El drama del feminismo actual estriba en que sus principales representantes mantienen una actitud barriobajera con la que arengan violentamente a sus ingenuos seguidores, como ha quedado evidenciado en las manifestaciones del 8 de marzo (“vamos a quemar la Conferencia Episcopal”, “la Vírgen María también abortaría”, “nosotras parimos, nosotras decidimos”, etc…).

Nada cabe construir sobre los cimientos de este odio absurdo, que únicamente conducirá a una sociedad de individuos independientes, carentes de identidad y raíces, abocados a buscar un espejismo de felicidad mediante un consumo frenético, con los beneficios millonarios con el que se lucrarán algunos operadores del capitalismo más inhumano, que son quienes realmente manejan el cotarro del feminismo talibán.


Para combatir ciertas pervivencias machistas que aún afectan a muchas mujeres, sería necesario que tales representantes apostaran por un feminismo de corte humanista, apreciando el innegociable derecho a la vida de todo ser humano, la bondad y la belleza que aportan la maternidad, así como la valiosísima espiritualidad que la mujer impregna en todos los ámbitos en los que se implica, particularmente en la familia.