Él es muy neutral y muy objetivo

Vano fuera pretender que la última novela de un escritor celebérrimo y ensalzado por todas partes fuera a tener menos éxito por la osadía de una “crítica” procedente de una desconocida, que, si algo, el único efecto que puede tener es el de aumentar la notoriedad del ya notorio. Esto lo sabemos. Pero, al oír cosas que nos hieren el alma, ¿nos vamos a callar? 

Un autor concede una entrevista para hablar de su última novela antes de que salga al mercado. Es sobre la Guerra Civil española (¡no nos vayamos a olvidar de ese tema!). Literalmente dice el escritor, tal como leemos en el diario correspondiente, hace unos días: “La mujer fue la gran perdedora de la Guerra Civil española. En tres años perdió un siglo de progreso, avance y modernidad. En tres años dejó de ser mujer libre, dueña de su cuerpo y de su vida para ser otra vez esclava sumisa de confesores, de maridos y de biempensantes…”

Lo burdo de estas frases (se me olvidaba, el autor es Arturo Pérez Reverte, sí, no son palabras de Irene Montero por ejemplo) quitan a cualquiera las ganas de responder. ¿Cómo se lucha con una mezcla de lo peor de leyenda negra, progresía, anticatolicismo, ideología de género…? Se puede disentir de alguien en algo concreto; pero con la sinrazón, el tópico barato, ¿cómo empezamos a razonar?

Pero hoy vuelven a hablar en los medios de la “gran” novela a punto de salir, de cómo “no está de ningún bando”, de su gran objetividad, y creemos que, aun sin la menor esperanza  de convencer a nadie (¿intenta alguien convencer a Irene Montero de que tiene ideas erróneas?) algo hay que decir.

La mujer “era dueña de su cuerpo” en la España anterior a 1936. No sabemos bien lo que eso significa (¿Alguien, hombre o mujer, es dueño de su cuerpo? ¿Está libre de la agresión de delincuentes, o de enfermedades? Y dueño de su vida, ¿lo es alguien? ). Pero, aparte ya de lo absurdo de la expresión, ¿se lo ha preguntado a las mujeres de la España de entonces – a la inmensa población de zonas rurales, a las obreras y sirvientas…? No existía la Seguridad Social, recuerden. No sé de dónde saca sus datos-bueno, no da datos, sólo afirma por las buenas.

“La mujer…” La verdad es que ya chirría ese comienzo. Así pues, durante el horrible, doloroso enfrentamiento (el que teníamos olvidado y ahora tenemos que resucitar cada día), una mujer no podía, como un hombre, estar de un lado o de otro por razones de ideas políticas o de convicción religiosa, o de ideas económicas o de cuál es el mejor modelo de sociedad… No, no, una “mujer” (así encasilla a media humanidad) por lo visto tiene en cuenta sólo las consideraciones específicamente femeninas, entendiendo además por ello sólo las viscerales, las que entran en el ámbito de la ginecología. Lo demás, al parecer, no le afecta.

Una mujer por lo visto, igual que un hombre, no puede apreciar los beneficios de que un país prospere económicamente, de que haya paz social, de que se cree un sistema sanitario y de pensiones… Eso por lo visto beneficia sólo a los hombres, o sólo los hombres tienen la capacidad de percibirlo. La mujer, pendiente de su cuerpo y vísceras, no se fija en nada más (según este autor).

Y, cómo no, la puñalada a la institución católica de la confesión (esto no falla. Si nos ponemos a pensar, lo difícil sería hacer una lista de personajes públicos– o profesores de Universidad, o tesis doctorales – que hayan mencionado ese sacramento para otra cosa que no sea ridiculizarlo). Pero fijémonos en que se refiere a las mujeres- ellas eran las esclavas de los confesores. ¿Los hombres no?

Para Pérez Reverte, por lo visto un hombre es libre de tener ideas políticas y de luchar por ellas; y por tanto, también de profesar una fe por convicción. Si un hombre católico acude a confesarse, contra eso no parece objetar nada. En cambio, si lo hace una mujer, es porque es “esclava de los confesores”. Así pues, este autor da por hecho que una mujer no puede profesar y practicar una religión porque le da la reverenda gana, con toda la fuerza de su libertad y de su convicción.

¿Y nadie se indigna al oír esto? Es cierto que cuando oímos lo que popularmente llamamos “barbaridades”, si son excesivamente grotescas y burdas (pensemos en los ministros de Podemos) no suelen ya causarnos indignación, por más que veamos su falsedad y su potencial dañino, sino casi risa. Pero en este caso, me asombra que nadie objete nada. Que, por salir de labios de uno que se considera “autor prestigioso” ya cuelen estas cosas.

Un libro, y no unos breves párrafos, harían falta para analizar la magnitud de la ignorancia (así como de la petulancia- suelen ir unidas) que reflejan las plácidas afirmaciones del famoso novelista. 

El mercado sigue sus leyes, el de las novelas también. No evitaremos, ni lo intentamos, que el nuevo bestseller sea otro exitazo, ni vamos a llorar por eso. Sólo pediría un mínimo, mínimo, mínimo de sentido crítico. Cuando oigamos decir barbaridades, seamos capaces de reconocerlas como tales, vengan de quien vengan.




 

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