Ya pueden venir juntos a mi casa el magnate australiano Rupert Murdoch, la presidenta del FMI Christine Lagarde o Fátima Báñez a convencerme de que “España va bien”. Lo siento, pero no me lo creo.


Las cifras macroeconómicas ya pueden decir lo que digan. Seré un analfabeto en economía, dirán algunos lectores de éste digital, pero me manejo mejor en la microecononomía. Esa que maneja mi madre todos los días al comprar la fruta en la calle. La que veo yo cuando me llega la factura del móvil con un incremento del 21% de IVA sobre la base imponible. Ese porcentaje que nunca se iba a subir según nuestro actual presidente, pero que se subió y se mantiene. Y ya se escucha por los mentideros del Congreso subirlo otra vez. Pero no pasa nada.

Y ahí me muevo yo. En esa economía. Esa que destruye puestos de trabajo de 40 horas semanales para dividirlos en 20 o 15 horas a la semana con unos sueldos que no dan ni para pagar la factura de la luz. Y es que en España tenemos desde hace tiempo una nueva clase social. La de los trabajadores pobres. Claro, al ser trabajadores, engordan las cifras de creación de empleo y de afiliación a la SS, pero esconden sueldos ínfimos y, en muchísimas ocasiones, en condiciones laborales deleznables.


Ésta es la letra pequeña de nuestro crecimiento económico, el asterisco. De esos puntos porcentuales que subiremos en 2018 según el Gobierno o el FMI y que los seiscientos euristas no vemos por ningún lado. Cuando nos gobernaba ZP, se hablaba de mileuristas. Qué tiempos aquellos. Vaya usted a uno de esos portales de búsqueda de empleo en internet y podrá comprobar de lo que hablo. Lo primero que leerán es que el ambiente laboral es magnífico que la empresa es la leche. Pero vaya bajando el cursor y sólo le entrarán ganas de desenchufar el router.

Porque no hay un país en el que las empresas traten peor al trabajador que éste, oiga. El trabajador es el último eslabón de la cadena. Queremos ser europeistas para todo, excepto para esto. Proponer una subida del salario mínimo en el Congreso es igual de imposible que ver a Messi con la camiseta del Recre. Igual que equiparar los sueldos de la Guardia Civil y la Policía Nacional con los de los Mossos o la Ertzaintza. Se hará, Pero gradualmente. Es decir, que se esperen sentados.

Pero eso no es todo. Si usted quiere optar a éste magnífico mercado laboral español, necesita de un B1 o B2. ¿Y eso que es? Nada. Poca cosa. Tener una homologación lingüística que te exige la Unión Europea. Eso sí. Exigencia para ser camamero, recepcionista de hotel, teleoperador y hasta tornero fresador. ¿Para ser presidente del Gobierno? No, hombre. Para eso están los traductores que pagamos de nuestros impuestos, algunos tan surrealistas como el “impuesto al sol”.  Puedes saber el mejor inglés, francés o alemán del mundo. Te puedes haber pasado años viviendo en Londres, Arlés o la Baviera alemana, pero si no presentas el certificado acreditativo de que hablas dicho idioma, no hay nada que hacer. Un certificado que te puede salir en 100 o 200 euros si apruebas a la primera. Poca cosa para los sueldazos que se pagan en éste país. Una minucia.

Y para no extenderme más en materia, en 2010, escribí un artículo que salió publicado en muchos medios de comunicación españoles. Y, desgraciadamente, hoy sigue teniendo vigencia. Aquí les dejo el enlace https://elpais.com/diario/2010/09/11/opinion/1284156006_850215.html