El fascismo tras la ofensa

Habrán leído sobre la marcha atrás in extremis que, dicen, ha dado el Ateneo de Sevilla ante la presentación en las instalaciones de la docta casa del libro «Franco. Una biografía en imágenes», de Francisco Torres y Dionisio Rodríguez, publicado por SND Editores y en cuya presentación, según consta en la invitación, participarían José Gámez (director de la editorial), la afamada historiadora María Fidalgo  y Juan Chicharro, general del ejército y presidente de la fundación que lleva el nombre del protagonista de la obra. Desmentidos y aseveraciones de unos y otros ponen, sin duda, una pica en todo lo alto de una de las instituciones más aclamadas, admiradas y mejor valoradas por sus actividades en esta ciudad, y en un crítico y amargo punto de mira la figura de su presidente.

Consideremos que el ateneo, en sí, es una entidad abierta mas, sin embargo, libre de admitir propuestas en el sentido que hoy nos toca. Conociendo un poco a don Alberto Máximo Pérez Calero, su presidente, para nada considero que pueda estimarse amigo de subterfugios. Orgulloso de lo que representa en su cargo, don Alberto es el mismo brindis a la expresión aperturista de esta elogiosa entidad sevillana. Hechas estas salvedades voy al grano sin ambages.

Y el grano es zarza más que flor. En este país, donde la piel social parece que se haya vuelto fina como ala de mosca, hay cosas que sí se permiten, o no, dependiendo de si esto conlleva a ofender ciertas sensibilidades —y observen que lo escribo en cursiva—. Ha pasado recientemente con el libro de Cristina Seguí en Zaragoza, por ejemplo; y Sevilla, de nuevo, como ya ocurriera en 2009 y 2013, salta a la palestra.

Que un libro sobre Franco, el personaje histórico pasado más actual, sea causa de este, digamos, incidente debe llevarnos a replantearnos no ya la piel fina de la sociedad, sino la piel serpentina que la cubre. Una piel envenenada y que envenena cualquier acto, cualquier movimiento, cualquier planteamiento que vaya en contra de las imposiciones ideológicas actuales que, en ningún caso, respeta el derecho a la libertad de expresión dentro del marco constitucional.

No sé si se han molestado en buscar información sobre la susodicha obra, la cual se centra en la persona y se aleja de lo tendencioso sobre el personaje. Si habláramos de la presentación de un libro tal sobre, pongamos, La Pasionaria, ¿qué creen que ocurriría? Que Dolores Ibarruri no fue jefa de Estado lo sabemos, como también sabemos que fue el dedo que señaló a Calvo Sotelo justo antes de su asesinato, uno de los detonantes de la Guerra Civil que nos sobrevino. Y esto es memoria histórica recogida en los archivos del propio Congreso de los Diputados. Pues, siguiendo a la pregunta hecha, les respondo: ¡nada! Como debe ser.

Por desgracia, en España no se puede hablar de su historia, de sus —reitero— personajes, sin toparte con la nueva Inquisición, con la nueva dictadura, con el nuevo fascismo: el de los ofendidos. Aunque, por defecto, esto ocurre solo en una dirección; la otra suele tener vía libre. ¿Por qué no se puede presentar un libro sobre Francisco Franco? Pues, por lo visto, porque hay una fórmula ideológica imperante que coarta la libertad de la otra y, por ende, la opción de revisar desde una visión distinta nuestra propia historia. Punto. Podrá no estar de acuerdo conmigo pero, entonces, está usted ciego.

Me toca el caso del ateneo de forma muy cercana por ser socio de este, y fue una sorpresa encontrarme con esta lamentable noticia que, de ser cierta, daría en pared con el espíritu abierto de esa casa de todos los sevillanos; pero no es menos cierto que existe una patética, perversa, manipuladora y antidemocrática costumbre, por parte de diversos movimientos, de cercenar derechos en pos de alguna transparencia histórica, que yo llamaría mejor limpieza; que suena parecido, pero no es lo mismo. Hace poco leí una frase que lo resume a la perfección: «nos proponen vivir en la esclavitud en pos de nuestra libertad». ¡Genial! Pero lo peor es que hay quien lo acepta.

Pasó en el Ateneo de Madrid, el pasado año, la crítica por parte de algunos grupos al haberse reunido en algunos de sus salones entidades falangistas y, ¡oh, sacrilegio!, haber cantado su himno, el Cara al sol. Pero cuando se reunieron poco tiempo antes, en aquel mismo lugar, un grupo de pareceres opuestos que entonaron puño en alto La internacional, no pasó nada. Nadie puso el grito en el cielo. Ahora le ha tocado al hispalense y sin tan siquiera haberse llegado a hacerse efectivo el evento, han saltado todas las alarmas: ¡Alerta fascista!, que gritaba el vicepresidente Iglesias.

Si, en efecto, ha sido una maniobra reculatoria del renombrado Ateneo de Sevilla, lamentaría tal gestión que, desde mi parecer, sería una piedra en el límpido camino de la libertad que se propugna y promulga desde el mismo. Si no lo es, los autores de la referida biografía pictórica, deben disculpas y explicaciones. Y, en todo caso, parece mentira que seamos tan ingenuos de no ver que en ocasiones somos cómplices y en otros víctimas propiciatorias de una forma de dictadura encubierta, de fascismo, en el sentido ampliado y actual de esta palabra, que no debemos, en forma alguna, tolerar.




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