendas de protección oficial. Esa fue la auténtica ratio legis de una exigencia que aún perdura, tutelada en el caso de Andalucía por la Junta, por la Consejería de Hacienda, Industria y Energía.

Pero el gran “truco” de Franco para asegurar la paz en España más allá de él, su más planeada y sutil estrategia de fondo para perpetuar el orden y abortar, ya sin necesidad de su presencia, la irrupción de otra contienda de la dramática magnitud de la guerra civil, fue favorecer la creación de la clase media, con la que propició a través de su modo acomodaticio de vida la imposibilidad de más ganas de guerras. De alguna manera, eso que hemos llamado tantas veces la Transición comenzó lentamente con Franco (a lo largo de casi cuarenta años), para cerrar su dilatado ciclo con Adolfo Suárez. Es la gran paradoja guardada en la dictadura que se transformó en democracia.

Cuando en 1969, en el discurso de la Investidura de su sucesor,  Franco pronunció aquello  -muchas veces tildado de fracaso-  de que el futuro quedaba atado y bien atado, me parece que reveló con enorme sabiduría hasta dónde llegarían sus propósitos de normalidad para España. Esta misma mañana en la que sus restos, más inmortales que mortales,  son trasladados desde el Valle de los Caídos hasta el cementerio familiar de Mingorrubio, es una prueba más de las formas deseadas por Franco para la convivencia entre españoles. Pensar esto es mucho menos ingenuo de lo que pueda parecer. Porque salvando los casos de quienes emocionalmente no sepan asumir la exhumación, la gran mayoría de los ciudadanos no lo sentimos como un agravio. El acto está ejecutado por un socialismo que cree vengar lo que ya es imposible a estas alturas, un enfrentamiento que ya no estaba en la idea ni en la vida de los españoles desde hace muchos años. Pero la huella de Franco ha hecho posible que todo esto lo lleve a cabo un socialismo obligado a modos democráticos, no socialistas en estado puro, los que nunca fueron demócratas en la Segunda República, los que  -como han afirmado hasta pulcros historiadores socialistas-  despreciaban la democracia. Gracias al nuevo orden constitucional, el socialismo y hasta el comunismo no pudieron elegir su verdadera naturaleza, dictatorial y terrorífica en tantos países. Gracias a ese orden constitucional que dejó instaurada a la monarquía parlamentaria, los socialistas y los comunistas tuvieron que ser irremediablemente demócratas, por más que tantas veces se les vea el plumero.

¿Qué pasará desde hoy con Franco en otra tumba? Nada. Lo mismo que estando en la de Cuelgamuros.

El peligro está ahora en creer las izquierdas que un muerto estaba vivo. El peligro es suponerse en abril de 1939 logrando una imaginaria victoria que afortunadamente no se dio. El peligro es albergar la temeraria fantasía de que es hoy cuando la guerra ha terminado y que vencido Franco se puede continuar cometiendo los terrores de una República que tantos crímenes llevó a cabo. Confío en la inteligencia de Franco, en su asombrosa facultad de perspectiva histórica, en la actual Constitución que nos dimos para reconciliarnos, y en que la misma reconoce al Rey como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas.




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