El emérito se ha ido

Por Juan Manuel Jimenez Muñoz

 

EL EMÉRITO SE HA IDO.

Imposible no hablar hoy de lo que será una fecha señalada en el calendario patrio: el exilio de don Juan Carlos Iº. Imposible obviar el simbolismo de esa decisión tan drástica. E imposible no sacar paralelismos históricos.

Hasta 1788, todos los reyes de España (¡y mira tú que los hubo!) murieron en su palacio real. Desde entonces hasta ahora sólo lo han hecho dos: Fernando Séptimo (1833) y Alfonso XII (1885). Porque no hay que olvidar que, desde la Revolución Francesa, España se lleva fatal con sus reyes: Carlos IV, destronado y al exilio; José Bonaparte, destronado y al exilio; Isabel II, destronada y al exilio; don Amadeo de Saboya, “abdicado” y al exilio; Alfonso XIII, “abdicado” y al exilio; don Juan de Borbón, ni llegó a reinar. Y ahora, el emérito.

Que la monarquía moderna se basa en la ejemplaridad es un hecho incuestionable. Así ha sido en toda Europa desde la Revolución Francesa. En España, con décadas de atraso, ese moderno concepto de ejemplaridad no llegó hasta la Revolución Gloriosa del general Juan Prim, la de 1868, la que nos trajo a don Amadeo. Pero una cosa es “el concepto” y otra cosa es practicarlo.

Hoy día, sin ejemplaridad, es difícil hacer tragar al pueblo que una familia cualquiera, por meros lazos de sangre, pueda tener más derechos –o más privilegios– que el común de los mortales. Aunque provengan de la mismísima pata del caballo del Mío Cid. Así lo veo yo, y así lo han visto el 83% de los españoles encuestados estos días cuando les han preguntado si consideraban graves, o poco graves, las informaciones aparecidas sobre el lucro inexplicable del emérito. Y de esa encuesta, amigo lector, hablaré ahora.

Los pecados graves en un puesto público han de pagarse en la cárcel y/o en las urnas. En el caso de los reyes españoles, por su inviolabilidad ante la Ley y por estar al margen de comicios partidistas, deben pagarse de una manera simbólica. Y esto es lo que opinaban los españoles en el Barómetro de la Sexta respecto a tres posibilidades concretas sobre ese castigo simbólico (daremos por buenos los resultados, pues para la discusión actual poco importan unos puntos arriba o abajo):

a-¿Debería el rey emérito abandonar La Zarzuela?

El 68% de los encuestados opinaba que sí (un 83% entre los votantes del PSOE y un 98% entre los de Unidas Podemos).

b-¿Debería el rey emérito ser despojado de su título de rey?

El 66% opinaba que sí, con un parecido porcentaje entre PSOE y Unidas Podemos.

c-¿Debería exiliarse el rey emérito?

El 29% de los encuestados opinaba que sí. En todos los partidos políticos el porcentaje de favorables al exilio oscilaba entre el 2% y el 38%, salvo entre los de Unidas Podemos: pedían el exilio un 55%.

Sobre lo de guillotinar al emérito nada se preguntó. Habría habido un porcentaje de malnacidos que hubiese dicho que sí.

En otras palabras, y resumiendo:

1-No se puede mirar hacia otro lado cuando alguien a quien aprecias, o incluso quieres, no se comporta con ejemplaridad para ostentar un cargo público. Y eso lo digo, por supuesto, por Jordi Pujol y su clan.

2-No se puede mirar hacia otro lado cuando alguien de tu cuerda la ha cagado. Y eso lo digo, por supuesto, por los ERES y la Gürtell.

3-Demasiados elefantes, demasiadas princesas, demasiadas amantes, demasiados jeques y demasiadas cuentas en Suiza son indigestas incluso para un monarca. Y eso lo digo por mí.

El mérito del emérito durante la Transición Española nadie lo podrá negar: superar la guerra civil y unirnos a todos en un proyecto de paz, democracia y prosperidad. Y esa democracia que él y otros muchos trajeron es, precisamente, la que permite ahora que don Juan Carlos se vaya al exilio y que en los escaños del Parlamento Nacional, del Europeo y de los Autonómicos permanezcan españoles de tan buena cepa como Arnaldo Otegi, Gabriel Rufián, Carles Puigdemont, Quim Torra, Pablo Echenique, Jaume Asens y Gerardo Pisarello. Todos ellos, igual que en su momento don Juan Carlos, trabajando para unirnos en un objetivo común: disgregarnos en peleas.

Que don Juan Carlos haya sido un mujeriego y un vividor, nadie lo niega. Que haya utilizado su cargo de Jefe del Estado para lucro personal, parece que no es un invento de la izquierda. Que todo eso lo supieran desde hace décadas los periodistas, los políticos y el sursuncorda, pero que no hayan dicho ni mu hasta que PSOE y Podemos han entrado a gobernar, es un misterio que se me escapa. Que todo este guirigay haya explotado con Pablo Iglesias de vicepresidente del Gobierno y con mando en plaza en el CNI, es otra curiosidad que no dejaré de apuntar. Y que la opción del exilio (la minoritaria en las encuestas pero la mayoritariamente preferida por Podemos) haya sido la “elegida”, me causa perplejidad. Todos sabemos, o deberíamos saber, que en la Casa Real Española no se mueve ni un mosquito sin permiso del Gobierno. Literalmente.

Uno, que no es tonto, se pregunta lo que Sherlock Holmes cuando investigaba un crimen: “¿a quién beneficia esta muerte?”. O dicho de otra manera: ¿por qué Esquerra Republicana, Podemos, Bildu, JuntsxCat y la CUP portan hoy una sonrisa de oreja a oreja? Lo que traducido al Román paladino quiere decir:

¿Qué cosa puede desviar la atención mediática de una pandemia descontrolada y de una crisis funeraria con 48.000 muertos por coronavirus?

¿Qué cosa puede desviar la atención mediática de la mayor debacle económica en un siglo?

¿Qué cosa puede desviar la atención mediática de la claudicación nacional ante el separatismo, y de la encubierta amnistía que se prepara para los sediciosos?

¿Qué cosa puede cargarse definitivamente la Transición de 1978 y atinar en la línea de flotación de este barco que antiguamente llamábamos España?

La respuesta es obvia: la llegada de cien mil naves desde el planeta Raticulín. O, en su defecto, el exilio de un rey. Un rey que lo fue de todos. Y esto lo digo yo, que soy republicano convencido. Un rey que la cagó, pero que nos dejó los mejores años de paz y prosperidad desde los tiempos de Cánovas. Un rey con las mismas debilidades que todos los mortales de la Tierra: avaricia, lujuria, gula… pero un gran profesional en lo suyo. Un mal marido, pero un amante picante, de corazón galopante, buen cazador de elefantes, como los reyes de antes. Un rey que, seguramente, añoraremos algunos cuando se instaure en España la Tercera República Plurinacional Bolivariana, con Iglesias de presidente perpetuo. Cosa que no ha de tardar. Y un rey que, de haberse presentado a unas hipotéticas elecciones entre 1980-2000, muchos republicanos habríamos votado. Y lo sabéis, amigos. Y lo sabéis.

El emérito se ha ido. Y esas, precisamente, fueron sus palabras a Corina en su última noche de amor: “que me voy, que me voy, que me voy…”.

El muy pillín.

Firmado:

Juan Manuel Jimenez Muñoz.
Médico y escritor malagueño.




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