El debate del piñonate

La han vuelto a liar. O mejor, han tirado el anzuelo y otra vez han vuelto a picar. Parece que estos “verdes” le han cogido la medida a cierto modo de componer su relato y ya no alteran el paso por más que la izquierda mediática (y también la otra) se desgañite en el improperio y en la descalificación a la menor oportunidad.

Se han especializado en poner una gusana llamativa en cada slogan que excite el instinto depredador del atún “rojo”, que ya ni siquiera percibe que se la ponen a propósito para que se quede atrapado en cada ocasión. A veces, incluso, enganchan pescado “azul”.

El PP, que le tenía miedo o nunca supo bien cómo fintar a la izquierda en ciertos temas espinosos, aprendió a colocarse de perfil cada vez que le montaban una bronca y a retroceder o a ponerse de través para evitar el choque frontal con las olas. Todo ello les valió el apelativo de “derecha acomplejada” y Abascal les colocó una pegatina más hiriente y masticable cuando inauguró el rótulo de “la derechita cobarde”, porque fue el refinamiento y la sofisticación en el estilete de los conceptos.

En lo que se refiere a propaganda electoral, VOX ha hecho de su necesidad virtud y vierte sus incitaciones sólo para que piquen los peces y para focalizar la atención sobre sus candidatos. Y no sólo no dan marcha atrás ni se asustan cuando los tiburones se agitan al oler la carnaza, sino que asumen con la parsimonia necesaria lo que estaba previsto en el guión y unos días después sólo queda una retahíla de improperios e insultos, todos ellos atrapados en la red de su discurso.

Los MENA, por ejemplo, son apenas la espuma de un asunto bastante más serio y profundo, vinculado al de la seguridad de nuestras fronteras, a la inmigración masiva ilegal, a la capacidad de penetración de células durmientes por parte del terrorismo internacional, pero también a la incapacidad de absorber ese potencial de mano de obra que llega a un país devastado en materia de empleo y cuyos recursos para atender a los más frágiles entra ahora en conflicto porque ni siquiera alcanza para prestar la cobertura necesaria a las familias de quienes han pagado este sistema a lo largo de décadas.

El cartel de la polémica trata de llamar la atención sobre los pensionistas más humildes, aunque para ello realice una comparativa desigual que roza el larguero. Pero los de color “verde” les sostienen el pulso y la mirada, no se arredran, y logran su propósito ante una izquierda que se revuelve con sus cócteles molotovs de insultos y pedradas que no resulta creíble, porque enseguida sueltan alguna mamarrachada, como la candidata Mónica García, que utiliza datos falsos y regurgita a modo de respuesta: “¿Sabe quién viola, acosa y asesina a las mujeres, señora Monasterio? Los hombres”… No, señora, no son los hombres, así, en general, sino los violadores y los asesinos. Y ante semejante burrada, la cartelería de VOX queda entonces como una página de “El adalid seráfico”.

En un país en el que un autobús con el lema de “Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva” es llevado ante la Fiscalía además de apedreado y demonizado, lo menos que se podía esperar es que tarde o temprano surgiera alguien dispuesto a pelear con sus mismas armas por la construcción de un relato inverso.

Igual podría decirse de un país en el que un candidato, en mitad de esta destrucción como de Dresde o Nagasaki, prometiese gafas y dentistas gratis. ¿Por qué no audífonos, garbanzos, bicicletas contra el cambio climático, bikinis para el verano o piñonate y dulce de membrillo?

Sigue sin entrarme en la cabeza cómo es posible que alguien vote a un partido que promete y exige subir impuestos a sabiendas de que la promesa es ad infinitum, no por un motivo ocasional, sino que lo seguiría exigiendo también con la industria a pleno rendimiento hasta quedarse con la suma íntegra de los posibles ingresos que obtuvieras, como sucede en Cuba, Venezuela o en cualquier otro territorio donde se aplicó la vieja receta. Y además se sabe que colapsa inevitablemente hasta que agotas el dinero ajeno y ya nadie produce nada. Incomprensible.

Las trampas de los discursos rayan en el absurdo. El otro día, Iglesias sacó ese tono guerracivilista que ayer quiso esconder en el debate para denunciar que las televisiones privadas (en las que ellos se pasan el día entero con el viento a favor) iban a recibir una regadera de millones en ayudas directas los próximos años: “Veréis como este corte no lo sacan en las televisiones…”, retaba, con su chulería habitual. Y un día después Echenique reforzaba ese tornillo y lo citaba como ejemplo: una profecía autocumplida, porque son ellos desde el gobierno quienes aprueban esas ayudas discrecionales y a la vez quienes lo denuncian.
Desconozco quién le dijo a Gabilondo que podía ser el candidato a alguna cosa o es que eso debió ocurrir en el pleistoceno y quedó atrapado en algún estrato durante un período glacial.

A Edmundo Bal yo no lo entiendo y se desplaza como una pompa de jabón, cuando es su partido el principal causante de esta circunstancia electoral que les puede dejar fuera de la Asamblea y se atribuye para los suyos los méritos de un gobierno que han querido deshacer.

Malos tiempos para la democracia cuando a las dos principales candidatas para gobernar les basta invocar como cuestión de fondo la palabra libertad.

He dicho.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *